Foto de Emilio Aguirre Moraga

Aquel verano del 34 (Cap.X Ep.3º)

23 de junio. Salón de sesiones del Ayuntamiento

-Compañeros, solicito a este pleno un voto de censura contra Pantaleón Pozuelo. Una medida drástica pero justificada. No pueden tolerarse sus continuas e inmotivadas obstrucciones al desarrollo de la actividad municipal, así como sus censuras sistemáticas a toda labor de la corporación. Es inadmisible la actitud de este señor contra la mayoría de los concejales, como el hecho de presentar denuncias en los juzgados por asuntos que carecen de importancia cuando, al contrario, son circunstancias corrientes de los ayuntamientos -el bodeguero antimarxista Ladislao Díaz-Salazar levanta la vista de sus notas-. Realmente no sé si don Pantaleón cree que está sentado en Las Cortes de Madrid o tal vez en un Tribunal.

-De lo que no cabe duda es que es usted quien no tiene categoría ni formación para desempeñar la misión encomendada. No quiera arrastrar al pueblo a su mundo de ignorancia -responde sin dejar tiempo a las risas quien fuera el padre del republicanismo en Daimiel.

-No se lo niego abogado, yo soy un simple productor de vino que habla el lenguaje de aquí, pero usted parece que se quedó atrapado en la cubierta de sus libros. Fuera de este salón es libre, pero no creo que los aquí presentes merezcamos vernos envueltos en sus desvaríos. Es usted un lastre, señor Pozuelo -agría el tono el bodeguero de la calle Prim. El tercero de cuatro hermanos a quien sus amigos se refieren como Ladis.

Ladislao Díaz-Salazar (Familia Díaz-Salazar)

-Por favor, moderen el lenguaje -interviene el alcalde Camino cuando ya es imposible determinar de donde proceden las voces-. Por favor, silencio, ¡cálmense!. Señor Díaz-Salazar, hemos escuchado perfectamente la motivación de su voto de censura. Sobran más valoraciones. Ahora procedamos a votar.

Pantaleón se ha quedado solo.  El Ayuntamiento ve con desagrado su conducta y acuerda que conste en acta un voto de censura.

7 de julio

La corporación entra a debatir una materia tan prolija como caótica, la desoladora tesitura de la Enseñanza. Una carga tras otra, visitas a Madrid, correos, telegramas, lamentos en prensa y escasos compromisos desde el Gobierno. Sin Madrid no hay dinero y, llegados a este punto, hasta habría que celebrar la vía de financiación abierta en virtud del flamante decreto del 16 de junio.

Al comienzo de la República se determinó que para cubrir las necesidades educativas de los niños de Daimiel no sería descabellado doblar el número de grupos escolares. Transcurridos lo primeros meses, se fue consciente de que tan altas pretensiones solo podían generar rechazo en la capital. Había que conformarse con mucho menos. Visto el deambular del régimen, los de aquí se darían por satisfechos si el Ministerio termina liquidando su parte de dinero en las adquisiciones de terrenos y construcción de dos colegios cuyos proyectos, parece ser, van para delante. El ayuntamiento se compromete a aportar el veinticinco por ciento del importe de las obras como corresponde, según la ley, a sus 18.968 habitantes. Los emplazamientos elegidos, la esquina de la calle Motilla con Dehesa y frente a la ermita de San Isidro. No será la obra del Escorial pero llevará un tiempo ver a los niños ocupando esas aulas. De momento, para septiembre los escolares tendrán que apañarse con lo de siempre.

Aprendidos a leer y escribir, se abre una falla que separa los caminos, o sea los futuros. Los elegidos por sus aptitudes y posibles pueden anhelar un oficio a la sombra.  En una primera escala, persiguiendo el diploma de bachiller. En la calle Arenas, chicos y alguna chica se fraguan en la Academia de José Barrios. Este centro de Secundaria cohabita con la Academia Politécnica de Modesto D’Opazo, sita en Obispo Quesada desde 1911. En este segundo ateneo, una decena de profesores aleccionan en las materias propias de Bachillerato, Magisterio superior, Letras y Derecho; si bien para estas últimas disciplinas no alumbran más allá de nociones básicas.

