Foto de Emilio Aguirre Moraga

Pantaleón Pozuelo (Cap.II Ep.1º)

Pantaleón

(episodio anterior)

Pantaleón es demasiado joven para ser un viejo, pero pocos hay en el pueblo con veintisiete años y tantos tiros pegados. No alcanzaba el metro y ya intercambiaba descalabraduras con los chicos del barrio y, de mancebo, entre libro y libro ahorraba tiempo para apañarle alguna barrabasada a sus vecinos de La Paz. Gastaba ingenio para la guasa. Solía el estudiante de derecho, estrenado el verano, dejarse caer por la taberna de la calle Castillejos donde era bien recibido por sus amigos de siempre. Nunca les ahorró un tema de conversación como jamás renunciaba a un trago cuando algún dichoso celebraba su ascenso de morillero a gañán. Después de narrar cómo está Madrid, qué se dice, qué se viste y qué se canta, los más curtidos cortaban su locuacidad largándole un: “Licenciado, está usted multado y condenado a pagar unos chatos de vino”.
Pantaleón nunca cambió; ni siquiera aquel junio del 26 cuando tornó de Madrid con el título por montera, cosido en la toga Señor Pozuelo García-Muñoz. Así llegó a la casa familiar dejó los trastos en el vestíbulo, cruzó el umbral del portalón y a plena solana se puso a repartir tarjetas de visita para quienes sabían leer y para los que no, que eran mayoría:

- Camaradas, si os atrevéis a litigar con el amo ya tengo los papeles.
– Nos tendrás que hacer una iguala – le decía aquel que lo tomaba más en serio.

El caso es que a Pantaleón Pozuelo se le ha acabado conociendo como el abogado de los pobres. Se ha convertido en un sabio del vulgo porque de chico se empeñó en llevar la contraria a las buenas costumbres. Ha aprendido de la vida juntando sudores con los hijos de los obreros y ahora se maneja como nadie entre las dos aguas. Pantaleón se maceró con la otra mitad, la de los desheredados, y saca de la paleta de la experiencia un gris genuino con el que perfilar su visión del mundo, valiente mezcla en un tiempo de blancos y negros y una raya en medio. Es cierto que no ha renunciado a su estatus, no está tan loco y aunque hubiese querido hacerse rojo no le habrían dejado. Esa posibilidad no existe en España y menos en esta rancia Mancha de tanto tienes, tanto vales. Para cambiarse de clase hay que embarcarse en La Coruña y emprender las américas. Al otro lado del charco sí puedes borrar y cuenta nueva, pero en esta tierra de conejos es imposible ascender como bajar de escala social porque no asoman descansillos, demasiado pesaroso. Si te toca nacer en casa de gente bien, ese disgusto que te ahorras, podrás comer sin atender a gastos y trabajar lo justo gracias a Dios. A la familia de Pantaleón, desde luego, nunca le ha faltado.

Con todo, la humildad de corazón no siempre basta para doblar la cerviz por el andrajoso y tratarle como un igual, hay que contar con un punto de excentricidad a ojos del vecino. Se dice de Pantaleón que tiene algo en la cabeza. Más fuera exceso de conocimiento y fobia a la estulticia lo que a veces le pone de los nervios. Por si hubiere cura para eso, una vez el boticario don Joaquín Fisac le dio Cerebrino Mandri, unos polvos sin igual. No hay otros tan malos. Incluso se acercó a la consulta de la Paca.

- Pantaleón, unos ojos te han hecho mal, tres te habrán de sanar. Padre. Hijo y Espíritu Santo. La Santísima Trinidad. Si es en la cabeza, Santa Elena, si es en el cuerpo el Santísimo Sacramento, si es en los pies, los ángeles treinta y tres. Como estas palabras son tuyas y verdaderas, Dios te quite todo el mal que tuvieras.

Así hasta tres veces le soltó la curandera haciendo hincapié en Santa Elena. Por respeto le dejó acabar la jaculatoria pero al final le soltó.

- Señora, yo creo que mis jaquecas ya están tratadas por ese lado. ¡Qué no habré rezado yo teniendo a Jesús de Nazareno enfrente de casa, de cuerpo presente!

Razón no le faltaba. No hay balcones más codiciados que los de su fachada un Viernes Santo al amanecer. Pantaleón no es practicante de a diario, no tiene tiempo, pero la fe no le abandona y, por supuesto, se le eriza el vello con los acordes del ‘Niño Perdido’ al sentirlo desde las alturas del número 9 de la Plaza de la Paz. Allí vive felizmente con sus padres, su hermano José, su esposa Dolores y su hija Aurora de quince meses. Cuentan que ha logrado persuadir a su mujer para dormir en el suelo, “como los pobres”, dicen que dice.

En fin, que el señor Pozuelo García-Muñoz, en este abril de 1931, es poco menos que una granada con la anilla a medio sacar. Los señores propietarios le observan como una fuerza motriz incontenible capaz de poner el pueblo patas arriba. Es el miedo a que despliegue su compacta formación de jurista a disposición de quienes salen a tres pesetas las doce horas de faena; que les haga protestar a quienes callan por cristiana costumbre. Como su padre -potentado agricultor- había accedido a pagarle los estudios de abogado, sin cumplir los veintitrés se sabía lo del pueblo, lo de Madrid y lo que venía en los libros. Lo del pueblo le iba a servir para meter el dedo en la llaga a los poderosos, lo de la capital para empaparse del bullir republicano en los estertores de Primo de Rivera y lo de los libros para convertirse en un implacable letrado.

Sí, Pantaleón es un republicano de convicción y formación, la adquirida afinando oídos durante sus frecuentes visitas al Ateneo de la capital. Su apariencia menuda y de belleza algo distraída la compensa con varias arrobas de energía y determinación. Entusiasta y persuasivo, no desenvainaría él la espada para lacerar a Alfonso XIII, pero si se lo hubieran pedido habría colaborado con un puñado de reales para poner al borbón rumbo a Marsella. Pantaleón es militante de la Derecha Liberal Republicana, el partido fundado un año antes (1930) por Niceto Alcalá Zamora siendo otro de los líderes Miguel Maura por quien siente más querencia. Milita por tanto en el partido elegido el día señalado.

iglesia paz
La Iglesia de la Paz desde el balcón de Pantaleón

No es el único en Daimiel que apuesta fervientemente por el fin de la Monarquía, dentro de un orden. Quedan atrás muchas sobremesas compartidas con su correligionario Luis Díaz Susmozas. También piensan en moderno, a la europea, otros como Adrián Lozano Sevillano, Miguel Moreno Susmozas o los hermanos García-Muñoz, Ernesto y Ramón a quien en política le llaman Yepes por el apellido materno. Afuera aparte hormiguean los socialistas ante la cercanía de, por primera vez, tener voz y voto.
Cuando llegan noticias de la capital sobre el advenimiento de la España sin Rey y Alcalá Zamora como presidente del Comité Republicano encargado de la transición, todos miran a Pantaleón, hete aquí el presidente del Comité Republicano de Daimiel.

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Episodio 2. Elecciones municipales de abril

 

 

 

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