Foto de Emilio Aguirre Moraga

El futuro se negocia en La Plaza (Cap.II. Ep.5º)

   (episodio anterior)                                            

                                                          16 de abril

Alejandro no recuerda un jueves -los cuatro de guardar aparte- con tantas ventas en su tallería. Sin dar las nueve en el reloj del ayuntamiento ya ha tenido que mandar a un chiquillo a por juncos pequeños de todas las porras que han ensartado. La mañana se ha complicado, hay tanta gente como un domingo, pero  para su mujer Micaela es un día corriente y, siendo así, solo aparece por el local a primera hora para adecentarlo y dejar listos los cacharros.  Marchó hace un rato y sin su presencia la cola no mengua.  Gran parte del modesto negocio de churros depende de la pericia de Micaela con el cuchillo. Son muchos años. Da cuenta de la rosca como una máquina, ¡zas! ¡zas! ¡zas!, amén de cobrar y solventar las contingencias suscitadas con la clientela. Amasa cuando toca; se le ve resuelta al mando de la vieja churrera de latón y madera, enrosca bien con los palillos y tiene espaldas para cargar los costales de harina. Pero hoy no está, ni la señora ni los chiquillos en masa que tanto ayudan. Es día de escuela y no puede Alejandro valerse de la media docena de zagales que cada fin de semana zascandilean por el establecimiento ofreciéndose para el reparto. Bien que les habría gustado a los rapaces dejar compuesto al maestro don Ramón y alimentar sus taleguillas con unos céntimos.

- En fin- farfulla el tallero echando la mirada al fondo, allende la puerta-  quién iba siquiera a sospechar que los centenares de personas que merodean por la plaza esperan acontecimientos moviendo el bigote.

La tallería es un hervidero, todo el soportal lo es. Sus compradores se confunden con los del Bar de El Serio. Hasta la posada de La Castora ha abierto las dos hojas de su portada como dándole un respiradero a La Plaza. Esta mañana están haciendo negocio todos los del gremio. Promete ser un no parar, desde las seis que empezaban a despachar los puestos del mercado hasta las diez que se habrán de disolver. Los ambulantes han colocado sus artículos a dos manos. Los charlatanes enredando acerca de ungüentos estupendos, fulares de cine, y supuestas joyas a precio de bisutería. Hoy la carne es de primera; en la pescadería de Miguel Sánchez ya no queda género, las frutas más lustrosas de su hermana Carmen han volado rato ha. Cuánta blusa baratera no habrá repartido el sastre Matías Álvarez, si hasta el zapatero Antonio Almela no da abasto sacando cajas de albarcas de material. En Melquiades ni hallan tiempo para desembalar los paquetes con albornoces de felpa y pijamas para caballero en popelín, apilados a la entrada desde ayer tarde. Más que un ataque de derroche, semejante dispendio tan celebrado por el comercio puede deberse al inconsciente acto de aprovisionarse cuando se aviene un tiempo nuevo. Si se estrena República, por qué no unas sardinas para variar, unas alpargatas de esparto y paño – de las de a diario – o una camisa de batalla con su canesú y todo.

Soportal Oeste donde se ubicaba la tallería
Soportal Oeste donde se ubicaba la tallería

Cuando pasa un cuarto de hora de las diez, quienes están rondando empiezan a caminar dirección al quiosco de la música. Al pie del escenario intercambian pareceres un ramillete de señores acicalados como si fuese la Ascensión. Alteran por momentos el tono de voz y cada inflexión en alto la salpican con palabras cuidadosamente escogidas, para que alrededor sientan la sustancia de lo tratado y cómo de preocupados están ellos por el futuro del pueblo. En realidad se asiste a un calentamiento en modo corrillos. La pulsación del ambiente antes del desafío, siempre arduo, de dirigirse a un público que demanda respuestas. Un socialista orgulloso de serlo, que se defiende hablando, se atreve a polemizar con vehemencia sobre el precio de los jornales y las actuaciones de algunos jefes políticos que, según estima, a partir de ahora no podrán escurrir el bulto ante ciertos tejemanejes. Le señalan como jefe de la Casa del Pueblo. Empieza difuso pero termina resolviendo.

- Lo que nos preguntamos nosotros es que si la celebración incluye que desde mañana vamos a tener unos jornales más decentes o tendremos que regresar a este punto para recordar a quienes mandan que las cosas no son como solían- sugiere obstinado Miguel Carnicero.

- ¡Eso, eso!- gritan unos y otros silban entusiasmados por tan acertado dardo.

El barullo ahoga una voz que lucha por salir al rescate de la armonía. Es el alcalde Joaquín Pinilla Chacón. Viste un traje crudo, corbata negra con pintas claras y, como en los días señalados, un clavel blanco en la solapa que le otorga esplendor. Cuando mira sin parpadeo con intención de arrancar, uno acostumbra a callarse. Este jueves le cuesta más subyugar a la audiencia revuelta, si bien termina por imponer su porte y mirada ceñuda, severa. Sabedor de que le atienden, se recrea arrojando al firme un puro humeante dándole muerte con la punta del zapato derecho cuidando no dejar arruga en el cuero de ese impoluto oxford granate.

