Foto de Emilio Aguirre Moraga

Descubriendo a José Antonio. La forja de falangistas (Cap.X Ep.5º)

Daimiel, 13 de noviembre de 1934

La revolución de octubre ha laminado la izquierda hasta en los burgos donde no irrigó el plasma subversivo. A imagen y semejanza del Consejo de Ministros, a la corporación municipal se le inyecta una dosis fecunda de radicales y cedistas de Acción Agraria Manchega. No todos son sangre nueva, reaparecen nombres de manifiesta estirpe monárquica y se mantiene al mando el lerrouxista Eusebio Camino, confirmado en la Alcaldía.

En la enésima reconstrucción del Ayuntamiento, acuerdan celebrar las sesiones ordinarias cada jueves a las once de la mañana. Es un horario compatible con las obligaciones laborales de estos ediles, ahora que no hay obreros de sol a sol a quienes conceder la palabra. Porque los socialistas, sin excepción, han acusado su militancia. Han sido destituidos Lorenzo Gómez-Limón, Manuel Infante, Joaquín Ogallar y Andrés Carranza. La misma vereda ha enfilado el azañista Antonio Almela. Tampoco figura en el gobierno local Pantaleón Pozuelo, aburrido de tanto anquilosamiento. Carne de diván.

Vuelve al salón plenario uno de los alcaldes accidentales de los últimos años, Juan Vicente López-Menchero. Afiliado al Partido Radical, llega acompañado de Severino Corral, José Pérez Pedrero, Antonio Simal, Joaquín Moreno-Chocano y Pedro Fisac.

El comerciante Antonio Simal Blanco abre cada día su establecimiento en la calle General Espartero esquina con Julián Romero. Ha heredado la tradición de Los Blancos, saga de teleros de origen castellano de a un patacón la vara. El patriarca, fallecido en 1919, llegó a Daimiel a finales del siglo pasado. Aquí, Tirso Simal Felipe casó con Claudia Blanco CID. Ambos linajes enraizados en el gremio de comerciantes. El uno de Valparaiso (Zamora), ella mitad cántabra y mitad zamorana, de Mombuey. Los Simales Blanco ha prorrogado el negocio. En este lugar de La Mancha, compitiendo con otros servidores de paño como Matías Álvarez, siendo éste más sastre que mayorista. Antonio Simal sí estuvo desde el principio con la República, aunque en los albores del régimen menos implicado que su hermano Tirso quien en agosto del 31 ya trabajaba en la junta directiva encargada de afiliar vecinos al Partido Radical.

(Archivo Teresa Simal)
(Archivo Teresa Simal)

Pero de Antonio Simal lo más envidiado es su casa familiar, la más bonita del pueblo. Diseñada por José López de Coca, aquí vivió el arquitecto antes de trasladar sus trastos a Madrid. La espléndida forja de sus balcones -obra de Ricardo Martín de Almagro- impera en una fachada de ladrillos rojos, señorial como pocas.  El interior siendo espacioso no es tan holgado como aventura el frontispicio. No obstante, luce finuras sin igual. Azulejos traídos de La Cartuja alicatan habitaciones que por sí solas merecen una distinción. Ventanas, puertas, artesonados de madera, salidos del taller de José Martín-Gil. La sillería de mimbre blanco orna el patio de luces, cubierto por una claraboya radiante en los días soleados. Simal no es el único de la renovada corporación que se esparce en la casa de Coca. Joaquín Moreno-Chocano Pinilla es radical como Simal y su yerno para más señas.

Casa de Coca
Casa de Coca

 

Y al frente de la agrupación local, Pedro Fisac Escobar, el primogénito de Jesús quien fuese alcalde durante nueve años y luego diputado provincial en la dictadura de Primo de Rivera. Pedro Fisac es el propietario del “coche de don Pedro”, un hispano-suiza que atesora portalón adentro del número 5 de la calle Mínimas. Casa notable heredada de la tía Bernarda y dividida en dos. Pedro entra por Mínimas y su hermano Jesús por la calle Arenas. 

