Foto de Emilio Aguirre Moraga

El alcalde de una saga (Capítulo I)


Nacido en una familia donde todo sobra menos el tiempo, buen provecho ha sacado Joaquín Pinilla de semejante posición social y económica, que para el caso es lo mismo. A sus treinta y dos años ha gozado deleites que al común de sus paisanos les llevaría toda una vida soñarlos. Si el Señor requiriere su presencia hoy mismo, se personaría el difunto en el Cielo con varios archivadores probatorios de no haber despreciado su paso por el mundo. Porque eso sí que sería pecado, el poder y no querer.

El primogénito de don Federico es el prototipo de señor rico de Madrid; elegante, buenos coches y buenas mujeres. Pocos yacimientos de placer le esconde la capital. De sus andanzas reza el chascarrillo “si le buscas en Maxím’s, lo conocen por Joaquín; en La Bombilla es Pinilla y en el Odeón es Chacón. A cualquier sitio que vayas de juerga y diversión la presencia siempre hayas de Joaquín Pinilla Chacón”. Compañero de jarana de artistas y cupletistas, es uña y carne con el torero Marcial. Tiene fotos de cuando el maestro, hace tres años, le invitó a un palco del Cine Avenida en el estreno de Viva Madrid que es mi pueblo. Ha descontado primaveras sin recato; a lo grande. Hasta hace apenas un año cuando le animaron a ser alcalde de Daimiel.

El cuerpo y el alma de don Joaquín descansan ahora en su casa manchega. Pasa ratos al fresco -menos de los que quisiera- cultivando el intelecto, masticando libros, sentado en un sillón de mimbre que cruje en el amplio patio de columnas y suelo de piedra natural. Una de las más apacibles y bellas moradas del pueblo diseñada -como las más distinguidas- por el arquitecto López de Coca, al estilo tradicional con matices andaluces y una rúbrica de categoría: la magnífica escalera de caoba que da acceso por dos flancos a la primera planta donde el piso es de parqué. La conocen como colegio-posada pues estuvo integrada en el Parador Nuevo, la fonda regentada por los Ogallar que se levanta pared con pared.  La casa la deslindó y mandó construir el patriarca de los Pinilla cuando su vástago se prometió con Elvira Peñuelas, ahora entregada esposa.

Casa Posada
Casa Posada

Hoy es el día de su homenaje. Este 25 de marzo de 1931 restan dieciocho jornadas para las elecciones que, siendo municipales, barruntan cimbreo al Reino de España, blandiéndose varas republicanas. Amigos y compañeros de Joaquín han quedado en la plaza de la Constitución, junto a la casa de Vicente Aldea ‘Noteme’, concejal y blasón del comercio local. Suben a la azotea para hacerse una foto de familia desde una de las cubiertas más notables del pueblo. Posan el ayuntamiento en pleno y otros compadres del mandar municipal como el juez in pectore Tomás Briso de Montiano, hermano del concejal don Luis y de don Ramón, coronel retirado por apoyar al general Aguilera en el levantamiento de hace dos años. Se ve también al secretario judicial Ramón de la Torre y a su homónimo Urgellés, secretario del consistorio.

Así quedan inmortalizados, marcha la cuadrilla a comer al Casino de la Armonía donde gotean tal que un desfile otros reputados a cuál más acicalado. Ahí están el juez instructor del partido judicial Filiberto Carrillo de Albornoz, el registrador de la propiedad Pedro Jimeno, el notario Nicolás Izquierdo, el capitán de la Guardia Civil Inocencio Sánchez…  medio centenar de fuerzas vivas. Los párrocos de Santa María y San Pedro están plantados más derechos que una vela en el recibidor que conduce al salón principal. Santiago García Mateos y Tiburcio Ruiz de la Hermosa charlan de cosas menores, sin embargo, parecen estar confesándose. El cura coadjutor Bernardo Atochero, seguro de que es un vicio profesional, de que no husmeará en asuntos de enjundia, se acerca al dúo de ensotanados. Vencido por la curiosidad, arquea las cejas queriendo saber.

