Foto de Emilio Aguirre Moraga

La revolución de octubre (Cap.X Ep.4º)

 

Domingo, 9 de septiembre. Covadonga  

Desde que se anunció la visita de José María Gil-Robles, los obreros de Asturias han hecho lo imposible por truncar su presencia a los pies de Covadonga; al extremo de declarar una huelga general. Los piquetes de las organizaciones de izquierda, socialistas y anarquistas apuntalan los paros en Oviedo, Gijón, las cuencas mineras de Mieres y Langreo, y en otras localidades diseminadas por la geografía astur. Hasta cien disparos recibió anoche el tren número 5 de la línea de Langreo al poco de partir de Carbayín. En la carretera de Ujo a Taruelo, varios grupos han agredido a tiros a los derechistas que se desplazaban a Covadonga en un camión. Tuvieron que correr despavoridos monte adentro.

Odian a Gil Robles y su impostada aceptación del régimen republicano. Detestan su caudillaje y pastoreo de las Juventudes de Acción Popular, embravecidas en los últimos actos propagandísticos; congregaciones donde se desata la parafernalia militar y se flirtea con el simbolismo fascista. Así fue hace cinco meses en el Escorial e igual pretenden emularlo hoy a los pies de la Santina.

Más de diez mil personas asisten a esta asamblea de Acción Popular. Otros muchos se han quedado en el intento. No han completado la odisea quienes viajaban en trenes saboteados, los ocupantes de las camionetas tiroteadas o los temerosos de las amenazas de los piquetes. Peregrinajes coartados que aquilatan la presencia de Gil Robles quien puede exprimir hasta la saciedad el tormento padecido por sus seguidores.

Los radicales gobiernan en Madrid desde noviembre sostenidos por el centenar de diputados de la CEDA. Transcurridos diez meses, nunca ha estado Gil-Robles tan cerca de dejarlos caer y dar gusto así a los incontables reclamos que le urgen -como fuerza mayoritaria de Las Cortes- un paso al frente para borrar con decisión las políticas del bienio azañista.  El abogado salmantino ha dejado hacer sin desgastar su propia figura, pero es difícil que pueda perpetuar tanta ambigüedad.  

José María Gil-Robles ha burlado a los huelguistas, accediendo al santuario por la carretera de Pontón en un automóvil con escobas enganchadas al parachoques  para ir barriendo a su paso las tachuelas que los obreros han desparramado por la calzada.

Albúm fotográfico de José Manuel Mendoza Ussía.
Albúm fotográfico de José Manuel Mendoza Ussía.

Tras escuchar una multitudinaria misa al aire libre, espera su turno en la tribuna de oradores. Atiende con semblante anuente la intervención de los cabecillas locales que aplican aceite a una masa que espera noticias. El líder de Acción Popular y ariete de la CEDA se dispone a retirar todo el crédito concedido al Partido Radical.

-Éramos demasiado pocos para gobernar solos, éramos demasiados para ser simplemente una fuerza de la oposición. Como católicos no podemos olvidar la persecución de que habían sido víctima los españoles. Como españoles teníamos que dolernos de la destrucción continua y sistemática de la patria y el grave peligro que teníamos era ese: el de llevar a la política ansias de venganza y destrucción.

Gil Robles habla del error de emplearse con tibieza ante el desafío separatista de la Generalidad catalana, de cómo ese pulso a Madrid ha permitido que el virus subversivo inocule Vasconia.

-Sí, compañeros, no contenta con mantener la rebeldía en su propio territorio, la utiliza también en otro, explotando el candor de aquellos que tienen los horizontes limitados por insignificantes aspiraciones autonomistas.

El líder de la CEDA, aupado por una legión que lleva meses exigiendo contundencia, demandando un paso al frente, está a punto de sacar la sierra y emplearse contra la pata que sustenta el exánime gobierno radical.