La corporación remozada se completa con los representantes agrarios. Son Demetrio Garzás, Francisco García López y otro Joaquín Pinilla, no el hijo de don Federico, sino Sánchez por parte de madre.

Pedro Fisac y su esposa Consuelo (Arch. Filiberto Lozano Fisac)
Pedro Fisac y su esposa Consuelo (Arch. Filiberto Lozano Fisac)

Los nuevos ediles deben sus cargos al fracaso del levantamiento obrero en Asturias y, ahora como servidores públicos,  han venido a Santa María a  rezar por las víctimas de la aplacada insurrección. Y lo hacen saltándose la ley republicana que prohíbe expresamente la participación de los cargos públicos en actos religiosos. La misma transgresión de las normas del régimen que cuando aprueban subvenciones a las monjas calasancias y josefinas. Hoy destacan entre la plebe que, como tantas veces, abarrota la iglesia de los chuchos. Los concejales pertenecen al hemisferio distinguido del vecindario. Políticos, autoridades y el clero al completo oran “en sufragio de los heroicos defensores de la integridad de España y del orden social”. Presiden la eucaristía el capitán de la Guardia Civil, el alcalde Camino y el francés don Max . En la nave lateral izquierda han sentido misa unos desconocidos. Hieráticos enfundados en negro, aleccionados por los frailes Justiniano y Benito. Les delata sus hábitos y mocedades. Llegaron hace tres semanas de Corella. En la localidad navarra han cumplido un año de noviciado preparándose para el ejercicio pastoral. Desde su entrada en Daimiel han permanecido casi enclaustrados en el Convento de El Cristo a fin de arrancar con fuerza los estudios. Eufrasio, Melitón, Maurilio o José Estalayo cambiaron a sus familias por Dios; ahora se deben a la comunidad pasionista.

Terminada la misa, los seglares salen al Parterre. Caminan en procesión espontánea por la calle Comercio dirección a La Plaza. La botica de Joaquín Fisac está cerrada en señal de respeto y así todas las tiendas, industrias y locales públicos. Al frente de la marcha, el jefe de la Benemérita. A su paso el diputado a Cortes, Luis Ruiz-Valdepeñas.

-Al menos algo tendréis que celebrar -comenta Ruiz-Valdepeñas al capitán Rivadulla.

-¿A qué se refiere diputado? -intenta caer en la cuenta y cae- ¡Ah sí! Por supuesto, no es cosa menor.

-Un poco más alejado del centro pero la parcela es bien hermosa -afirma el abogado-

-Perdemos la salida a Ciudad Real, pero ganamos la de Valdepeñas. En cualquier caso, donde estamos es imposible. Solo con mandarnos dos parejas de refuerzo ya no hay donde meterlos. De todas formas no es oficial, tiene que estudiarlo la comisión y aprobarlo el pleno.

-Cuestión de semanas, ya le digo yo que va para delante. Y más después de esto. A la Guardia Civil hay que tratarla como corresponde.

Francisco García Pinilla ha puesto a disposición de la Benemérita un grupo de edificios de una y dos plantas en la calle Primavera, constituyendo un único inmueble superior a 5.000 metros cuadrados. La casa la adquirió por adjudicación en auto del 28 de marzo del Juzgado de Daimiel contra Ramón Clemente Rubisco. Tiene como carga 8.000 pesetas con el Banco Hipotecario. El autorizante cedería al ayuntamiento el grupo de edificaciones por 24.000 pesetas quedando subsistente la hipoteca. La Guardia Civil tendrá dónde levantar el nuevo cuartel

Han llegado conversando a los soportales de la Plaza de la República. Ruiz-Valdepeñas es invitado por el alcalde a adentrarse en la casa consistorial. Suben a la planta principal. El gentío se arremolina en el entorno del quiosco de la música. El egregio político se asoma al balcón. Les habla.