- Paisanos, he atendido con interés y os aseguro que he recogido cada una de las inquietudes que, en buena lógica, os asaltan. Sin embargo -prosigue- aun siendo preciso dar respuesta a las necesidades que se han estado planteando, no por menos he de afirmar con rotundidad que lo primero es acatar la ley por bien del orden, la seguridad y el buen desarrollo de las cosas- se arma de certezas con una pausa, planea con la mirada en panorámica, clava la vista en lontananza, sin enfocar, y retoma el alegato. Y creo que nadie me quitará la razón si os digo lo contrario que sería cualquier desorden a lo que nos tiene mandado el gobierno provisional de la República. Y ya sabéis -continúa el alcalde- los vivos deseos que tengo de laborar por mi pueblo y por la república, pero si no se acatan las órdenes superiores me marcharé para dejar paso a otros que con más méritos ocuparen este puesto de honor.

Atronadores gritos acallan las palabras, proclamándose el público a favor del señor Pinilla. Entonces don Gustavo Lozano exhorta a los manifestantes.

- Señores compórtense con civismo y podrán así hacerse dignos de la conquista realizada.

Los asistentes aplauden al médico con similar fervor. El orondo Inspector municipal de Sanidad es un hombre con poso. Su afabilidad y cercanía propia de su carácter la conjuga con la fascinación que provoca en los vecinos su profesión, alguien con capacidad de sanar. A su hoja de servicios se adhiere una azarosa vida entre sábanas, porque ser mujeriego en alguien de su posición le hace aún más arrebatador, más hombre. Por supuesto está casado y tiene un hijo, Gustavito.

Al fondo, el quiosco de la música. "Daimiel en el recuerdo"
Al fondo, el quiosco de la música. “Daimiel en el recuerdo”.

 

Don Gustavo habla de corrido otro par de minutos al cabo de los cuales conduce a las ovejas al redil y a los machos dominantes los guía consigo hasta el Casino. Dentro, cada uno se sienta como puede en el salón principal y otros observan desde las galerías.

- Compañeros, compañeros, les ruego silencio-. Inicia don Gustavo. Aquí estamos quienes tenemos el compromiso de cuidar que esto no se vaya de las manos. Hay cosas que no pueden ser, no lo digo yo, lo acaban de ver ustedes afuera – en referencia al comportamiento a algunos socialistas de la Casa del Pueblo-. Entre vosotros veo a casi todos los que desde que tengo uso de razón han trabajado por un Daimiel referente en La Mancha. Ahora -añade- que no vengan a darnos lecciones con predicaciones extemporáneas esos que creen que la república es de su propiedad exclusiva. Y saben que me refiero no sólo a los socialistas sino a algún mandamás de ese pequeño comité de republicanos disolventes -muchos piensan en Pantaleón-. No, no compañeros, estoy convencido porque lo veo en vuestras caras que todos estáis deseosos de colaborar del modo más eficaz por el orden y el bien de la república.

Terminado el alegato en menos de una hora queda constituida una suerte de comité representativo de transición integrado por las fuerzas sociales y políticas de la mayoritaria derecha. La paradoja da cabida a los monárquicos, de ahí que sus ausencias lo hayan sido más por despecho. Los líderes de este órgano –tan alegal como influyente- son el propio Gustavo Lozano, el catedrático Manuel Vicente Loro y el registrador de la propiedad Manuel Millares. Completan el comité un representante por cada una de las sociedades obreras -excepto los socialistas-, agrícolas y culturales. Se abre un pliego y todos firman. Pasan algunos minutos de la siete y media.

A medio centenar de metros, la vista alcanza para distinguir a los concejales que van entrando al Ayuntamiento para participar en la sesión urgente y extraordinaria que han de celebrar por mandato gubernativo; que, aunque fueron designados de facto el 5 de abril por el artículo 29, deben darle forma oficial a la corporación y repartir dedicaciones. Dando fe el secretario Ramón Urgellés, el alcalde Joaquín Pinilla deposita sobre la mesa las insignias de su cargo y las de los demás que tienen distintivo. Por imperativo legal cede la presidencia interina al concejal de más edad. Jesús Fisac Carranza, de cincuenta y cinco años, es pues el encargado de dirigir el pleno.

Don Jesús acumula una larga trayectoria en la política local. Se formó en la abogacía y ejerció de alcalde de 1909 a 1918 con apenas seis meses de paréntesis en la primera mitad del 14. Es uno de los daimieleños más acaudalados; se envanece de ser el mayor contribuyente por finca rústica en la parroquia de Santa María. Su casa se levanta sobre una enorme parcela en el número 1 de la calle Arenas tomando toda la esquina y la vuelta de la calle Alcantarillas. Una casa -como muchas otras del pueblo- con bodega. Y no es la única, tiene otras cuantas tinajas en la calle Nueva y un molino de aceite. Productor de vino, agricultor y ganadero, de sus tierras destaca la finca La Nava. No le reporta menos réditos la fábrica de lanas y mantas de la calle Jesús que dirige su socio Pepe Borrell, José García Alcocer según se lee en su partida bautismal . Está casado con Josefina Escobar y tienen cuatro hijos Pedro, Jesús, Josefina y Federico. Los tres primeros tienen la política en las venas, el pequeño Federico a estas alturas se prepara para iniciar sus estudios de farmacia.

Edificio donde una vez se levantó la casa de Jesús Fisac.
Edificio donde una vez se levantó la casa de Jesús Fisac.

 

-Señores concejales- proclama Jesús Fisac. Iniciamos sin más demora el proceso de elección de alcalde asistidos por los artículos 54 y 55 de la Ley Municipal. Levántense -continúa Fisac- por orden de edad y vayan depositando la papeleta en la urna.