-Pero, para ensayos, ya basta. La experiencia se ha realizado íntegramente y consideramos concluida esta primera etapa de nuestra difícil tarea. No hemos puesto obstáculos; los hemos removido. No hemos derribado gobiernos; los hemos salvado en circunstancias difíciles. No hemos sido un elemento de perturbación sino un elemento constructivo en la política española. Pero ni aún con esa ayuda y esa buena voluntad ha sido posible que las cosas marchen por donde debían marchar. El camino se nos muestra ahora despejado. ¡Hasta aquí hemos llegado y de aquí no se puede pasar!

Los atronadores aplausos interfieren las últimas palabras del jefe cedista. La ovación es indescriptible, los vivas estruendosos.

Álbum fotográfico de José Manuel Mendoza Ussía.
Gil-Robles en Covadonga. Álbum fotográfico de José Manuel Mendoza Ussía.

 

Sábado, 29 de septiembre 

Asturias es un polvorín. En las cuencas mineras, en las montañas y en los valles se respira guerra. En las últimas semanas se ha estado introduciendo armamento para pertrechar una revolución alentada por el ala dura de la Casa del Pueblo. Indalencio Prieto ha atizado la indisciplina rindiendo la voluntad de figuras como Julián Besteiro, el más moderado del aparato socialista. En enero fue apartado de la presidencia de la UGT y sustituido por Largo Caballero. Nada ha querido saber Besteiro de las apelaciones a la vía revolucionaria que persigue reconquistar España desde la tierra de Don Pelayo.

En Daimiel no se pierde de vista cómo ebulle el norte. Es materia de primer orden entre los afiliados socialistas y se observa con cierta inquietud entre mano y mano de tute en los impares de la calle Fontecha donde tiene su flamante sede el Círculo de Obreros. En las tertulias del Casino, los referentes del orden imperante muestran desdén y repulsión; si bien les preocupa moderadamente lo que ocurre a seiscientos kilómetros y dos cordilleras por medio.  Aquí, de momento, tienen faena los propietarios para, aprovechando el parón agrario de la segunda mitad del verano, pensar cómo sacar más rendimiento a corto plazo del campo que pisan.

El concejal agrario José Mejía ha propuesto al ayuntamiento el saneamiento y desecación de los márgenes del Cigüela y el Guadiana en el término municipal de Daimiel.

-Es el momento de hacerlo junto a los villarrubieros. Igual que han propuesto ellos. Esto traería como consecuencia la inversión de gran número de braceros en los trabajos, toda vez que la mano de obra absorbería la mayor parte de los mismos. Además -continúa Mejía- sería sumamente rentable por el número de obreros agrícolas que podrían colocarse en esos terrenos desecados cuando se encuentren en condiciones para cultivo. Por otro lado, no desprecien la no menos importante desaparición o por lo menos disminución notable del paludismo que los encharcamientos actuales traen consigo y que hace de este término uno de los más azotados en la actualidad.

Fue el 28 de julio cuando, escuchada la propuesta, el ayuntamiento por unanimidad (incluidos los dos ediles socialistas presentes) declaró su anhelo de ver desecadas las tierras ahora cubiertas por agua; estudiar el medio de acometer el proyecto y, si hubiere lugar, que los terrenos acondicionados queden en posesión municipal o de los vecinos que puedan cultivarlos.

Esto no es novedad. Los proyectos para canalizar el Guadiana y desecar las tablas fluviales hunden sus raíces en siglo XVIII. Desde entonces esta demanda de carácter local ha ido ganando adeptos con el transcurso de las décadas hasta convertirse en una reivindicación tradicional de la población de Daimiel y Villarrubia de los Ojos. El argumento para afianzar tal empeño es colonizar nuevas tierras y de paso zanjar el paludismo. Salud y trabajo.

Entrado el siglo XX esta aspiración recobró fuerza. Atrás quedaron las promesas del Conde de Romanones a los villarrubieros de canalizar el Gigüela a cambio de sus votos. En Daimiel a iniciativa del entonces propietario de la Olivi,  August Issanjou, auspiciado por el Ayuntamiento, se declaró la zona insalubre. Sin embargo, el proyecto quedó igualmente en el aire. Solo por unos años ya que en la década de los 20, “el cacique de Daimiel”, el diputado cunero Arsenio Martínez Campos, Marqués de la Viesca, retomó el proyecto para contentar a la clase patronal que primero le miró con recelo y pronto vio en él una herramienta.