– Gracias a todos, gracias al pueblo entero. Daimiel ha cumplido con su deber rindiendo tributo a quienes salvaron a España y a la República de la catástrofe que se hubiere consumado sin la heroica actuación de la fuerza pública. Con esto no pagamos sino una mínima parte de sus merecimientos. Que Daimiel se acuerde de las viudas y huérfanos de los sediciosos condenados a muerte. Esos -dramatiza Ruiz-Valdepeñas-  que, olvidando su condición de hombres,  dieron el triste y bochornoso espectáculo que seguramente no surgirá en los pueblos alejados de la moderna civilización, ¡Viva España!, ¡Viva el Ejército! ¡Viva la Guardia Civil!¡viva Daimiel!

Entrado diciembre  

En el pueblo hay para todo. Siempre lo ha habido. Para lo santo y para lo impío. Bodas, bautizos, comuniones, fiestas de guardar, las de a diario y las concurridas misas funerales. Exequias con cuerpo presente, las que cumplen al mes del deceso, la misa que le dicen al muerto al año y, si el difunto expiró y fue enterrado fuera, la misa que la familia paga a la parroquia en cualquier hueco. Novenas de la virgen en mayo, en la Purísima, en honor a la Patrona y para honra y prez de los patrones gremiales. Eucaristías antes o después de la docena de procesiones sin contar la Semana Santa. Misas en La Paz, Las Mínimas, el Cristo, San Isidro, San Roque, El Carmen y en sendas iglesias parroquiales. Son misas con demanda, muy a pesar de quienes se mofan de las niñas que -preparando el alma para recibir pronto el Cuerpo de Cristo-  caminan con las palmas de la mano juntas en señal de oración: “Niña, que eso ya no se lleva”. Eso será en Madrid.

El cumplir piadoso ocupa parte del ocio del rico y es lo único que lo iguala al pobre. Ya están preparando la próxima Semana Santa. Los Moraos han encargado una carroza de caoba y bronce a una casa valenciana; al tiempo que un taller francés tejerá una túnica de terciopelo para que después las Carmelitas la festoneen y borden en hilo de oro.

En el dominio de lo santo, no olvidar la caridad. Las monjas calasancias de las Pastoras recuerdan al ayuntamiento que están pagando de su bolsillo las comidas, educación e instrucción de niñas pobres, las noventa alumnas gratuitas. Si fuera posible, les subvencionen las mil pesetas que venían recibiendo antes del 31. Mal negocio La República y mal momento para pedir. El pasado día 6, dieciséis concejales (cifra inaudita en años) aprobaron el presupuesto para 1935. Creen que tendrán con 551.148 pesetas, el más bajo desde el 32; un 12 por ciento menos que en el presente ejercicio.

Y ahora hablamos de lo impío que, dicho sea de paso, a las arcas municipales le deja más. Bares se siguen abriendo, las tabernas del chato de vino y adonde se va después de apretarse una de tinto y te plantan dos besos sin mirar el color del carné.  Hay un local de esa categoría que tiene solera y fama. Tanta clientela que viene corto para todo un Daimiel.  A la señorita Ana Gloria le ha salido competencia. La regenta del prostíbulo de la calle El Pez  tiene desde este diciembre un compañero de lenocinio. Don Eulalio Blanco ha obtenido permiso para abrir un “café servido por señoritas”. Definición decorosa para fedatear en el diario de sesiones y tampoco se engaña a nadie. De sobra se sabe que se han comido una palabra: “señoritas putas”.  Es en el número 33 de la calle Vergara. Conviene no hacer ruido al llamar y mucho menos no equivocarse de aldaba porque a los vecinos y serenos los carga el diablo. Al exalcalde suicida José Pintado, una noche le cantaron: “¡Ave María Purísima! ¡Las dos y sereno! Buenas noches don Pepe”. Hasta Félix el Tonto hubiera concluido que a esas horas Pintado andaba poniendo cuernos.

