Elecciones municipales de abril (Cap.II Ep.2º)

(episodio anterior)

El domingo 12 de abril España se ha levantado para celebrar elecciones. Ciudades y pueblos. Todos están convocados para designar a sus regidores. Pero dirimir la gobernanza municipal es una corteza fina tras la cual mana lo sustancial: o votas por la coalición de partidos republicanos o te significas con los aliados de la monarquía. Son municipales porque así toca, pero en verdad lo que está en juego es el régimen.

Sólo tienen derecho a depositar sus papeletas los hombres mayores de veinticinco años, quedando excluidos los militares en activo. Eso para votar. Para vestirse de alcalde obligan a ceñirse el cinto por el último ojal. Apenas pueden concurrir a tan reputado cargo quienes acreditan al menos cuatro años de residencia en el municipio, haber satisfecho la contribución y un título oficial que refleje la capacidad profesional y académica, lo que deja al noventa por ciento del pueblo fuera de concurso.

Tan exigentes condiciones para acceder a la poltrona emanan de la Ley Electoral de 1907 que a su vez remite a Ley Municipal de 1877. Pero aquí no se acaban las cancelas. En esta misma legislación se guarece otro anacrónico enemigo de la democracia representativa. Se trata del artículo 29 que en lugares como Daimiel hace aún más inasequible la llegada al Ayuntamiento de una corporación de atinado reflejo de sus vecinos.

El artículo 29 de la conocida como Ley Maura reza así: «Cuando el número de candidatos sea igual al de escaños a cubrir, no será necesario celebrar las votaciones». Lo que en un principio se ideó como un medio para agilizar los trámites de los procesos electorales terminó por empuñarse cual arma de caciques. Al aproximarse la fecha de renovar los concejales de los ayuntamientos, el Gobierno convoca los comicios y se presenta la candidatura «oficial» constituida sólo por miembros de los partidos monárquicos, generalmente pertenecientes a la burguesía del pueblo y medianos propietarios.

La capacidad de respuesta de los aspirantes a desalojar a los perpetuos es nula. A esto se añade la desestructuración de las formaciones izquierdistas en la España rural. Desde luego, la sorpresa hubiese sido el afloramiento de una candidatura contendiente. El marqués de la Viesca, Arsenio Martínez Campos, no había perdido su condición de cacique de Daimiel, ejercida durante la dictadura de Primo de Rivera. Meses atrás (diciembre de 1930), con la incertidumbre planeando esta dictablanda de Belenguer y ante el bullir republicano en toda España, el ministro de Gobernación pide al marqués que informe de los movimientos políticos en la localidad. El conocido como ‘Dueño de Daimiel’ reporta el 30 de diciembre que no se ha montado candidatura republicana alguna para las elecciones de abril. El telegrama indica que todo está en orden. Nadie estaba en disposición de organizar una candidatura republicana para las municipales que fuese alternativa al abrumador dominio del dinástico Partido Conservador. Ni siquiera Pantaleón Pozuelo. Sin rivales pues, ni en el republicanismo moderado ni en el PSOE, que había perdido fuelle asfixiado por siete años de clandestinidad con Primo al mando del Estado. La oposición a los caciques no llegó a tiempo a las urnas, apocada por una estructura de poder que cerró filas en torno a los de siempre.

Este 5 de abril, domingo de Resurrección para más inri, se presenta una lista de candidatos que coincide nombre por nombre con quienes han venido siendo alcalde y concejales. Veintidós, los mismos. Todos monárquicos a excepción del maquillaje que proporciona la presencia del reformista Reneses (mano derecha del marqués) . El paripé se registra a las 14 horas cuando el ayuntamiento queda constituido automáticamente con Joaquín Pinilla Chacón como regidor. Como queriendo justificar la perpetuidad en tiempos de cambio hacen gala de su carácter “completamente apolítico en todo lo que afecta a la vida local” como se lee en El Pueblo Manchego.

Ya no importa que el jueves 9 se vaya a celebrar en el Ayala un mitin republicano socialista como tampoco importa que al final se suspenda porque carece de sentido un acto de esa envergadura aquí donde no habrá votaciones. Daimiel pierde la ocasión de escuchar las pláticas de Ortega y Gasset o Fernando de los Ríos, ilustres de un cartel frustrado cuyos subalternos eran el provincial Morayta y el local Pantaléón.