El marqués pasó a mejor vida con el nuevo régimen, ahora es otro quien tiene la responsabilidad de ejercer presión en Madrid. El hijo de don Lucrecio, Luis Ruiz-Valdepeñas, además de ser diputado adscrito al partido de Gil-Robles, es de Daimiel. A esto se añade la férrea vinculación de su familia con el sector vitivinícola. Ruiz-Valdepeñas tuvo su peso en la redacción del Estatuto del Vino aprobado en abril, incluso estableciendo posiciones comunes con sus contrarios socialistas en Las Cortes, caso de Antonio Cabrera, infausto enemigo del pueblo por motivos sobradamente conocidos. Sin embargo, en representación de esta tierra y en defensa del sector que más da de comer, se vieron obligados a entenderse.
Luis Ruiz-Valdepeñas recibió de la corporación todos los poderes para asistir al Congreso Municipalista celebrado en Gijón a finales de julio y tampoco faltó como observador y parte implicada en la Asamblea de Viticultores celebrada días después en Alcázar de San Juan. Allí se habló de la ley vitivinícola, de precios y de jornales. Solo un mes después cundió el nerviosismo propio de la antesala de cada vendimia: paralización del mercado de vinos, transacciones inferiores a 19 céntimos/grado y demasiadas existencias en las bodegas. Amenazan incluso con no sacar los capachos si no se facilitan préstamos a los agricultores. “Una catástrofe si la mayoría se ven obligados a no vendimiar” advierten en El Pueblo Manchego para que lo lea a quien le corresponda.

Con todo esto despacha el diputado daimieleño y, a la vez, da cuenta de la situación a su jefe. Gil-Robles está tomándole el pulso al pueblo esperando el momento definitivo. Luis Ruiz-Valdepeñas es uno de sus hombres de confianza. Estima y respeta su opinión, sea porque no hay muchos con el arrojo suficiente para ponerle la cara colorada si es menester.

El diputado y abogado del Estado ha cenado ligero. Ha acompañado un tinto sin etiquetar con un poco de queso fresco, antes de que Felipe le plantará un tortilla francesa de dos huevos y un par de tomates tardíos en rodajas, chorreados con aceite de oliva y salpicados con una pizca de sal. Si le hubieran puesto una rebanada de pan duro, también habría dado cuenta de ella. Come porque corresponde y es necesario, pero tiene la vista fija en los folios oficiales enroscados en la máquina de escribir, arrinconada por la bandeja de la cena en una esquina del escritorio. Mesa de madera noble, pulcra e incólume, donde también brilla el metal de un abrecartas réplica de una espada toledana y una estilográfica Parker de 1925, verde esmeralda. Ruiz-Valdepeñas retira unos centímetros la bandeja del centro del gabinete y requiere a su criado.

-¡Felipe! cuando puedas.

-Dígame, don Luis. ¿Ya ha terminado? ¿quiere algo más? ¿una manzana tal vez?

-No, no,  gracias Felipe. Puedes llevártelo y ve a descansar. Mañana marcho pronto a Madrid y hago al menos dos noches allí. Organízate como te plazca. Si hay algún cambio, te llamo por teléfono.

-Me retiro entonces señor, que descanse usted.

-Buenas noches Felipe, saluda a tu mujer y dale un beso a tus hijos.

El diputado, saca de un sobre deslacrado una carta que se dispone a releer. Toma anotaciones en un pedazo de papel sucio y,  ahora sí, cuadra la Remington burdeos en el centro del escritorio. Pese a encontrarse sentado en su despacho de la calle Vázquez de Ciudad Real, encabeza a la derecha del membrete: “Daimiel, 29 de septiembre de 1934″.