Regresando a los funerales, a los de índole aniversario, hace unas semanas se celebró el del asesinato de Ruiz de la Hermosa. En este tiempo ha sido la Falange quien ha esgrimido su martirio para la causa joseantoniana. Se da por sentado que el hijo de Pablillo, cuatro días antes de perecer, se había convertido al embrión de la FE de las JONS en la proverbial cita del Teatro de la Comedia.  El 2 de noviembre se dieron sendas misas en la capilla del cementerio y en Santa María. En una tercera, la de San Pedro,  la familia del malogrado funcionario de Hacienda estuvo arropada por centenares de personas. La Falange había previsto un homenaje al caído a cielo abierto. Eusebio Camino negó el permiso. Problemas los justos, pensaría.  Cierta decepción acarreó no contar en la efeméride con José Antonio Primo de Rivera. A fe que respiró aliviado el alcalde, estando tan reciente el desenlace de la revolución de octubre y los socialistas con las heridas en carne viva.

En cualquier caso, esa espinita se la pueden sacar un mes después. Anoche Vicente Galiana recibió una llamada.

-Vicente, buenas noches camarada. Soy José Antonio Primo de Rivera ¿cómo está?

-Buenas noches, señor. Muy bien, dentro de lo que cabe. Ya sabe…

-Escuche, escuche -le interrumpe-. Mañana tendremos tiempo.

-¿Cómo mañana?

-Sí. Partiré de Madrid a las siete. Voy sin prisa. No pierda usted la cabeza organizando. Me hago cargo de la premura. Siento que sea tan precipitado pero es el primer hueco que he encontrado. Además, tenemos que organizar lo de Ciudad Real. No hay tiempo que perder.

-Le esperamos a la entrada del pueblo. Nuestra gente estará encantada. Hasta Mañana.

-Será un placer Vicente. Hasta mañana,

Vicente Galiana cuelga el auricular. Le pesa un quintal. Permanece unos segundos vacilante. Mira el reloj. Las siete de la tarde. Sale de casa a la carrera y en veinte zancadas está en el 13 de Canalejas. Intenta reprimir la zozobra mientras toca enérgicamente la puerta con los nudillos. Dos tandas de cuatro golpes. Los Ruiz de la Hermosa sabrán que se trata de alguien de confianza. Abre el padre.

-Buenas noches, Pablo. Creo que le gustaría saber que mañana viene José Antonio. Acaba de telefonearme. Llegará a eso de las diez. Poco más le puedo avanzar

-Ah perfecto. Muchas gracias, Vicente. Estaré atento.

Al tejero no le pilla por sorpresa. Hace unos días estuvo en comunicación con el líder falangista. Había decidido aceptar la representación de la familia en el juicio por el asesinato del hijo. Entonces le avisó de una próxima visita a Daimiel, al tiempo que se disculpó por no haber asistido a la misa de aniversario. A Pablillo no le hace especial ilusión lo de mañana. Todo es recordar. Todo es dolor. Además, no alberga particular simpatía por el movimiento falangista. Esa marca política siempre estará unida a su propio destino trágico.

José Antonio en Daimiel

En el asiento del copiloto, Sarrión; detrás Goya y Palau; al volante José Antonio. El coche que les ha adentrado  y guiado por el pueblo se detiene en General Espartero, tres puertas  más adelante de la casa de Joaquín Pinilla Chacón. El vehículo negro de los invitados estaciona detrás. El líder de la FE de las JONS se apea con el abrigo en el brazo. Del bolsillo interior de la prenda saca el reloj. Son las diez menos cinco.

-Por aquí señores -indica a los visitantes el anfitrión Galiana. Entran en el local.

-¿Quiénes sois? -pregunta José Antonio a un grupo de muchachos formados en dos escuadras. No llegan a los dieciséis años.

-Estos son nuestros balillas, estudiantes todos -resuelve uno de los veteranos. Primo de Rivera esboza media sonrisa complaciente.