El proceso de elección se dilata siete minutos, los dos últimos para el recuento de papeletas. Como cabe esperarse sale proclamado Joaquín Pinilla Chacón. Veinte votos a favor; uno en blanco, el suyo; y un ausente Manuel Álvarez. El presidente del Casino se encuentra fuera de Daimiel, al parecer dándose unas curas de agua.

- Compañeros concejales -sonríe moderadamente Fisac- respetable público asistente. Queda proclamado por unanimidad como alcalde de Daimiel, don Joaquín Pinilla Chacón y por muchos años.

Recoge Joaquín Pinilla las insignias que había cedido poco antes y comienza a distribuirlas una a una a cada concejal. Toma su asiento y da paso a la designación de los cincos tenientes de alcalde que son elegidos con los mismos apoyos que su persona, unanimidad. Sus nombres son Vicente Rodríguez (el mayor industrial de Daimiel), José Blanco Cid (uno de los máximos contribuyentes de la parroquia de San Pedro cuya casa de azulejos verdes sin embargo tiene vistas inmejorables a la puerta principal de Santa María), el referido Jesús Fisac Carranza y dos acaudalados propietarios agrícolas Enrique Noblejas y Luis Briso de Montiano. Todos ellos reconocidos monárquicos. Otros concejales como Filiberto Lozano, Antonio Pinilla y Jesús García López  profesaron en su día idéntica adhesión al Rey. Como regidores síndicos quedan Vicente Aldea ‘Noteme’ y Antonio Villalón. Éstos y el resto hasta completar los veintidós adscritos a partidos derechistas y antaño miembros de Unión Patriótica, las únicas siglas legales cuando el dictador. El primer acuerdo es fijar la primera sesión ordinaria para el jueves 21 de abril a las 11 de la mañana.

Casa de José Blanco Cid
Casa de José Blanco Cid

Daimiel inaugura la República sin sobresaltos. Poco ha cambiado, mandan los mismos. En este 16 de abril los sembrados se ven inmejorables y las vides brotan decentemente aunque no se disipa el temor a las heladas a destiempo o al bicho de la filoxera. Una semana después se confirmarían pérdidas de hasta el cuarenta por ciento de las cosechas.

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Leer Capítulo III – Los primeros socialistas
Episodio 1. El primero de mayo

Foto de Emilio Aguirre Moraga

La proclamación del nuevo régimen (Cap.II Ep.3º)

     (episodio anterior)                           

                                             15 de abril

A las ocho de la mañana, todos los del gremio acuden al funeral. Media entrada hay en San Pedro con don Bernardo Atochero oficiando y el sacristán Fernandico ganándose el cielo. Despacha el cura en lo que tarda en rezarse medio rosario. Saliendo el féretro por la puerta de poniente, andan por la plaza de la iglesia un cuarteto de beatas hablando para sus adentros, tres viejos guardando las distancias en el banco corrido, dos vecinos por parte de calle y un curioso sin identificar con el eslabón y la piedra en la mano recién trajinado un cigarro. Enfila la comitiva fúnebre por la calle Canalejas – algunos la llaman Amargura- con el cura canturreando responsos. Durante unos segundos a don Bernardo se le va el santo al cielo y deja de pedir por el alma del desgraciado. Se ha desviado de sus obligaciones, sorprendido por la concurrencia a las puertas de la imprenta  donde Francisco Espadas explica a los ociosos que este miércoles es posible que se retrase el ABC de Madrid. Les comenta la mujer que había muchas páginas que llenar, que han trabajado hasta tarde con las planchas y doblado los ejemplares, que para prisas se arrimen a la radio.

Como es un entierro de tercera, al llegar a la confluencia con la calle General Espartero se desvanece la letanía y se detiene el acompañamiento eclesiástico sin un metro de propina.
– … et gratia tua illis sucurrente, mereantur evádere judícium ultionis. Et lucis aeternae beatitúdine. Así cierra el oficio el cura dando su bendición para que Martín, el cochero, se lleve el ataúd hasta el Camposanto donde tantas cosas se habrían de ver en adelante.

Anastasio el barbero acaba el cumplido con su difunto colega cuando calla el cura. Deja atrás el cortejo de enlutados  y acelera el paso. Son casi las ocho y cuarto mientras se adentra en la parte noble del pueblo con las llaves en la mano. Tanto le cunde que no se percata de la presencia de un paisano.

- Alivia Anasta que no quiero darle trabajo al enterrador- le espeta a traición el médico.

- ¡Copón don Gustavo! ¡Susto me ha dado! Vengo dándole vueltas a lo mío y no he reparado en usted. Buenos días, perdone pero me he descuidado. Estaba en el funeral de Manolo. Ya ha llegado el hombre a donde iba.

- Sí, estuve anteayer recetándole en su casa –añade don Gustavo Lozano- . Y no le di más de dos días.

- ¿Y así se lo dijo?

- No, pero me lo vio en la cara. Anastasio, yo soy más de torcer el gesto, luego ya que vengan de la iglesia a ungirles con aceite. Ahí sí que saben que no les salva ni la Santísima.

- Leche, don Gustavo, elegiré a otro compañero suyo para empezar a morirme.

- Lo mismo le va a dar llegado el momento. No obstante, si el señor tuviera dispuesto llamarle a su seno antes que a un servidor, Dios no lo quiera – lo afirma cruzando los dedos- , yo puedo cambiar mi repertorio y así le vea palidecer le voy adelantando de palabra su desdicha y si quiere hasta le arreglo los papeles de la barbería, que hay mucho pájaro suelto.