En estas fechas reciben los calificaciones quienes se examinaron el último día de primavera. Una comisión del instituto de Ciudad Real evalúo a los alumnos de Modesto en el salón de plenos del Ayuntamiento y no les ha ido mal. Parece mentira cómo algunos parecen bendecidos desde que nacen. La providencia les depara una travesía abrupta pero terminan conjurando los estorbos, generalmente porque hay quien tropieza en lugar de ellos. Esos son a quienes devora la fiera.

Algunos penaron con la cárcel y casi todos cargaron sobre sus espaldas el baldón del vecindario por mucho menos de lo que las habladurías asignan a Modesto Dopazo Maján. Pero, cómo dar por ciertas esas presuntas felonías tratándose de todo un cura y capellán de Las Cruces.

De quien hoy tutela la Academia, se cuenta que entre 1920 y 1923 fue uno de los tres granujas que acuñaron duros falsos de plata. Modesto habría sido el responsable artístico de la obra. La sección industrial de la sociedad dependía de la pericia de Marchán el herrero, cuya fundición estaba en la calle Canalejas, donde hoy vive Ricardo Ortega. Y el tercer confabulado fue ni más ni menos que José Pintado Morales. El exalcalde (1891-1892) se encargaba al parecer de la distribución y contactos.

Habían conseguido simular las monedas merced a una aleación ciertamente notable, pero insuficiente para encapotar la lupa de la Policía. Los sabuesos olfatearon el rastro del dinero y todo acabó en un Martes de Carnaval. José Pintado se solazaba en el baile de disfraces del Teatro Ayala entre risas, licores y confeti. Vivía sin miseria. De pronto, sin pretender hacer ruido, casi a hurtadillas, el capitán de la Guardia Civil se introdujo en el patio de butacas. Mostró toda la deferencia posible para, sin hacer gentes, sacar a su amigo de la algarabía. A salvo del ruido, el benemérito le comunicó al exalcalde que estaba detenido. El oficial le creyó ahorrarle la mascarada de calzarle las esposas con el disfraz puesto. Le dejó pasar al reservado para cambiarse de ropa.  Se metió un tiro.

No fue cosa para celebrar, ni por el guardia negligente, ni mucho menos por la familia del suicida. En cambio don Modesto D’opazo… a este sí que el destino le abrió una puerta en medio del quiebro. Pintado se llevó a la tumba toda la culpa de la falsificación de los duros de plata. Al cura de las Cruces solo le incordian la moscas cojoneras que, de vez en cuando le sitúan como miembro de la tripleta de impostores, y a veces recitan por gracia de ‘el Chepa’

Si lo miras a la cara,  notaras la sensación de la humana condición más cínica y descarada. Porque instintos canallas se viste con largas sayas. Que mancha su honrado origen, tiene y no de la virgen, gran fabrica de medallas. 

También le pesará que su hermano apenas le hable. Aunque Daimiel pase por alto aquella presunta participación, Ramón D’opazo, héroe de Filipinas y aclamado exalcalde de Torralba, solo mirando a los ojos al capellán de las Cruces desentraña toda la deshonra que esconden.

Mediado julio

Hace un mes que el campo descansa, solo pendientes de atender los candeales más atrasados. “Refría” la tierra tras la siega dando tiempo a San Miguel. La mies acarreada y, en las eras, piedras de trillas desdentadas y restos de salvado mareado por el viento. El trajín se muda a las huertas. Vergeles que amurallan Daimiel, mimados por sus dueños; hacendosos que antaño se hicieron con un pedacillo para echar verano y tener para invierno. Regadíos de hasta tres fanegas. Mula, noria y alberca. Patatas, legumbres, panizo… y en las parcelas más chicas colorean los tomates, más algunas matas de pimientos y pepinos casi esquilmadas. El pueblo huele a eso. A huerta, al barro mojado de los cangilones. Y es blanco y verde, y fresco del riego cuando la noche concede algo de respiro y abanica con una ligera brisa las calles abrasadas durante horas.