Sr. Don José María Gil-Robles. Madrid

Mi querido amigo y Jefe: Tengo el gusto de contestarle al cuestionario sobre la política del momento me ha remitido el secretario de la minoría:

A) Me parece que el momento político es de gran confusión, porque se desconocen los verdaderos propósitos de los partidos políticos. Así, creo que nadie pueda asegurar si en realidad los socialistas se proponen la revolución social, sino que las estridencias que sostienen pudieran ser únicamente para contener la deserción de sus masas, que alentadas y atraídas por corrientes más exaltadas, huyen hacia otras organizaciones ; tampoco estimo clara la finalidad de los radicales prestándose a colaborar con la CEDA, pues de ciertas manifestaciones del señor Lerroux se desprende que la referida colaboración es para hacer posible con las actuales Cortes, pero que en un más allá, que sería desde otras elecciones a diputados a Cortes, volvería a la más estrecha unión con los llamados Republicanos. Claro está que del Partido Radical solo desean cumplir alguna parte siquiera de sus programa -izquierdista, masónico, etc- determinados jefecillos, pues los afiliados de provincias e incluso de Madrid, son más conservadores de intereses y no poco de ideas que nosotros.

B) Estimo útil la transformación en colaboración personal de la asistencia parlamentaria hasta ahora prestada, por nuestra minoría a los gobiernos, porque el desaliento y la desilusión crecen en nuestras filas viendo que los radicales gobiernan compartiendo con nosotros el desprestigio y la responsabilidad pero no las ventajas del mando. Es necesario aprovechar la etapa conservadora, realzando alguna parte si quiera de nuestro programa, porque siendo probable que en lo sucesivo continúe la realidad política con oscilaciones a derecha e izquierda, habremos de llegar a la etapa izquierdista y sería un absurdo que frente a la labor destructora y sectaria del bienio y de la que en su día realicen las izquierda, no hagamos nada nosotros en nuestras etapas de mando o posibilidad de mandar. Las organizaciones provinciales desean que enseguida se restablezca el orden público, que cese el caciquismo de socialistas, republicanos izquierdistas, etc. donde todavía lo ejercen, que se combata eficazmente el paro forzoso, etc y entienden (habla en nombre de los agrarios de Ciudad Real) que solo gobiernos constituidos íntegra o principalmente por nosotros pueden llevar a efecto tales objetivos. En otro caso, cuando lleguemos a nuevas elecciones, llevaríamos al Parlamento muchos menos diputados porque se harían las elecciones sin ilusión y con retraimiento, vista la ineficacia del triunfo logrado en las del diez y nueve de noviembre último. Existe la confianza en que un gobierno presidido o inspirado por Usted, reprimiría eficazmente las huelgas generales, revueltas y demás actitudes rebeldes que los revolucionarios e izquierdista plantearían por entrar la CEDA en el Gobierno.

 

Así me complazco en informarle con toda lealtad

Suyo affo. buen amigo y correligionario s.s.

Firma: Luis Ruiz Valdepeñas.

lrv-g-robles

Archivo privado de la Familia Ruiz-Valdepeñas

 

Lunes 1 de octubre 

José María Gil-Robles no puede comedir la presión de sus adeptos, ni desatender recomendaciones de compañeros como Ruiz-Valdepeñas. Resuelve que la oportunidad es ahora, aunque sea por tratarse del menos malo de los remedios. Llegará un tiempo en el que vuelvan las izquierdas y entonces sí que las vías quedarán anuladas. Este primero de octubre se citan los parlamentarios en la sesión que inaugura el curso político a la vuelta de las vacaciones estivales.

El primer ministro, el radical Samper atisba su final pero recurre en el plenario a un discurso terciador y rebosante de buenas intenciones. Olvida por momentos que la República está maltrecha. Atacada por haber repartido decepciones a diestra y siniestra, a quienes esperaban más y a aquellos que jamás quisieron saber de ella. El jefe de Gobierno se desgarra en sus palabras, procura aferrarse al cargo, pero solo encuentra silencio.

Es inútil achicar agua, las derechas confederadas de la CEDA le retiran el apoyo. El presidente de la República, Alcalá Zamora, mira a Ortega y Gasset, pero el filósofo desestima la propuesta. En un hemiciclo tan fragmentado, no hay más salida que recurrir al hombre del centro. Por muy manida que esté su estampa, el oscilante Lerroux regresa a la Presidencia del Gobierno.