Tal arrancada de risa le da a Anastasio, solo de imaginárselo, que de haberlo oído un ciego habría pensado que se le fuga el alma por la boca, hasta menea de un topetazo la pequeña bacía de azófar que cuelga del alféizar de la puerta.

-Vamos, entre que se van a oxidar la tijeras

El local es amplio. Al fondo lucen cuatro sillones de cuero bien cuidados frente a otros tantos espejos rematados con sus estanterías para instrumental. A ambos lados se escoran sendos armarios con sus puertas acristaladas no menos elegantes que los de botica. En el de la izquierda guarda Anastasio alicates, lancetas y otros utensilios quirúrgicos. En la repisa de abajo, frascos con agua, sanguijuelas y semillas de adormidera. Estos sacamuelas, cirujanos de cabecera, lo mismo hacen sangrías que te vacían los granos o elaboran emplastos terapéuticos. El armario de la derecha es una suerte de exposición de los últimos masajes y jabones de afeitado, tan aparentes que no puede asegurarse que estén en venta, más bien son motivos decorativos. Forma parte de la escena un recurrente tablero con alcayatas del que penden pequeños discos de latón numerados para regular el turno los días de mucha afluencia, el fin de semana mayormente. Los sábados por la tarde le asisten un par de oficiales; en puertas de Semana Santa y la víspera del Corpus ayudan tres. El más experimentado visita las casas de los impedidos y de algún señorito que no se digne a moverse. Los mozos menos sueltos, aunque preparados, se quedan en el local restando faena al jefe. Huelga decir que Anastasio es quien atiende diligente a los clientes especiales. Don Gustavo lo es y la jornada parece calma, puede entregarse.

Un minuto ha tenido la toalla caliente ablandándole la barba, más que suficiente para vello no demasiado recio. Para rostros poco rebeldes prepara Anastasio la navaja de punta española de madera de olivo a la que tiene especial cariño. No ha terminado de enjabonarle la cara, asiendo aún la flamante brocha de la casa Kent, cuando descuida un hilillo de jabón de la nuez al pecho. Es raro semejante desliz en un barbero tan pulcro. La culpa es de la radio. Llegan noticias. Apaña como puede el afeitado y poco más.

… en la plaza de La Paz

Menos que nada le falta para dar con sus huesos en el suelo, casi clava los dientes en la puerta principal de lo trastabillado que viene por haber menospreciado la escalera. No son prisas las que lleva Pantaléon, es más todavía. Todo ello acompañado de voces, incluso alaridos, que a su mujer le hacen pensar que definitivamente ha extraviado el juicio. Ya en la calle se planta en seco. Se le ha hecho grande el pueblo. Colmado de ansiedad por participar del jubileo, no sabe si tirar para el Alto o bajar por Jesús dirección a la Plaza de la Constitución. Ni lo uno ni lo otro. Cruza la calle y entra en la fragua de `El Mosca´.

- ¡Manolo, Jacinto! ¡Parad un momento!

- Dígame don Pantaleón

- ¡Qué diablos hacéis trabajando! La República la hemos traído para celebrarla.

- En ello estamos, fundiendo la corona de don Alfonso- masculla Manolo entre dientes con un cigarro cosido a la comisura de la boca- ¿Va a venir usted a ayudarnos después a ventilar todo este corte? Eche un vistazo.

- Venga, ya habrá tiempo. Vamos a la Plaza que hay que poner orden. Que el demonio me lleve, me he dormido por quedarme en vela.

Pantaleón hace varias horas que conoce la noticia. De hecho pasó toda la tarde de la víspera escuchando Unión Radio en su despacho. No se movió de allí ni para cenar. Tenía decidido permanecer en vigilia y así se lo trasladó a su esposa quien, conociéndole, rehusó pedirle más explicaciones. Su despacho fue tal que una garita, cada diez minutos estuvo haciendo la ronda del escritorio a la ventana; recogía el visillo y echaba un vistazo a la calle temiendo que algún borrico se cobrase la fiesta de la república a cuenta de las pobrecitas monjas carmelitas. No hubo motivos de alarma; las noticias llegaban a Daimiel suaves como un arroyo. Apenas medio centenar de familias disponen de reproductores de radio y la inmensa mayoría de sus escuchantes no estaban por la labor de ponerse el gabán a las diez de la noche para salir a la calle, más al contrario. Pantaleón -que sí habría brindado a deshora- consideró más adecuado dejar reposar la buena nueva y pasar al frente a la mañana. Sin embargo, nada de acostarse. Convino -y así lo hizo- en quedarse haciendo anotaciones y a ratos abandonado a sus pensamientos dibujando providencias en su cabeza. La incertidumbre le mantuvo despejado hasta pasadas las cuatro de la madrugada cuando se vio vencido por el sueño y contrariado, transcurridas seis horas, porque su esposa no le haya despertado.

Recogidos los bártulos, los dos de la fragua y Pantaleón emprenden la marcha calle Jesús abajo. En el camino recogen a `Cachas´ el herrero y a un par de fulanos que salen de la fábrica de lanas de Pepe Borrell. En la acera de enfrente, como esperando la procesión, observa doña Eulalia. La directora de la escuela de párvulos Nicereta parece la única sorprendida por la guisa de Pantaleón. El letrado lleva atado al cuello una bandera tricolor y a quien se cruza le dice “¡Salud Camaradas!”

 

Parcela donde se levantaba la fábrica de lanas
Parcela donde se levantaba la fábrica de lanas.

