Foto de Emilio Aguirre Moraga

El hombre obsesionado con ser pájaro (Cap.IX Ep.6º)

(episodio anterior)

Sábado 24 de febrero de 1934

La Pepa, la sirena de La Francia, anuncia la entrada de los obreros en la Olivi, e igual avisa a los empleados de don Max que propaga sus ondas pueblo adentro para reclamo de los trabajadores de la Fábrica de Los Pinilla. Con el zumbar de La Pepa, los del turno de noche de la almazara de don Federico entienden que han llegado las ocho. Ni encargado, ni capataz, precisan más señal para detener las rulas de piedras. Con cinco minutos de propina, dejan en orden el molino de aceite para los compañeros ya prestos a darles el relevo. El arroyo de obreros que cada jornada a esta hora fluye por la calle Estación, hoy es un río que remonta a contracorriente. No bajan al pueblo, suben para salir de él. Son más y algunos menudos. Niños y madres a todo prisa, camino del campo persiguiendo una causa fascinante y excepcional.

Al torrente de público curioso se unen instintivamente estos mozos de la almazara y, luego de dos centenares de pasos, hacen lo propio los empleados de la Olivi. El volumen de gentío ha sorteado los hierros y traviesas del ferrocarril cruzando por el paso a nivel que conduce hasta Valdepeñas. No caminan a la conquista de las tierras del sur, marchan a vitorear a quienes sedujeron los cielos para España.

En el campo de aviación, el cabo ha sido informado de que todo transcurre según lo previsto. A las 7:45 ha despegado de Cuatro Vientos el autogiro de Juan de la Cierva. El revolucionario aparato del ilustre ingeniero murciano sobrevuela la meseta. Se le espera con impaciencia. El inventor pilota el engendro de hierro y madera y, por primera vez, le acompaña su esposa María Luisa Gómez-Acebo. Es por ello que Juan de la Cierva, antes de descender hasta los suelos de Córdoba, ha previsto que su señora estire las piernas durante una primera escala en el aeródromo de Daimiel.

El aeródromo es una romería. Todos celebran y aguardan curiosos a que aparezca el ingenio del que tanto se ha escrito desde que hace una década lograra levantar el vuelo propulsado por su enorme hélice y hace seis temporadas salvara el Canal de La Mancha. Molinillo de palas apaisadas, un juguete fastuoso que ha puesto a España en el mapa mundial de la invención aeronáutica gracias el hombre que desde los 16 años creyó posible el sueño de sentirse un pájaro.

Los suboficiales y rasos del campo de aviación entretienen a los niños que visitan por primera vez esta planicie, ubicada entre los kilómetros seis y siete de la carretera de Valdepeñas. Los mismos uniformados que llevan años mereciendo el cariño y reconocimiento del pueblo por su altruismo. Jóvenes que en sus ratos libres se dedican a instruir en las primeras letras a los muchachos de las casillas próximas cuyos padres ni pueden ni tienen tiempo de llevarlos a las escuelas del pueblo.

A poco de las nueve, niños y mayores suspenden la cháchara y elevan sus ojos al cielo. La ausencia de viento ha impedido que el eco de los motores alertaran de la inminente llegada de los ilustres. Apenas dos lunares en el celeste despejado y los dedos señalando “allí, allí, por allí vienen”.

El autogiro aproximándose a Daimiel (foto tomada por Emilio Aguirre)
El autogiro aproximándose a Daimiel (foto tomada por Emilio Aguirre)

En vanguardia el autogiro y, escoltando, el Jesús del Gran Poder; un Breguet XIX pilotado por Carlos Chovo y tripulado por el capitán Iglesias. Otro aparato heroico de la Fuerza Aérea Española. Aunque de patente francesa, se fabricó en las talleres CASA de Getafe. Dentro de un mes se cumplirán cinco años de la hazaña satisfecha a medias. El Jesús del Gran Poder superó los 6.500 kilómetros de un tirón, desde Sevilla hasta Bahía en Brasil; pero fracasó en el intento de plantarse en Río de Janeiro. Resistió el récord mundial de los italianos Ferrarín y Del Prete.