– No, que estamos comentando que este año los pasos se van a ver como nunca. Me cuenta Tiburcio -continúa García Mateos- que en menos de una semana quedarán instalados todos los arcos.

– ¿Por dónde andan ahora?- pregunta Atochero

– Esta mañana desde luego estaban rematando desde el balcón de José Galiana- aclara Tiburcio.

– Desde luego habrá pocos pueblos igual de entregados a su Semana Santa como este – rubrica don Santiago mientras mira al párroco de San Pedro seguro de que piensa igual.

El tema en cuestión son los arcos de luz eléctrica que estos días se están pergeñando en las calles que han de ser carreras de las procesiones; chismes costeados por los propios vecinos que mejor verán las tallas desde sus balcones. Daimiel respira en tertulias su Semana Santa. Lo más comentado es que junto a la Banda Municipal de música, todos los desfiles cofrades irán arropados con los acordes de la Banda del Regimiento de Castilla. Los Coloraos ni se plantean que el tiempo arruine otro sonado estreno, el manto y túnica de la Virgen de la Amargura Primer Dolor. Quince mil pesetas les han facturado los artistas de la casa Burillo de Valencia, casi nada para que el tiempo se vuelva caprichoso. Otro signo de distinción de las hermandades es cómo compiten en paralelo por salir de las iglesias más deslumbrantes que el vecino. Si los penitentes del Jueves Santo serán los más orgullosos hogaño, los de Jesús del Nazareno quieren serlo el venidero. En el cabildo de Ramos prevén aprobar la inversión de las cuantiosas limosnas y cuotas de sus novecientos hermanos en una túnica de tronío y nuevas carrozas para las imágenes.

Es la una y media. Sentados están los comensales cuando el repostero Carmelo Maroto, de  mesa en mesa, casi termina de saludar a la comitiva adelantando a media voz la composición del menú. Los acomodados al fondo prenden sus pipas encantados de encontrarse. Sus rostros regalan una cumplida sonrisa a la primera pieza musical que ameniza el almuerzo y de soslayo observan si hay movimiento en cocina. No hay duda de que han hecho hambre. El sexteto de viento comandado por don Valerio, el director de la Banda Municipal, sopla las notas postreras del Divertimento N.1 de Haydn y al unísono aparecen humeantes las tortillas con jamón y guisantes, elegidas para introducir la comilona. Después, merluza con mayonesa y pollo en salsa, entre medias no falta el queso que ayuda a pasar el vino de la tierra. Los postres en el mantel y todos listos para escuchar las declamaciones de un artista del protocolo. Gustavo Lozano, inspector de Sanidad, se limpia delicadamente los labios con el pico de la servilleta, se atusa el bigote, cepilla unas migas del faldón de la chaqueta e imposta la voz “¡ejem! ¡ejem!”.

– Señores, compañeros, amigos todos, prohombres de Daimiel -se sube los pantalones hasta donde le deja la panza y alarga la mano pintiparado- elevo esta copa y brindo por don Joaquín Pinilla, hombre consagrado a modernizar su pueblo, enderezando la vida municipal por sus verdaderos cauces y mejorando abandonados servicios. Lamentamos la modestia del homenaje que yo desearía hubiese sido más brillante pero que, en cierto  modo, se engrandece por la apoteosis  que es este acto, por la significación de los concurrentes que acuden a rendir pleno tributo a quien antepone el bien del pueblo que le vio nacer a su propia comodidad.  Propongo -continúa el médico- se telegrafíe a don Federico Pinilla y a doña Elvira, padre y esposa del homenajeado, dándoles cuenta de este acto. Que les conste por escrito a quién tienen por hijo y marido.

– Si me permiten los presentes -se incorpora entre aplausos Antonio Reneses, compañero de corporación aunque no de partido-  pese a mis convicciones reformistas quiero expresar que mi apoyo siempre es cedido al hombre honrado para todo lo que sea bien de Daimiel.