-Pronto tendréis vuestra organización. Entrad. Hay trabajo -medio centenar de camisas azules se cuadran en el interior.

-Fijaos qué caras -comenta el hijo del último dictador, cuando Vicente Galiana le va presentando uno a uno a los servidores. A todos les estrecha la mano. Más efusivo se muestra con los mozalbetes. No escatima palabras de aliento.

-En la Falange no se usan camisas de seda -regaña al joven Agapito.

-Es un regalo de la novia -se excusa ruborizado el balilla.

-En vez de seda, bien pudo haberte regalado dos de percal -al parecer el reproche iba en serio-. ¡Rompan filas!

José Antonio inspecciona un local sediento de manos de pintura y sobrado de polvo y telarañas. Ni una mísera estantería, media docena de sillas a cual más coja y las tapicerías raídas. Al arrimarse a una de las dos ventanas se percata de la presencia de varios policías cercando el edificio.

-Ya veo que no tenéis para muebles, en cambio sí poseéis algo mucho más importante. Sois temidos. Este es nuestro ambiente, así da gusto trabajar. El yugo y las flechas son la diana para que las pistolas enemigas apunten bien sobre nuestro corazón. ¡Muchachos! Ante todo no perdáis este estilo.

De regreso a la calle, seguro de resistir y dar ejemplo en mangas de camisa, abre la puerta del coche para dejar el abrigo en el asiento. Lo cambia por un chaquetón para el rato que estén parados en el cementerio.

-Si desea, puede meter el coche en mi casa. Estará más resguardado. Este frío no es bueno -le ofrece José, el pequeño de los Galiana, sin atreverse a expresarle su verdadero temor, que le rompan las lunas u otra cosa peor.

-Es igual, mi coche conoce ya todo. No falta más que le peguen fuego y que sea en Daimiel.

Desde la puerta del local a la salida del pueblo son doscientos pasos. Un minuto a ritmo ligero y entonando el himno que les une.

Juventudes de vida española
y de muerte española también,
ha llegado otra vez la fortuna
de arriesgarse a luchar y vencer.

Sobre el mundo cobarde y avaro,
sin justicia, belleza, ni Dios,
impongamos nosotros la garra
del imperio solar español.

No más reyes de extirpe extranjera,
ni más hombres sin pan que comer;
el trabajo será para todos
un derecho más bien que un deber.

Nuestra sangre es eterna y antigua
como el sol, el amor y la mar;
por las glorias de siglos de España,
no parar hasta reconquistar.

La Nación nos ordena y marchamos
con la alegre virtud del partir;
que el pasado se impone a la ruta
que pretende tener porvenir.

El pasado no es paso ni es traba,
sino afán de emular lo mejor;
viviremos la gesta del héroe
con orgullo, soberbia y valor.

Adelante muchachos, reunidos,
tras la furia y la lanza del Cid,
triunfaremos por nuestra grandeza;
que la raza prosigue sin fin.

La emoción embarga a la camada de falangistas y solapa esta gélida mañana que les tiene los pies a punto de congelación. En el camposanto, José Antonio no puede camuflar su pasmo al  descubrir decenas de agradables  desconocidos atestando el distribuidor central del patio de San Juan. Brazo derecho en alto,  han formado un palio de saludos fascistas bajo el que discurre el invitado. Apenas se escucha el taconeo pletórico de la vanguardia rumbo a la sepultura del mártir, en medio de un bosque de zamarras azuladas. Corta el frío un sol mentiroso y hiela el silencio. José Antonio se abrocha el chaquetón hasta el bajo pecho y adoctrina junto al mármol escarchado.