Pueblo adentro, algo quiere moverse a la sombra de las tinajas. Gracias a Dios van sonando huecas. Apremia el desalojo de los fermentados para hacer sitio a lo que traiga la vendimia venidera. Hogaño no pinta mal y es mucho decir para lo que suele llorarse. En la antesala del verano ya presentaban buen cuajo las vides. Ahora los racimos hermosean y, no torciéndose la cosa, los lamentos serán más por excedente y bajo precio que por pírrica cosecha.

De lo peor, la menguada transacción comercial de vinos y aceites; y las tres pesetas escasas que se está pagando por arroba. No quedan muchas ganas para litigar por una retribución más onerosa. Ni ganas, ni espaldas. Es demasiado lo que se arrastra, principalmente por mor de lo que llaman conflictividad social. Contenciosos a los que no terminan de acostumbrarse los patronos después de toda una vida de ordeno y mando. La economía de ciertos propietarios renquea debido a los pleitos en el Tribunal Mixto de Manzanares. Son procesos que colean de la temporada pasada con Miguel Carnicero ejerciendo entonces de vocal representante de Daimiel y líder de la Casa del Pueblo. A un dueño le han dejado tiritando. Unos braceros le demandan el total de los jornales de la siega y de la vendimia. “Se dice, se cuenta, yo no digo nada”, como apostillaría Josico el barbero, que en su día no pudo pagarles y en compensación les dio parte de la cosecha. Pero lo que entonces contentó a los jornaleros, hoy no les vale. Ramón Fisac es el desgraciado de la temporada. Un incendio provocado ha anegado la cosecha de cereal. Durante horas se pasó miedo de verdad, las llamas prendieron a doscientos metros de las últimas casas del Pueblo en el camino de La Máquina.

La paz, siempre colgada de dos pinzas, expuesta al zarandeo. No obstante, a Dios gracias que esta campaña en lo que al pueblo toca ni ha corrido la sangre ni se han sentido tiros. A Eusebio Camino es verdad que le ha dolido la cabeza cumplidas sus primeras semanas de alcalde. Tampoco podía esperar otra cosa. La huelga general en los campos de Andalucía y Extremadura con la que se saludó al nuevo jefe de Gobierno Ricardo Samper, fue replicada en ciertos municipios de la provincia, Daimiel entre ellos. Aquí el pulso atañó al jornal de la siega. El primer día de paro, el 5 de junio, hubo de recurrirse a la guardia de asalto de Ciudad Real. Los huelguistas le pegaron fuego a un monte bajo, contiguo a una finca del exalcalde Briso de Montiano. Le estarán entrando unas ganas tremendas de quitarse también de campo. Hasta trece elementos fueron detenidos por obligar a cuadrillas a regresar al pueblo. No fue noticia la incapacidad de la Guarda Civil para contener a los asaltados. No es cuestión de voluntad ni de arrojo sino de insuficiencia de medios. El campo es inabarcable. Es imposible sofocar incidentes tan frecuentes en el tiempo como aislados en el espacio.

Poco importa que fuera detenido el sustituto del desterrado Carnicero. El flamante número uno de la Casa del Pueblo, Nicolás Cortés ‘El Rojo’ pasó una noche en el cuartelillo. Sin embargo, el arresto del presidente del Comité de Huelga no aplaca a los suyos, les espolea; contagiados además por la combatividad que están exhibiendo sus compañeros de Villarrubia. El segundo día de huelga, el 6 de junio, los acusados de la sierra escucharon la sentencia por lo perpetrado veinticuatro días atrás. Mientras las niñas sacramentadas cantaban cómo la Virgen María bajó de los cielos a Cova de Iria, los socialistas, armados con pistolas y cuchillos, intentaron asaltar el ayuntamiento. La Guardia municipal de Villarrubia no anduvo tibia, repelió con dureza. Cuatro heridos, tres muertos y una decena de detenidos y conducidos a la cárcel de Daimiel. A plena luz del día pasearon el escarmiento. Doce semanas después alguien le cobró la más costosa de las facturas al guardia mayor. En la falda de San Cristóbal, fue encontrado cadáver con un tiro en la cabeza. Deja viuda y diez hijos, el primogénito acaba de cumplir doce años. Se busca al criminal.