Tres minutos gastan en cruzar el centenar de metros de El Parterre, pero les tiene cuenta. Los cinco que abordaban la Plaza de Santa María se han trocado en una treintena al dejarla atrás. El arroyo ya es un río que fluye orgulloso por la calle Comercio para desembocar en la Plaza donde la multitud les abre paso con presteza, sobre todo al contemplar que es Pantaleón quien conduce la caravana.

El abogado de los pobres, ahora sin demora, avanza decidido hacia la puerta de la casa consistorial. Empuja con empeño el portón, saluda someramente sin codificar los rostros y sube las escaleras, más pausado, intentado decelerar su ritmo cardíaco. Ya en planta, a mano derecha, haya un obstáculo. Es el ‘Tarja’ quien le da el alto.

- ¿Qué desea?- pregunta el conserje como si no lo conociera.

- Compañero, vengo a proclamar la República que se ha instalado en España- afirma ufano Pantaleón, sabedor de que le amparan las circunstancias y quienes extramuros esperan sus palabras sin permitir un gatillazo.

- Bien, pues haga usted lo que quiera y responda por ello- sentencia el ‘Tarja’.
La conversación ha sido corta, sin titubeos ni atranques. El Tarja ha cumplido como suele, está en su terreno, custodiando la puerta del despacho del alcalde Pinilla con la obligación, qué menos, de bajarle los humos a Pantaleón. Primero lo detiene y después, sintiéndose autoridad en el recinto, le da permiso. No es cuestión de ofrecer el pecho a un tren en marcha.

Reanuda por tanto su camino el letrado Pozuelo. Parece que murmura pero solo gorjea inconscientemente mientras avanza ahora más sosegado. Traga saliva y se frena en la meta. Su cerebro activa el silencio y ordena a los ojos que congelen la imagen. Su piel cobra el encargo de percibir; siente frío. Descorre lentamente las cortinas con las manos trémulas y, como traído por la luz, un zumbido sordo penetra in crescendo en sus oídos. Abre el balcón, da un paso adelante y de repente… calor.

-¡Pantaleón! ¡Pantaleón! ¡Pantaleón!- enardece el gentío. El presidente del Comité Republicano observa atónito con el corazón bombeando sangre cada vez más rápido- ¡La bandera! ¡La bandera!- le gritan de nuevo.

Pantaleón piensa por un instante. Arrima el abdomen a la barandilla, la agarra fuerte, se inclina hacia la turba suspendiendo medio cuerpo en el vacío, libera una mano, manda callar y lanza la soflama que tanto anhelaba e infinidad de veces compuso en su imaginario.

-¡¡¡Ya tenemos madre!!!- retumba.

El eco se funde en un estruendo de vítores y bramidos descompasados. La enseña tricolor ya ondea en el Ayuntamiento, alguien la ha izado segundos después de que Pantaleón se dirigiera a la muchedumbre. De súbito al ciclotímico líder interino le asiste un sentido de la responsabilidad para con las masas.

-¡Daimieleños!- continúa, recorriendo con la mirada de izquierda a derecha- El pueblo soberano ha señalado ésta como la hora del cambio, y cada uno de vosotros estáis invitados a colaborar con la República. Esto no es un signo de gratitud, tenedlo presente. Es un derecho ganado con vuestro trabajo y también es una obligación. Habrá muchos ojos pendientes de nosotros que no dudarán en cargar de piedras nuestras alforjas. Ahora es cuando hemos de procurar que el viaje que acometemos transcurra sin sobresaltos. Nos confiamos pues, al orden y al respeto para dar los republicanos la sensación de estar capacitados para gobernar y mantener las leyes y derechos de todos. Y semejante encomienda arranca ahora mismo. Os pido que esta espontánea manifestación de algarabía se disuelva disciplinadamente.

- ¡Viva la República! – le interrumpen.

- Sí –sonríe Pantaleón- y viva por mucho tiempo, pero en este glorioso 15 de abril ha llegado la hora de descansar. Guardad fuerzas porque mañana, con la autoridad bien provista, estaremos de nuevo en esta plaza manifestándonos ordenadamente y acompañados por la banda de Música – se detiene un instante- si don Valerio lo estima oportuno. ¡Hasta mañana camaradas!- se despide pleno de satisfacción.

Refugiado bajo el atestado soportal norte de la plaza, apoyando su hombro sobre la jamba izquierda de la portezuela del Banco Español de Crédito, el joven Filiberto Maján López de Coca, corresponsal del diario El Pueblo Manchego, relee las notas que ha tomado tímidamente. Su contenido denota serenidad, el trazo de su escritura desprende desasosiego. Al día siguiente en el periódico dejará reflejada “la madurez de Daimiel” para adaptarse a los nuevos tiempos. En la provincia leerán que aquí no hallará enemigos la República, que el gobierno de este pueblo es “de carácter apolítico”.

Algunos de esos dignatarios han observado los acontecimientos desde la otra esquina de la Plaza de la Constitución. En la balconada del Casino de la Armonía ya se retiran Vicente Aldea ‘Noteme’, don Gustavo y el maestro nacional Enrique Fuentes esbozando – éste sí – media sonrisa. Bajan las escaleras conversando con la seriedad que aconseja la ocasión. Al abrirse paso en el salón principal advierten que en la mesa hay un nuevo jugador aún tocado por el sombrero. Es Adrián Lozano Sevillano, contratista del Estado, un hombre justo cuya militancia republicana le ha retrasado esta tarde en su reunión con los compañeros de partida. En realidad, anda un poco descentrado. Declina el ofrecimiento; no le reparten cartas. El veterano Vicente Noblejas -rector de este Casino años atrás- sale de sota de espadas, levanta el rey a Moreno, Sedano sienta el as cobrando la baza. Afuera va refrescando, alguien indica al conserje: “¡Sesque, entorna la puerta!”