– Pido a Dios – proclama el párroco de Santa María-, encarnación de la suprema justicia, ayude a don Joaquín para que desarrolle su arduo cometido con el acierto y brillantez que hasta ahora ha acreditado. Es un motivo de inmensa alegría, paz y tranquilidad que en estos tiempos asistamos a tamaños espectáculos que subrayan la inmensa consideración que tiene el pueblo por quien hace respetar las leyes.

Pantaleón Pozuelo, de los pocos declarados republicanos presentes en el salón recoge el hilo del cura.

– Es fundamental, veo que lo tienen claro, la sumisión al principio de autoridad y a las leyes. Las normas que tenemos o las que estén por venir. No lo duden, esa es y no otra la piedra angular del orden social – asiente con la cabeza Manuel Miralles sentado a la derecha de Pantaleón mientras la concurrencia respira porque Pozuelo, “el incordio que siempre porfía”, ha sabido estar.

– ¡Yo pido aquí mismo -irrumpe Ramón García-Muñoz- se dé el nombre de Joaquín Pinilla a una calle o plaza, siendo al mismo tiempo homenaje a su ilustre abuelo que tanto hizo por Daimiel!- argumenta este industrial, de la Derecha Liberal Republicana, como Pantaleón.

Joaquín Pinilla, visiblemente emocionado se levanta, pide se atenúen los aplausos y habla.

– Gracias, gracias -siguen los vítores al alcalde- gracias, por favor. No, no merezco tal homenaje. Al menos no solo un servidor. Es por ello que recojo todas las generosas palabras aquí escuchadas, siendo consciente de que el vino ha ayudado a la exaltación de la amistad -risas en la sala “¡Con vino y sin vino!” grita uno-. Quiero decir que reparto méritos entre la comisión permanente, a mis compañeros de concejo, a todo Daimiel que sin crearme obstáculos, por el contrario, animando mis iniciativas, han sido el factor más importante para mi modesta gestión en la que, eso sí, pongo todas las energías y buenos deseos del alma.

Una atronadora salva de aplausos impide escuchar las últimas palabras. “A ver, a ver, que falta otro por hablar. Encended los habanos que va para largo”, advierte un comensal desde el fondo, sentado a horcajadas y el puro estrangulado entre el índice y el corazón. Es el turno de ‘El Tarja’, en la partida bautismal Vicente López-Tercero, el conserje tartamudo del ayuntamiento. No es de los que se atranca de continuo, solo cuando siente ser el protagonista de todas las miradas. O sea, se avecina cachondeo.

No hay secretos para el ‘Tarja’, conoce cada rincón de la casa consistorial y podría rescatar la historia más recóndita de sus habitantes -de ahora y de antes- si quisiere sonrojar a algún enemigo, aunque si lo tiene no ha dado la cara. Vicente es un paisano servicial, el hombre orquesta que todo lo atiende, “Tarja esto, Tarja lo otro, qué pasa con las llaves, llama al alcalde, dónde has metido el papel de las contribuciones, de quién son esas rosquillas…” El alcance de su figura excede las atribuciones de la profesión. Como domeña familia numerosa y no le alcanza con los cuartos de la portería municipal, se hizo presentador a tiempo parcial. Si hay que introducir el Juan Tenorio, allí está dando la bienvenida al respetable; igual le cuadra una función benéfica que presentar las muestras de rondallas que de vez en cuando se procura Ernesto García-Muñoz, el arrendatario del Teatro Ayala y hermano de Ramón. Lo último que le habían encargado al ‘Tarja’ fue prologar la puesta de largo de los Amigos del Arte. El pitorreo fue de aúpa, se atascó con el nombre de uno de los componentes de la agrupación y de súbito se montó en el patio de butacas un concurso a ver quién desbarraba más soez. Pero hoy viene decidido, cara de extrema concentración y unas palabrejas escritas en papel doblado y redoblado. Recita.