En el pueblo los rateros no han descansado. La han tomado con los hermanos Ramón y Joaquín, gerentes de Sucesor Moreno y Pinilla. Entraron en su almacén sin preocuparse de que el ayuntamiento dista ochenta metros. Burlaron a los serenos e hicieron acopio de hierros, baterías de cocina, coloniales o cristalerías. No olvidaron echar a la saca cuatrocientas pesetas en monedas de plata y doscientas más en navajas de afeitar, carteras de material y petacas de las buenas. Es seguro que entraron por la puerta falsa de la casa pues allí abandonaron una ganzúa. De tejado en tejado, y rejas de arados para forzar la puerta del almacén y la caja registradora. Eso fue el 28 de abril. El caso es que no pasaron dos meses cuando otros desconocidos –tal vez los mismos, enfermos de saña- entraron dieron el golpe en la calle Jesús, en la casa particular de uno de los hermanos, Ramón. Afanaron todo un capital. Mil pesetas contantes y sonantes, objetos de valor y otras menudencias.

 

(Archivo José Aguirre Martín-Gil)
(Archivo José Aguirre Martín-Gil)

 

Así se cocina el presente que hoy despreocupa a los más chicos de la casa. Los inocentes no saltan del catre hasta que el sol les casca en la frente. Si tienen para desayunar bien y después a tratar de ingeniárselas para escaquearse de los recados que pueda encargarles madre. Este 18 de julio, como cada día de verano, regresarán hechos unos cristos. Y lo harán a regañadientes, antes de que el calor no permita retirar de la umbría ni la punta de las alpargatas. Hasta entonces se dejarán la hiel y las rodillas subiendo y bajando con sus bicicletas los terraplenes de enfrente de la estación. Los menos privilegiados se conformarán con sus bolas de barro, sus alhajas.

En las vías muertas del ferrocarril los vagones de mercancías aguardan la llegada de los carretones de Miguelico. Descomunales reatas de mulas portando las cubas de vino. Caldos con la firma de don Ruperto, Julián Prado o del teniente de alcalde Ernesto García Muñoz, pionero en la exportación. Lo que no coloca aquí lo tiene comprometido en el norte. Estas noches de verano, la pasada no fue una excepción, llega el correo con rango de expreso y la prensa de Madrid. La estación del tren entera a Daimiel de cuanto acontece.

El reloj marca las diez de la mañana y a lo lejos una bocina anuncia la irrupción de la locomotora. En breve se atisba el penacho de humo grisáceo. Siseo de ruedas, rechine de zapatas y olor a carbonilla. La máquina de vapor de cuatro ejes y compound fabricado por la casa alemana Hartmann se ha detenido en la vía central. Descienden los viajeros.

-Obdulia, Nicomedes, buenos días, ¿cómo sabían que llegaríamos en este tren?

-No lo sabíamos don Max, es cuestión de venir –responde el jardinero y hombre para todo en Le Castellet- ¿qué tal el viaje señor?

Helena Messiah Cassin (arch. Mª José Reguillos)
Helena  Cassin (arch. Mª José Reguillos)

-Interminable y con pena, como puede imaginarse. La señora lo está pasando mal pero es ley de vida –responde el francés- C’est du gâteau.

-Déjeme, doña Elena, que vendrá cansada –asiste la ama de llaves a la señora Hélène Messiah Cassin- ¿y las niñas?

Las pequeñas de la familia, Denise y Andrette, han alcanzado el andén desde otro vagón. Janine no viene con ellas. Ha logrado vencer la resistencia de su padre para permanecer en Niza una semana más. Tiene veinte años y desenvoltura, nada hay que temer. Está muy unida a su hermana mayor y no podía negarle que alargara la despedida. Renée Rachel, Renata en el pueblo, se ha casado en la costa azul. Desde el 14 de julio es la señora de Gilbert Lévy. Un judío francés como los Cassin, ocho años mayor que ella, que tiene negocios en Argelia, país donde nació en 1904. Renata se reencuentra estos días con amigos de la infancia, alterna con la alta sociedad nizarda y no solo disfruta de la presencia de su hermana Andreita, también de Albert. El único hijo de don Max fue el primero en abandonar el hogar familiar de Daimiel. Hace dos años dejó atrás Le Castelé para estudiar en Francia. Ahora, los tres mayores del agente consular galo en La Mancha se dejan acariciar por el Mediterráneo, mientras caminan sin oficio por el Paseo de los Ingleses.