-Algún día, cuando España vuelva a ser España, vendremos todos ante esta tumba, no a hablar ni a llorar sino con silencio, a escuchar lo que este camarada nos dice con su ejemplo. José Ruiz de la Hermosa dejó padres, dejó amigos, dejó quizás efectos, pero José Ruiz de la Hermosa lo más valioso que ha dejado es el símbolo, el de la España que anhelamos y estos símbolos perduran. Que de esta tierra hecha fecunda con la sangre del primer caído de la Falange, salgan los mejores combatientes para nuestra milicia. Y que de ella se extienda a toda la tierra de España la gloria del camarada que más allá de la muerte mantiene encendida la luz, llamada a iluminar tanta resurrección. José Ruiz de la Hermosa, ¡Presente! Camaradas de Daimiel ¡Arriba España!.

Más ruido hacen los cipreses agitados por la inclemente brisa. Hasta se distingue el plegado de velas en las napias acatarradas que revelan congoja. Remisos a atribularse, muerden sus labios para contener las lágrimas quienes fueron amigos del Estudiante. Así superan el minuto de silencio.

En el cementerio. (Memorias de un falangista. José Galiana)
En el cementerio. (Memorias de un falangista. José Galiana)

 

-Un momento, por favor -indica Vicente Galiana.

En el retorno a Daimiel la comitiva procede a una obligada parada. Hacen un alto en la tejera de Pablillo. El padre ausente del homenaje; remiso a participar en actos que le recuerden el abrazo roto del hijo perdido.

Mientras saluda en privado a Pablillo, crece el grupo afuera del cercado. Han llegado de Madrid Manuel Mateo, jefe nacional de la CONS, el sindicato falangista. También se suman el comandante Rivera y compañeros de Puertollano, Ciudad Real, Campo de Criptana, Almagro y Villarrubia de los Ojos. Para cuando José Antonio se despide del padre de Ruiz de la Hermosa, los congregados en la calle han acordado formularle una petición.

-José Antonio, ya están aquí los camaradas de las agrupaciones de la provincia. Insisten en lo conveniente de escuchar tus palabras en público. Podríamos reunirnos en el Teatro Ayala -propone Galiana.

-¿De qué depende? -pregunta Primo de Rivera.

-Habría que solicitar permiso al Ayuntamiento. Al ser en un espacio cerrado, no creo que pongan impedimento.

José Antonio requiere la presencia de Goya y Sarrión.

-Que no se vean mezclados en esto los del pueblo. Marchad vosotros a hablar con el alcalde. Le presentas mis respetos y te disculpas por lo atropellado de la petición, pero en media hora necesitamos que nos abran las puertas del Teatro.

Diez minutos más tarde. Dependencias del alcalde

-No insistan. Tienen que comprender que no es el momento, ni el lugar. Ustedes se van y yo me quedo con el follón -se enroca Eusebio Camino.

-No nos confunda. Nosotros somo gente de orden. Nada ha de temer.

-Y me alegro de que así sea, pero eso no me garantiza la ausencia de altercados. Eso se lo digo por las buenas. Con la ley en la mano, en este pueblo los únicos autorizados para celebrar mítines son las derechas triunfantes.

-Yo no reconozco más autoridad en España que la de José Antonio Primo de Rivera -espeta Sarrión antes de desencadenarse un intercambio de gruesas y violentas palabras que terminan con un guardia enseñando la salida a los falangistas.

-No importa, hoy tenemos mucho que trabajar en organizar la provincia, ya vendremos a demostrar a este alcalde lo que puede la Falange -sentencia José Antonio tras ser informado de las gestiones con el alcalde.

Las paredes enlutadas del modesto local se tragan toda la luz del mediodía. Con toda la maña de que son capaces, han ido escribiendo estos meses blanco sobre negro los nombres de los caídos. En una mesa parca y desvencijada, se extiende un plano de la Ciudad Real. Es el momento de organizar.

-De éste local tan lóbrego que se asemeja a las Catacumbas ha de salir la luz que ilumine la provincia -sentencia José Antonio. Tras un informe somero sobre el número de hombres e implantación en cada núcleo, Vicente Galiana argumenta la conveniencia de que la Jefatura provincial radique en Ciudad Real. Acto seguido, propone a uno para que se encargue provisionalmente de esa futura sede. El elegido agradece la designación.