            De casta le viene al galgo aunque ahora los compren baratos

            Como si cualquiera sirviera para cobrar a destajo

            ¡Qué sería Daimiel sin los Pinilla!

            Sea campo o ciudad, ahí quedan sus señas de identidad.

            López de Coca por parte de madre

            Era el homónimo abuelo de quien hoy honramos

            Y  aunque tiempo ha que el señor le llamó a su seno

            procuró para entonces dejar sembrado

            Lo que desde entonces venimos recogiendo.

            Y siendo de bien nacidos la cualidad  de agradecidos

            Cómo no recordar que si este pueblo luce señorial

             En la lista se habrá de mirar

             Las excelencias que me dispongo a glosar.

            Que si el Parterre a los Pinilla hemos de apuntar

            No olvidemos la plaza donde tanto habremos de pasear

            Y no me ahorro mencionar

             Que, al abuelo, nobleza obliga adjudicar

             El lugar en que nuestros huesos darán.

            Todo y más se ha encargado su nieto de adecentar

            Laborando siempre  por la comunidad.

            Y aunque ahora nos lo quisieran quitar

            Yo lo pido y todos firmen

            ¡A Joaquín Pinilla Chacón, un alcalde sin igual!   

Más ancho que largo retoma el Tarja su asiento arropado por la estruendosa ovación tan dirigida al homenajeado como al polifacético conserje que se confirma como un disciplinado adulador. Quedan en encargar un álbum de fotos donde, amén de recoger las firmas de los comensales, queden escritas a perpetuidad las escogidas palabras del más aventajado de los bedeles. Los fastos no acaban en el Casino. Apurando el coñac hasta la puerta, se dirigen a la fábrica y bodegas del patriarca de Los Pinilla en la calle Estación. En el trayecto se unen multitud de entusiastas vecinos enalteciendo sin reservas la figura del alcalde. Uno de los más resueltos, que repara en la ausencia de don Vicente Rodríguez, sugiere con éxito que marchen en tropel a la fábrica de jabones de la que es dueño el primer teniente de alcalde y le rescaten para la fiesta. Reticente por su reciente luto, termina por unirse al grupo casi a la fuerza y en el camino todos son muestras de cariño al segundo de a bordo “¡Viva don Vicente!, ¡Y que sean muchos años!”. A la puerta de Los Pinilla, la mitad del grupo hace mutis por el foro, asumiendo que allí desvanecen sus papeles de palmeros. Quienes se hacen dignos del alterne intramuros dan cuenta de pasteles, vinos ajerezados y chismorreos del pueblo, que no todo es yantar.  El convite en la fábrica termina a las ocho de la tarde.

Una hora después, vuelta a la carga. Un millar de personas, con los concejales más que mediados -con una cerilla se prenden- y la Banda Municipal a la cabeza, se dirigen a casa del alcalde en General Espartero. Secuestran de nuevo al primer edil en plena digestión de empalagos. Igual que si fuera el Cid lo zarandean en otra réplica de manifestación por el centro del pueblo no escatimando vivas, derrochando aplausos y hasta cohetes. Dos horas de loas. Una campaña en toda regla a favor del statu quo; un ejercicio de poder que desactiva cualquier intención de ser alternativa política el 12 de abril. “Daimiel no nos lo cambian” flota en el ambiente. La comitiva se disuelve bien tarde, todo un hito siendo miércoles y marzo, y gracias a que es el propio Joaquín Pinilla quien insinúa las once y sereno.

– Amigos y vecinos, paisanos. No me siento merecedor de tanto aplauso, solo he cumplido con mi deber, alentado por la confianza de todos y dispuesto a conceder cuánto justo se me pida.

"El homenajeado Joaquín Pinilla, de pie, en el centro, en la azotea de Vicente Aldea"
El homenajeado Joaquín Pinilla, de pie, en el centro, en la azotea de Vicente Aldea.

Leer Capítulo II – ¡Viva la República!
Pantaleón Pozuelo