Y piensan en Daimiel, ¡claro que sufren de nostaligia! Albert dejó en el pueblo a sus mejores amigos, le exige a Andreita que le cuente sobre ellos. No le es suficiente con las cartas y otros agasajos que le hicieron llegar a Niza aprovechando la boda. Con el transcurso de los meses, en las oscuras y lejanas noches de Argel, aflorarán algunas lágrimas por las mejillas de Renata al recordar sus expediciones con Jesús, el hijo de Nicomedes. Las aventuras perdidas entre las plantas del invernadero donde el hombre para todo prepara su ungüentos. No volverán las veladas en los jardines, ni se sorprenderá por el regimiento de caracoles gigantes, a la par que exquisitos,  poblando las frondosas plantas que circundan la pista de tenis. Cómo retener en la memoria el milagro de los gusanos de seda que Nicomedes cría en la torrecilla, alimentados con las viejas moreras blancas a cuya sombra consumían las tardes riendo y riendo.

-Jesús, ¿qué te traes entre manos bribón? –regaña con cariño don Max al chavea de Nicomedes- Mon petit doigt me l’a dit.

-Pues nada, don Max, pos aquí –contesta el adolescente.

-Cuenta, cuenta, cómo llevas nuestro asunto –cuchichea el francés para que no le oigan su esposa y sobre todo sus niñas. Les daría un patatús.

-Alguna ha caído señor, si quiere se las enseño.

Tiene prisa el adolescente por cobrar el premio por sus piezas. Resulta que esta pasada primavera anidó en el cielo raso de la casa una colonia de lechuzas. Aprovechando la coyuntura el chico del jardinero le dijo al francés “Don Max, lo peor no es el ruido, ni siquiera las cagarrutas, es que se beben el aceite”.

Max Cassin (Arch. Mª José Reguillos)
Max Cassin (Arch. Mª José Reguillos)

El vicecónsul podría haber tragado con lo primero, pero lo del aceite superaba la eutrapelia, aun sabiendo que tal vez fuera una trola. Entonces, por cada rapaz que abatía el diplomático le suelta dos pesetas y le corta la cabeza por si tiene la ocurrencia de presentarle el mismo pájaro. No obstante, el jodío tiene dotes para el negocio. Las lechuzas decapitadas, como don Max para nada las quiere, se las vende a los obreros de la Olivi. Los de la bodega le pagan otra peseta extra por ejemplar. Aseguran que están sabrosas en el pote. Y al no verles la cara, sepa Dios si es paloma o pichón. Jesús se ha organizado su propia vida. Se regula, mata dos por día. De poquito a poquito, para que no se le haga mucho al francés.

-Señora, vendrán con gana. Julianita tiene la comida lista -interviene Obdulia.

-Comme ci, comme ça -responde Elena Messiah mirando de soslayo a su marido, consciente de que aunque ella trae el cuerpo revuelto de tanto traqueteo, don Max se comería un guarro ciego si su religión lo permitiera.

Obdulia -además de ama de llaves y organizadora del servicio de empleadas circunstanciales como lavanderas y costureras- es quien cocina. Julianita, también hija de Nicomedes, se encarga de servir. Todos hacen vida en la planta baja de Le Castelé. En este semisótano están las cocinas, el lavadero y una pequeña bodega donde se conservan frescos alimentos. Desde aquí se sube la comida por un montacargas. A los hijos chicos y nietos del Servicio se les ha acabado el jugueteo de subir y bajar en el montacargas. Los señores están de regreso.

-Obdulia, parlaremos más despacio, pero ve dando aviso a las que necesites. Esto hay que celebrarlo como se merece.

Se ha casado su hija mayor, su querida Renata. Habrá un banquete para los empleados de La Francia.

 

Le Castellet a principios del siglo XX
Le Castellet a principios del siglo XX

 

 

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