De Los Ríos. Fundación Pablo Iglesias
De Los Ríos. Fundación Pablo Iglesias

El 12 de abril es la única población de la región de más de 10.000 habitantes donde transcurre un domingo cualquiera. Por mor del artículo 29 las fuerzas vivas no han tenido ni que molestarse; vencen sin comparecer. Hay 27.131 electores de la provincia de Ciudad Real -el 25,4 por ciento del censo- que se han quedado sin votar, casi 4.000 son de Daimiel. Hoy sí celebran comicios en Puertollano, Tomelloso o Valdepeñas donde hay 53 candidatos para 26 puestos; de todos los colores: monárquicos, conservadores reformistas, republicanos independientes, republicanos socialistas, radicales, derecha liberal republicana y socialistas e independientes a secas. Eso en los pueblos señeros; los medianos también se citan con las urnas, Campo de Criptana, Socuéllamos, Almadén, Infantes, La Solana, Almagro, etc. Hasta en Villarrubia, donde se dirimen quince concejalías, se han presentado ocho socialistas.

Cae la noche. En el conjunto del país salen victoriosos los concejales monárquicos, pero en las grandes ciudades y capitales de provincia los republicanos arrasan. La República llega por inercia y a quienes mandan sobre este pueblo blanco de cal y verde de huertas les va a pillar con el pie cambiado. A los valedores de los grandes partidos dinásticos no les va a quedar otra que ponerse firmes ante el himno de Riego, mientras le ponen una vela al diablo.                                            

                                14 de abril

A las dos de la tarde, el rey Alfonso XIII se encuentra leyendo ante su Consejo de Ministros el manifiesto de despedida. No anochece cuando parte hacia Marsella, primera parada de su exilio. Los del Comité Republicano, quienes un año antes suscribieron el Pacto de San Sebastián inspirando el régimen naciente, pasan en unas horas de la cárcel al poder.

Daimiel es ajeno a lo que germina en Madrid. Esta tarde la contienda social se libra a la puerta de la iglesia donde no queda espacio para las esquelas. Cuatro más acoge el señor en su seno. Un paralís se ha llevado a Casimiro que de los sesenta y cinco años que le regaló la vida, cincuenta los consumió de jornalero; lo que le dieron las fuerzas. La vieja Frelicia ha cedido con ochenta y dos, todo un registro. Estaba muy bien de la cabeza pero el cuerpo le pedía tierra. Queda vacía su habitación de la calle Jabonería; ya puede reunirse con su difunto marido. A un centenar de metros de allí, estremece ir a dar la cabezá a casa de los Astilleros donde el pequeño Paquito yace inerte en un ataúd blanco, se ha ido con solo cuatro años vencido por el resfriado que le agarró el pecho el día del Ángel y torció a pulmonía. Sin embargo, donde más se congrega la prole es en la modesta morada de Manolo el Barbero. A las tres de la tarde ha certificado el médico Emiliano Bermejo su defunción echándole la culpa a una septicemia erisipelatosa. Se comenta que como estaba tan gordo, se recalentaba a deshora y ha terminado reventado por dentro. Los pelados postreros los ejecutó con apreciable merma, nada bueno aventuraba su cara toda de ronchas y rojeces. No tiene esposa que le llore, ni se le conocen hijos. Eso rebaja la pena y descarga de dolor fingido a la parroquia que chorrea poquito a poco por la calle Manzanares presta a cumplir con el finado.

Manuel López de la Franca no celebrará los cuarenta y seis. No deja heredero para la barbería. Hace tiempo que prescindió de los mozos. Incluso racaneaba algo tan sagrado como la prensa. Sin embargo aún tenía una apreciable cartera de clientes que habrían de repartirse entre Anastasio, ‘Riquezas’, ‘Chanes’ o los hermanos Félix ‘el Sordo ‘y Perico. Anastasio cobra veinte céntimos más pero se hace amena la espera de turno. El plus de calidad no es tanto su destreza con la navaja como lo agradable que resulta sentir las coplas de La Fornarina que con frecuencia salen de la Philco. Menudo chisme es ese de la radio, cómo acaricia el corazón. Se la trajeron de Barcelona y ahora luce como una joya sobre la repisa de cristal, detrás de la puerta.

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Episodio 3. La proclamación del nuevo régimen

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