Leer Capítulo II – Viva la República
Episodio 4.  El 15 de abril en un colegio de monjas

 

La Plaza de la Constitución desde un balcón del Casino. Fte. Daimiel en el Recuerdo
La Plaza de la Constitución desde un balcón del Casino.  Daimiel en el Recuerdo
Foto de Emilio Aguirre Moraga

Elecciones municipales de abril (Cap.II Ep.2º)

(episodio anterior)

El domingo 12 de abril España se ha levantado para celebrar elecciones. Ciudades y pueblos. Todos están convocados para designar a sus regidores. Pero dirimir la gobernanza municipal es una corteza fina tras la cual mana lo sustancial: o votas por la coalición de partidos republicanos o te significas con los aliados de la monarquía. Son municipales porque así toca, pero en verdad lo que está en juego es el régimen.

Sólo tienen derecho a depositar sus papeletas los hombres mayores de veinticinco años, quedando excluidos los militares en activo. Eso para votar. Para vestirse de alcalde obligan a ceñirse el cinto por el último ojal. Apenas pueden concurrir a tan reputado cargo quienes acreditan al menos cuatro años de residencia en el municipio, haber satisfecho la contribución y un título oficial que refleje la capacidad profesional y académica, lo que deja al noventa por ciento del pueblo fuera de concurso.

Tan exigentes condiciones para acceder a la poltrona emanan de la Ley Electoral de 1907 que a su vez remite a Ley Municipal de 1877. Pero aquí no se acaban las cancelas. En esta misma legislación se guarece otro anacrónico enemigo de la democracia representativa. Se trata del artículo 29 que en lugares como Daimiel hace aún más inasequible la llegada al Ayuntamiento de una corporación de atinado reflejo de sus vecinos.

El artículo 29 de la conocida como Ley Maura reza así: “Cuando el número de candidatos sea igual al de escaños a cubrir, no será necesario celebrar las votaciones”. Lo que en un principio se ideó como un medio para agilizar los trámites de los procesos electorales terminó por empuñarse cual arma de caciques. Al aproximarse la fecha de renovar los concejales de los ayuntamientos, el Gobierno convoca los comicios y se presenta la candidatura “oficial” constituida sólo por miembros de los partidos monárquicos, generalmente pertenecientes a la burguesía del pueblo y medianos propietarios.

La capacidad de respuesta de los aspirantes a desalojar a los perpetuos es nula. A esto se añade la desestructuración de las formaciones izquierdistas en la España rural. Desde luego, la sorpresa hubiese sido el afloramiento de una candidatura contendiente. El marqués de la Viesca, Arsenio Martínez Campos, no había perdido su condición de cacique de Daimiel, ejercida durante la dictadura de Primo de Rivera. Meses atrás (diciembre de 1930), con la incertidumbre planeando esta dictablanda de Belenguer y ante el bullir republicano en toda España, el ministro de Gobernación pide al marqués que informe de los movimientos políticos en la localidad. El conocido como ‘Dueño de Daimiel’ reporta el 30 de diciembre que no se ha montado candidatura republicana alguna para las elecciones de abril. El telegrama indica que todo está en orden. Nadie estaba en disposición de organizar una candidatura republicana para las municipales que fuese alternativa al abrumador dominio del dinástico Partido Conservador. Ni siquiera Pantaleón Pozuelo. Sin rivales pues, ni en el republicanismo moderado ni en el PSOE, que había perdido fuelle asfixiado por siete años de clandestinidad con Primo al mando del Estado. La oposición a los caciques no llegó a tiempo a las urnas, apocada por una estructura de poder que cerró filas en torno a los de siempre.

Este 5 de abril, domingo de Resurrección para más inri, se presenta una lista de candidatos que coincide nombre por nombre con quienes han venido siendo alcalde y concejales. Veintidós, los mismos. Todos monárquicos a excepción del maquillaje que proporciona la presencia del reformista Reneses (mano derecha del marqués) . El paripé se registra a las 14 horas cuando el ayuntamiento queda constituido automáticamente con Joaquín Pinilla Chacón como regidor. Como queriendo justificar la perpetuidad en tiempos de cambio hacen gala de su carácter “completamente apolítico en todo lo que afecta a la vida local” como se lee en El Pueblo Manchego.

Ya no importa que el jueves 9 se vaya a celebrar en el Ayala un mitin republicano socialista como tampoco importa que al final se suspenda porque carece de sentido un acto de esa envergadura aquí donde no habrá votaciones. Daimiel pierde la ocasión de escuchar las pláticas de Ortega y Gasset o Fernando de los Ríos, ilustres de un cartel frustrado cuyos subalternos eran el provincial Morayta y el local Pantaléón.