Esta vez la CEDA se desprende del rol fiscalizador. Ya no es el prestamista sino el deudor. Gil-Robles no puede esconderse e incluye a tres ministros en el Gobierno radical. Incluso la Izquierda Liberal, en palabras del propio Manuel Azaña, interpreta que se ha entregado el poder de la República a los enemigos de ella.

Medianoche del viernes 5 de octubre. Estalla la Revolución

En Daimiel, sin el poder municipal y sin la mayoría en las calles, no silba un solo tiro. Por si acaso, la noche del 22 de septiembre, por orden del Ministerio de Gobernación, el capitán de la Guardia Civil desplegó a sus hombres para proceder a un minucioso registro en la Casa del Pueblo.  Los socialistas se mostraron entre orgullosos por tanto respeto e indignados por el excesivo celo mostrado por las autoridades. Aun estando a bien con los guardias, a nadie le agrada que media docena de ellos se pasen cinco horas poniendo patas arriba su casa. Sí, el registro se prolongó durante ese tiempo y abarcó más que la sede de los marxistas. Varios líderes socialistas tuvieron que coserse los labios y apretar los puños para transigir con el cuadro de los guardias removiendo los cajones de sus dormitorios, los de sus hogares. No se halló irregularidad alguna.

La noche es tranquila aquí, pero se mueve inquieta ochenta kilómetros al suroeste.  El Comité Revolucionario de Puertollano ha elegido su campo de pruebas. Envían un telegrama a los compañeros de Abenójar comunicando que Asturias se ha levantado en armas.

Minutos después de la medianoche, los vigilantes municipales advierten un movimiento inusual en el pueblo. Varios significados socialistas están llamando a las puertas de sus correligionarios. El alcalde abenojense es informado y envía agentes a la Casa del Pueblo. La encuentran cerrada y en silencio.

No muy lejos de allí, las escopetas encañonan a los guardias civiles en el mismo cuartel. Les sacan y obligan a partir hacia un paraje conocido como ‘Los calerines de la mesa’ donde esperan dos centenares de individuos. Los asaltados no ofrecen resistencia, entregan sus armas. Entre los insurrectos se hallan un antiguo juez y el presidente de la casa del Pueblo, Marcelino Cuadrado.

A las dos de la madrugada, con la autoridad impedida, regresan a Abenójar. Abordan el cerco del pueblo desde distintas entradas y preparan el atrincheramiento cavando zanjas de un metro de anchura y dos de profundidad . Cortan el alumbrado eléctrico y se apoderan de la Central de Teléfonos. Encierran en la Casa del Pueblo al alguacil, tras resistirse a entregar su carabina y las llaves del ayuntamiento. En la fachada de la casa consistorial izan la bandera roja y en el salón de sesiones defenestran el retrato de Alcalá Zamora. En la calle montan guardia en todas las esquinas, mientras obligan a los patronos a rendir sus armas.

Gateando los tejados, saltando de corral en corral, un joven aspirante a ingresar en la Benemérita se cuela en el cuartel y provee de un par de pistolas a los agentes confinados en su interior. Pertrechados, los guardias se cargan de valor y rompen el encierro. La refriega es inevitable. Una bala rasga el sombrero del sargento, dos se alojan en las piernas del daimieleño Rufino García Rayo.

Martes 9 de octubre. Daimiel

Tercer día con España en Estado de Guerra. Solo cinco concejales han asistido esta mañana a la sesión ordinaria. Se han limitado a aprobar la  contribución Industrial y Comercio para el año 35, un 16 por ciento de recargo, como en el presente ejercicio.

Al caer la noche, la mitad de los guardias destacados en Daimiel salen del cuartel de la calle Canalejas. Al frente, el capitán José Rivadulla. En cinco minutos se han personado en la Casa del Pueblo con una orden gubernativa en la mano. Los socialistas no parecen sorprendidos. Lo esperaban desde hace horas. Sin incidentes, son detenidos sus dirigentes, entre ellos Andrés Carranza Oliva y Gómez del Moral.