El Jesús del Gran Poder, que ya ruge a dos centenares de pies de la pista de aterrizaje, es lo más descollante del inventario de nuestros ejércitos. Aún así, más hubiera disfrutado Antonio Reneses y Vicente Noblejas haciéndose la foto con su hermano el Cuatro Vientos, el Breguet XIX modelo Superbidón del que no se tienen noticias desde hace ocho meses. Ni rastro del aparato, ni del amigo Barberán. El Cuatro Vientos despegó de Sevilla el pasado mes de junio y, sobrevelando el charco, alcanzó la añorada Camagüey sin hacer una sola escala. Una proeza de 7.895 kilómetros. Sin embargo, desapareció hasta nunca jamás cuando tras los fastos y loores durante la recepción en La Habana reanudó el vuelo rumbo a México. Fuera el mar o la tierra quien se tragara a los héroes, lo cierto es que el siniestro sepultó los días de jubileo del Mayor Barberán y sus batidas de caza junto a sus amigos de Daimiel.

Son las 9 de la mañana. El autogiro acorta su distancia con el suelo descendiendo en perpendicular. Lento pero seguro. Millares de personas esperan. Al tocar tierra estalla una salva de aplausos y vítores a España y a Juan de la Cierva. El ingeniero ayuda a bajar a su esposa. A una distancia prudencial -pues hay peligro aún en la desaceleración de las hélices- espera el teniente alcalde Antonio Maján.

-Muy buenos días, señor de la Cierva. Soy el teniente de alcalde Antonio Maján. Le traigo un afectuoso saludo de nuestro alcalde el coronel Briso de Montiano a quien sabrá excusar por un compromiso familiar ineludible.

-Lo primero es lo primero -suaviza De la Cierva.

-Como usted mismo puede comprobar -miran ambos alrededor-, es un inmenso honor recibirle, para el Ayuntamiento como para el pueblo entero.

-Muchas gracias, espero que hayan dejado ustedes a alguien guardando las casas -bromea el ingeniero al tiempo que se despoja del casco.

-¿Qué tal ha ido el viaje, señor? -pregunta el exconcejal Reneses, el gran artífice de que el Ministerio eligiera estas tierras para asentar un campo de aviación imprescindible en la ruta de Madrid al sur.

-Según lo previsto, cinco minutos antes de lo pautado incluso.

-Pase si quiere usted a la caseta, tenemos café recién hecho, les vendrá bien. Señora -saluda uno de los suboficiales del Ejército a la esposa del ingeniero y, acto seguido,se cuadra para saludar a los tripulantes del Jesús del Gran Poder- Mi capitán, a sus órdenes, cuando usted guste sería un placer enseñarle nuestras instalaciones.

Mientras las autoridades departen de los suyo entre formalismos y chascarrillos, el pueblo llano merodea en torno al autogiro, atraídos por el magnetismo de la máquina. Los hay quienes hacen el ademán de encaramarse al Jesús del Gran Poder. Pose para una foto de recuerdo con la que presumir. La chapa del Breguet aún mantiene el calor desprendido tras el esfuerzo de su medio millar de caballos y, a tiro de piedra, los mecánicos repostan combustible en el tanque del autogiro.

AUTOGIRO
Antonio Reneses, su esposa, hija y yerno, el veterinario Gregorio Quintero (foto tomada por Emilio Aguirre)

-Todo está listo señor ¿cuando usted desee nos ponemos en marcha? -es informado De La Cierva.

-Pues si al capitán Iglesias le parece bien, podemos retomar -dirigiéndose a Maján- aún nos quedan casi dos terceras partes de trayecto.

Pasan treinta y cinco minutos de las nueve y media. La hélice centrifuga violentamente toda impureza renuente en el firme de aterrizaje. Las señoritas se protegen el cabello para no verse despeinadas. Si el aterrizaje abrió bocas, es todavía mayor la estupefacción plasmada en los rostros de los presentes ante el modo de levitar del autogiro. Como una mosca elefantiásica despega en vertical hasta los ocho metros de altura. Aguanta suspendido y ufano. Es el diestro que reta al tendido luego de una espléndida faena, plenamente seguro de que lo siguiente son aplausos y solo aplausos.

La próxima parada de la expedición será Córdoba y, para terminar, el aeródromo de Tablada en Sevilla. En tres cuartos de hora sobrevolarán Sierra Morena. Desde las alturas de La Mancha, don Juan y señora tienen el gesto de saludar con la mano a la decena de vecinos plantados junto a la carretera de Valdepeñas. Exhaustos después de una esprín infructuso. No han llegado a tiempo para las fotos, el premio es verlos volar, alejarse camino de Despeñaperros. AERODROMO OK 001

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