De Los Ríos. Fundación Pablo Iglesias
De Los Ríos. Fundación Pablo Iglesias

El 12 de abril es la única población de la región de más de 10.000 habitantes donde transcurre un domingo cualquiera. Por mor del artículo 29 las fuerzas vivas no han tenido ni que molestarse; vencen sin comparecer. Hay 27.131 electores de la provincia de Ciudad Real -el 25,4 por ciento del censo- que se han quedado sin votar, casi 4.000 son de Daimiel. Hoy sí celebran comicios en Puertollano, Tomelloso o Valdepeñas donde hay 53 candidatos para 26 puestos; de todos los colores: monárquicos, conservadores reformistas, republicanos independientes, republicanos socialistas, radicales, derecha liberal republicana y socialistas e independientes a secas. Eso en los pueblos señeros; los medianos también se citan con las urnas, Campo de Criptana, Socuéllamos, Almadén, Infantes, La Solana, Almagro, etc. Hasta en Villarrubia, donde se dirimen quince concejalías, se han presentado ocho socialistas.

Cae la noche. En el conjunto del país salen victoriosos los concejales monárquicos, pero en las grandes ciudades y capitales de provincia los republicanos arrasan. La República llega por inercia y a quienes mandan sobre este pueblo blanco de cal y verde de huertas les va a pillar con el pie cambiado. A los valedores de los grandes partidos dinásticos no les va a quedar otra que ponerse firmes ante el himno de Riego, mientras le ponen una vela al diablo.                                            

                                14 de abril

A las dos de la tarde, el rey Alfonso XIII se encuentra leyendo ante su Consejo de Ministros el manifiesto de despedida. No anochece cuando parte hacia Marsella, primera parada de su exilio. Los del Comité Republicano, quienes un año antes suscribieron el Pacto de San Sebastián inspirando el régimen naciente, pasan en unas horas de la cárcel al poder.

Daimiel es ajeno a lo que germina en Madrid. Esta tarde la contienda social se libra a la puerta de la iglesia donde no queda espacio para las esquelas. Cuatro más acoge el señor en su seno. Un paralís se ha llevado a Casimiro que de los sesenta y cinco años que le regaló la vida, cincuenta los consumió de jornalero; lo que le dieron las fuerzas. La vieja Frelicia ha cedido con ochenta y dos, todo un registro. Estaba muy bien de la cabeza pero el cuerpo le pedía tierra. Queda vacía su habitación de la calle Jabonería; ya puede reunirse con su difunto marido. A un centenar de metros de allí, estremece ir a dar la cabezá a casa de los Astilleros donde el pequeño Paquito yace inerte en un ataúd blanco, se ha ido con solo cuatro años vencido por el resfriado que le agarró el pecho el día del Ángel y torció a pulmonía. Sin embargo, donde más se congrega la prole es en la modesta morada de Manolo el Barbero. A las tres de la tarde ha certificado el médico Emiliano Bermejo su defunción echándole la culpa a una septicemia erisipelatosa. Se comenta que como estaba tan gordo, se recalentaba a deshora y ha terminado reventado por dentro. Los pelados postreros los ejecutó con apreciable merma, nada bueno aventuraba su cara toda de ronchas y rojeces. No tiene esposa que le llore, ni se le conocen hijos. Eso rebaja la pena y descarga de dolor fingido a la parroquia que chorrea poquito a poco por la calle Manzanares presta a cumplir con el finado.

Manuel López de la Franca no celebrará los cuarenta y seis. No deja heredero para la barbería. Hace tiempo que prescindió de los mozos. Incluso racaneaba algo tan sagrado como la prensa. Sin embargo aún tenía una apreciable cartera de clientes que habrían de repartirse entre Anastasio, ‘Riquezas’, ‘Chanes’ o los hermanos Félix ‘el Sordo ‘y Perico. Anastasio cobra veinte céntimos más pero se hace amena la espera de turno. El plus de calidad no es tanto su destreza con la navaja como lo agradable que resulta sentir las coplas de La Fornarina que con frecuencia salen de la Philco. Menudo chisme es ese de la radio, cómo acaricia el corazón. Se la trajeron de Barcelona y ahora luce como una joya sobre la repisa de cristal, detrás de la puerta.

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Episodio 3. La proclamación del nuevo régimen

Foto de Emilio Aguirre Moraga

Pantaleón Pozuelo (Cap.II Ep.1º)

Pantaleón

(episodio anterior)

Pantaleón es demasiado joven para ser un viejo, pero pocos hay en el pueblo con veintisiete años y tantos tiros pegados. No alcanzaba el metro y ya intercambiaba descalabraduras con los chicos del barrio y, de mancebo, entre libro y libro ahorraba tiempo para apañarle alguna barrabasada a sus vecinos de La Paz. Gastaba ingenio para la guasa. Solía el estudiante de derecho, estrenado el verano, dejarse caer por la taberna de la calle Castillejos donde era bien recibido por sus amigos de siempre. Nunca les ahorró un tema de conversación como jamás renunciaba a un trago cuando algún dichoso celebraba su ascenso de morillero a gañán. Después de narrar cómo está Madrid, qué se dice, qué se viste y qué se canta, los más curtidos cortaban su locuacidad largándole un: “Licenciado, está usted multado y condenado a pagar unos chatos de vino”.
Pantaleón nunca cambió; ni siquiera aquel junio del 26 cuando tornó de Madrid con el título por montera, cosido en la toga Señor Pozuelo García-Muñoz. Así llegó a la casa familiar dejó los trastos en el vestíbulo, cruzó el umbral del portalón y a plena solana se puso a repartir tarjetas de visita para quienes sabían leer y para los que no, que eran mayoría:

- Camaradas, si os atrevéis a litigar con el amo ya tengo los papeles.
– Nos tendrás que hacer una iguala – le decía aquel que lo tomaba más en serio.