Sábado 13 de octubre. Salón de plenos. 

Entre los siete ediles presentes, no están los socialistas. Ni hubieran podido de haber querido. La revolución penaliza al PSOE, reflejo de lo que está sucediendo allende el pueblo. Las agrupaciones locales han sido descabezadas allí y aquí. En Daimiel se encuentran en prisión todos los concejales. Ogallar, Gómez-Limón, Ángel Martínez, Carranza y Gómez del Moral estarán bajo control mientras el país no recobre la normalidad. No hay un catre libre en los calabazos. Los ediles están acompañados de los dirigentes sin cargo público, a saber, Basilio Molina, Claudio Campos, Jiménez de los Galanes (a) Gavillera y Aniceto Rubio, entre otros.

-Adelante, don Ramón, tiene usted la palabra -da su permiso el alcalde Eusebio Camino.

– Gracias. Paso a leer la siguiente propuesta -se ajusta las gafas el excoronel Briso de Montiano-. Solicito que, por el alcalde, se dirija un telegrama al presidente del Consejo de Ministros expresando la gratitud del pueblo por la firme conducta del Gobierno y su presidente en la conservación del orden público y en el mantenimiento de la integridad de la patria. Sendos telegramas también a los ministros de la Guerra y de Gobernación expresando la gratitud del pueblo a las fuerzas del ejército y a las de Orden Público por su heroico comportamiento y noble patriotismo en el desempeño de su última misión -concluye el exalcalde y concejal radical.

-Si me permite, yo añadiría algo más -interviene José Mejía-. En caso de que se viese una suscripción nacional en homenaje del ejército y fuerzas de orden público, que el ayuntamiento contribuya con la cantidad que se acuerde.

Se aprueba todo lo propuesto. La contribución será de quinientas pesetas con cargo a imprevistos.

Viernes, 26 de octubre. El entierro

Mañana se cumplirá una semana desde la capitulación de los revolucionarios. Cayó Oviedo y, a los tres días, España entera volvía a estar bajo control. Al guardia Rufino le amputaron una pierna el viernes. Entonces era uno de los muchos heridos; hoy es el único muerto que el alzamiento ha dejado en la provincia.

Una manifestación imponente cubre el centro de Ciudad Real. Autoridades eclesiásticas, civiles y militares, así como representantes de entidades oficiales y los diputados nacionales de las derechas encabezan la marcha de homenaje al guardia civil caído en Abenójar.

Luego de una hora silencios, aplausos y vivas a España, el alcalde de la capital se hace cargo del cadáver de Rufino para traerlo al pueblo. En la caravana que se dirige a Daimiel, tras el coche del finado, viajan varios jefes de la Benemérita, el comisario de Vigilancia, agentes de otros cuerpos de seguridad, así como familiares y familiares del desgraciado. El cortejo hace escala en Carrión. También en Torralba, donde rezan un responso. En la plazuela de la Purísima Concepción, los jóvenes cuelgan en el carruaje una corona de flores y laurel.

A pocas fechas de cumplirse un año del asesinato de Ruiz de la Hermosa, otro coche paseará el ritual y dolor de una muerte temprana ante él 13 de la calle Amargura. El comercio cierra sus puertas como aquella jornada de luto. Si antaño se contaron cinco mil vecinos, hoy superan los seis mil.

A las seis en punto todavía destellan reflejos de sol en la caoba del carruaje. Dos mozas intentan reenganchar una corona de flores en un hueco imposible. Por un segundo no les ha atropellado el sacristán que porta la cruz alzada, precediendo al clero en pleno. La banda municipal interpreta todo lo fúnebre de su repertorio, dando coartada musical a las conversaciones.

-¿Y ahora qué? ¿Qué podemos esperar de los tuyos?-pregunta el capitán de ingenieros Utrilla.

-Se irá viendo, pero qué te voy a contar que no sepas Nemesio -responde con una mueca de pesadumbre Luis Ruiz-Valdepeñas.

-¡Viva la Guardia Civil! ¡Viva el Ejército!

-¡Viva!

 

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