-Yo, por mi profesión y posición social, daré un gran impulso al partido, más de ninguna manera consentiría ser sustituido aunque surgiera otro camarada mejor. Porque es vital…

-¡Basta ya! No puedo escucharle más, ni como jefe ni como falangista vale usted. A ver, el más joven, el más inepto de todos antes que este señor. Perdone, pero usted viene confundido a la Falange, ninguno de los que trabajamos por España pensamos en pasar factura jamás. Es hora de comer.

A tres minutos andando se levanta el Hotel García. Apuran los cigarros, la mesa está servida. Cuando van colmando el buche se animan a hablar de todo, hasta de cosas buenas. Aunque más manso, José Antonio no afloja.  Sin medir tanto las palabras, apacible y ponderado, muestra sus preocupaciones a los cabecillas. Se interesa por los problemas locales. Denota especial interés por las angustias que aquejan al campo. A los postres, las conversaciones se hacen una y solemne. Uno, dos y hasta tres camaradas toman la palabra. Primo de Rivera examina las candidaturas.

-De los tres que han hablado, ninguno me place como orador y sólo uno ha actuado como verdadero falangista-

El liderazgo provincial sigue vacante. Hacen una foto en grupo y antes de regresar por tercera vez al local alguien le avisa.

-Vámos a pasarnos donde Teléfonos que hay varias chicas que quieren saludarte.

– No he venido a exhibirme sino a trabajar -vuelve el tono seco del jefe de Falange. Estando presente José Antonio, la copa de coñac y el puro no traspasan la puerta del salón del hotel. En la calle, ante la gente que les observa solo hay ejemplos, ninguna fruslería.

-José Antonio, son de las nuestras. Las telefonistas del pueblo. La señorita Rita de Román fue la primera en ponerse la camisa.

-En el local las esperamos. Que vean que no paramos de trabajar

A Rita, le acompaña su hermana Agustina. Monárquica y dirigente de Acción Católica, la mayor de las telefonistas acude cortésmente al encuentro del líder falangista.

-José Antonio, estás son las chicas que nos ayudan.

Junto a las mencionadas se encuentra Emilia Fernández-Bermejo la novia del difunto Ruiz de la Hermosa. Primo de Rivera le presenta sus respetos. María Josefa Martín de la Sierra es la última en llegar.

Conocida como La Pepa, fue una de las primeras jonsistas de Daimiel y, junto a Vicente Galiana, pieza necesaria para la difusión del movimiento en la localidad. Tiene 35, es bordadora de profesión y esposa del tonelero Ángel Jiménez, natural de Valdepeñas. No deja que se escape un cliente sin enseñarle el anzuelo. Primero lo estudia y, si da el perfil, lo embelesa. Con una mano borda un mantón, con la otra anota nombres y apellidos. Perdió el miedo el día en que la muerte se llevó a su madre cuando solo tenía 9 años. Su padre le sobrevivió algunos más, pero no es lo mismo. A Remedios Martín de La Sierra, sacristán de la Paz, le pesó la viudedad y el abuelo Manolo ya no estaba para sacar las castañas. Eran otros tiempos de opulencia, aquellos en que el abuelo Manuel Martín de la Sierra poseía media manzana de finca urbana en pleno Parterre. Una entrada en la esquina de Gregorio Molinero y Obispo Quesada y la otra en la Plaza de Lepanto, donde la Tahona de Hijos de Juan y Ayala.

La Pepa. (Jiménez Martín de la Sierra)
La Pepa. (Arch. Ángela Jiménez Martín de la Sierra)

 

Han tocado las seis de la tarde en el reloj del ayuntamiento. Se pierde a lo lejos el coche de José Antonio. Hará escala en Villarrubia para dejar a los camaradas llegados de la Sierra. Volverá en unos meses. Vicente Galiana queda al mando.

 

 

 

 

 

 

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