El caso es que a Pantaleón Pozuelo se le ha acabado conociendo como el abogado de los pobres. Se ha convertido en un sabio del vulgo porque de chico se empeñó en llevar la contraria a las buenas costumbres. Ha aprendido de la vida juntando sudores con los hijos de los obreros y ahora se maneja como nadie entre las dos aguas. Pantaleón se maceró con la otra mitad, la de los desheredados, y saca de la paleta de la experiencia un gris genuino con el que perfilar su visión del mundo, valiente mezcla en un tiempo de blancos y negros y una raya en medio. Es cierto que no ha renunciado a su estatus, no está tan loco y aunque hubiese querido hacerse rojo no le habrían dejado. Esa posibilidad no existe en España y menos en esta rancia Mancha de tanto tienes, tanto vales. Para cambiarse de clase hay que embarcarse en La Coruña y emprender las américas. Al otro lado del charco sí puedes borrar y cuenta nueva, pero en esta tierra de conejos es imposible ascender como bajar de escala social porque no asoman descansillos, demasiado pesaroso. Si te toca nacer en casa de gente bien, ese disgusto que te ahorras, podrás comer sin atender a gastos y trabajar lo justo gracias a Dios. A la familia de Pantaleón, desde luego, nunca le ha faltado.

Con todo, la humildad de corazón no siempre basta para doblar la cerviz por el andrajoso y tratarle como un igual, hay que contar con un punto de excentricidad a ojos del vecino. Se dice de Pantaleón que tiene algo en la cabeza. Más fuera exceso de conocimiento y fobia a la estulticia lo que a veces le pone de los nervios. Por si hubiere cura para eso, una vez el boticario don Joaquín Fisac le dio Cerebrino Mandri, unos polvos sin igual. No hay otros tan malos. Incluso se acercó a la consulta de la Paca.

- Pantaleón, unos ojos te han hecho mal, tres te habrán de sanar. Padre. Hijo y Espíritu Santo. La Santísima Trinidad. Si es en la cabeza, Santa Elena, si es en el cuerpo el Santísimo Sacramento, si es en los pies, los ángeles treinta y tres. Como estas palabras son tuyas y verdaderas, Dios te quite todo el mal que tuvieras.

Así hasta tres veces le soltó la curandera haciendo hincapié en Santa Elena. Por respeto le dejó acabar la jaculatoria pero al final le soltó.

- Señora, yo creo que mis jaquecas ya están tratadas por ese lado. ¡Qué no habré rezado yo teniendo a Jesús de Nazareno enfrente de casa, de cuerpo presente!

Razón no le faltaba. No hay balcones más codiciados que los de su fachada un Viernes Santo al amanecer. Pantaleón no es practicante de a diario, no tiene tiempo, pero la fe no le abandona y, por supuesto, se le eriza el vello con los acordes del ‘Niño Perdido’ al sentirlo desde las alturas del número 9 de la Plaza de la Paz. Allí vive felizmente con sus padres, su hermano José, su esposa Dolores y su hija Aurora de quince meses. Cuentan que ha logrado persuadir a su mujer para dormir en el suelo, “como los pobres”, dicen que dice.

En fin, que el señor Pozuelo García-Muñoz, en este abril de 1931, es poco menos que una granada con la anilla a medio sacar. Los señores propietarios le observan como una fuerza motriz incontenible capaz de poner el pueblo patas arriba. Es el miedo a que despliegue su compacta formación de jurista a disposición de quienes salen a tres pesetas las doce horas de faena; que les haga protestar a quienes callan por cristiana costumbre. Como su padre -potentado agricultor- había accedido a pagarle los estudios de abogado, sin cumplir los veintitrés se sabía lo del pueblo, lo de Madrid y lo que venía en los libros. Lo del pueblo le iba a servir para meter el dedo en la llaga a los poderosos, lo de la capital para empaparse del bullir republicano en los estertores de Primo de Rivera y lo de los libros para convertirse en un implacable letrado.

Sí, Pantaleón es un republicano de convicción y formación, la adquirida afinando oídos durante sus frecuentes visitas al Ateneo de la capital. Su apariencia menuda y de belleza algo distraída la compensa con varias arrobas de energía y determinación. Entusiasta y persuasivo, no desenvainaría él la espada para lacerar a Alfonso XIII, pero si se lo hubieran pedido habría colaborado con un puñado de reales para poner al borbón rumbo a Marsella. Pantaleón es militante de la Derecha Liberal Republicana, el partido fundado un año antes (1930) por Niceto Alcalá Zamora siendo otro de los líderes Miguel Maura por quien siente más querencia. Milita por tanto en el partido elegido el día señalado.

iglesia paz
La Iglesia de la Paz desde el balcón de Pantaleón

No es el único en Daimiel que apuesta fervientemente por el fin de la Monarquía, dentro de un orden. Quedan atrás muchas sobremesas compartidas con su correligionario Luis Díaz Susmozas. También piensan en moderno, a la europea, otros como Adrián Lozano Sevillano, Miguel Moreno Susmozas o los hermanos García-Muñoz, Ernesto y Ramón a quien en política le llaman Yepes por el apellido materno. Afuera aparte hormiguean los socialistas ante la cercanía de, por primera vez, tener voz y voto.
Cuando llegan noticias de la capital sobre el advenimiento de la España sin Rey y Alcalá Zamora como presidente del Comité Republicano encargado de la transición, todos miran a Pantaleón, hete aquí el presidente del Comité Republicano de Daimiel.

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Episodio 2. Elecciones municipales de abril