Foto de Emilio Aguirre Moraga

La proclamación del nuevo régimen (Cap.II Ep.3º)

     (episodio anterior)                           

                                             15 de abril

A las ocho de la mañana, todos los del gremio acuden al funeral. Media entrada hay en San Pedro con don Bernardo Atochero oficiando y el sacristán Fernandico ganándose el cielo. Despacha el cura en lo que tarda en rezarse medio rosario. Saliendo el féretro por la puerta de poniente, andan por la plaza de la iglesia un cuarteto de beatas hablando para sus adentros, tres viejos guardando las distancias en el banco corrido, dos vecinos por parte de calle y un curioso sin identificar con el eslabón y la piedra en la mano recién trajinado un cigarro. Enfila la comitiva fúnebre por la calle Canalejas – algunos la llaman Amargura- con el cura canturreando responsos. Durante unos segundos a don Bernardo se le va el santo al cielo y deja de pedir por el alma del desgraciado. Se ha desviado de sus obligaciones, sorprendido por la concurrencia a las puertas de la imprenta  donde Francisco Espadas explica a los ociosos que este miércoles es posible que se retrase el ABC de Madrid. Les comenta la mujer que había muchas páginas que llenar, que han trabajado hasta tarde con las planchas y doblado los ejemplares, que para prisas se arrimen a la radio.

Como es un entierro de tercera, al llegar a la confluencia con la calle General Espartero se desvanece la letanía y se detiene el acompañamiento eclesiástico sin un metro de propina.
– … et gratia tua illis sucurrente, mereantur evádere judícium ultionis. Et lucis aeternae beatitúdine. Así cierra el oficio el cura dando su bendición para que Martín, el cochero, se lleve el ataúd hasta el Camposanto donde tantas cosas se habrían de ver en adelante.

Anastasio el barbero acaba el cumplido con su difunto colega cuando calla el cura. Deja atrás el cortejo de enlutados  y acelera el paso. Son casi las ocho y cuarto mientras se adentra en la parte noble del pueblo con las llaves en la mano. Tanto le cunde que no se percata de la presencia de un paisano.

- Alivia Anasta que no quiero darle trabajo al enterrador- le espeta a traición el médico.

- ¡Copón don Gustavo! ¡Susto me ha dado! Vengo dándole vueltas a lo mío y no he reparado en usted. Buenos días, perdone pero me he descuidado. Estaba en el funeral de Manolo. Ya ha llegado el hombre a donde iba.

- Sí, estuve anteayer recetándole en su casa –añade don Gustavo Lozano- . Y no le di más de dos días.

- ¿Y así se lo dijo?

- No, pero me lo vio en la cara. Anastasio, yo soy más de torcer el gesto, luego ya que vengan de la iglesia a ungirles con aceite. Ahí sí que saben que no les salva ni la Santísima.

- Leche, don Gustavo, elegiré a otro compañero suyo para empezar a morirme.

- Lo mismo le va a dar llegado el momento. No obstante, si el señor tuviera dispuesto llamarle a su seno antes que a un servidor, Dios no lo quiera – lo afirma cruzando los dedos- , yo puedo cambiar mi repertorio y así le vea palidecer le voy adelantando de palabra su desdicha y si quiere hasta le arreglo los papeles de la barbería, que hay mucho pájaro suelto.

Tal arrancada de risa le da a Anastasio, solo de imaginárselo, que de haberlo oído un ciego habría pensado que se le fuga el alma por la boca, hasta menea de un topetazo la pequeña bacía de azófar que cuelga del alféizar de la puerta.

-Vamos, entre que se van a oxidar la tijeras

El local es amplio. Al fondo lucen cuatro sillones de cuero bien cuidados frente a otros tantos espejos rematados con sus estanterías para instrumental. A ambos lados se escoran sendos armarios con sus puertas acristaladas no menos elegantes que los de botica. En el de la izquierda guarda Anastasio alicates, lancetas y otros utensilios quirúrgicos. En la repisa de abajo, frascos con agua, sanguijuelas y semillas de adormidera. Estos sacamuelas, cirujanos de cabecera, lo mismo hacen sangrías que te vacían los granos o elaboran emplastos terapéuticos. El armario de la derecha es una suerte de exposición de los últimos masajes y jabones de afeitado, tan aparentes que no puede asegurarse que estén en venta, más bien son motivos decorativos. Forma parte de la escena un recurrente tablero con alcayatas del que penden pequeños discos de latón numerados para regular el turno los días de mucha afluencia, el fin de semana mayormente. Los sábados por la tarde le asisten un par de oficiales; en puertas de Semana Santa y la víspera del Corpus ayudan tres. El más experimentado visita las casas de los impedidos y de algún señorito que no se digne a moverse. Los mozos menos sueltos, aunque preparados, se quedan en el local restando faena al jefe. Huelga decir que Anastasio es quien atiende diligente a los clientes especiales. Don Gustavo lo es y la jornada parece calma, puede entregarse.

Un minuto ha tenido la toalla caliente ablandándole la barba, más que suficiente para vello no demasiado recio. Para rostros poco rebeldes prepara Anastasio la navaja de punta española de madera de olivo a la que tiene especial cariño. No ha terminado de enjabonarle la cara, asiendo aún la flamante brocha de la casa Kent, cuando descuida un hilillo de jabón de la nuez al pecho. Es raro semejante desliz en un barbero tan pulcro. La culpa es de la radio. Llegan noticias. Apaña como puede el afeitado y poco más.

… en la plaza de La Paz

Menos que nada le falta para dar con sus huesos en el suelo, casi clava los dientes en la puerta principal de lo trastabillado que viene por haber menospreciado la escalera. No son prisas las que lleva Pantaléon, es más todavía. Todo ello acompañado de voces, incluso alaridos, que a su mujer le hacen pensar que definitivamente ha extraviado el juicio. Ya en la calle se planta en seco. Se le ha hecho grande el pueblo. Colmado de ansiedad por participar del jubileo, no sabe si tirar para el Alto o bajar por Jesús dirección a la Plaza de la Constitución. Ni lo uno ni lo otro. Cruza la calle y entra en la fragua de `El Mosca´.

- ¡Manolo, Jacinto! ¡Parad un momento!

- Dígame don Pantaleón

- ¡Qué diablos hacéis trabajando! La República la hemos traído para celebrarla.

- En ello estamos, fundiendo la corona de don Alfonso- masculla Manolo entre dientes con un cigarro cosido a la comisura de la boca- ¿Va a venir usted a ayudarnos después a ventilar todo este corte? Eche un vistazo.

- Venga, ya habrá tiempo. Vamos a la Plaza que hay que poner orden. Que el demonio me lleve, me he dormido por quedarme en vela.

Pantaleón hace varias horas que conoce la noticia. De hecho pasó toda la tarde de la víspera escuchando Unión Radio en su despacho. No se movió de allí ni para cenar. Tenía decidido permanecer en vigilia y así se lo trasladó a su esposa quien, conociéndole, rehusó pedirle más explicaciones. Su despacho fue tal que una garita, cada diez minutos estuvo haciendo la ronda del escritorio a la ventana; recogía el visillo y echaba un vistazo a la calle temiendo que algún borrico se cobrase la fiesta de la república a cuenta de las pobrecitas monjas carmelitas. No hubo motivos de alarma; las noticias llegaban a Daimiel suaves como un arroyo. Apenas medio centenar de familias disponen de reproductores de radio y la inmensa mayoría de sus escuchantes no estaban por la labor de ponerse el gabán a las diez de la noche para salir a la calle, más al contrario. Pantaleón -que sí habría brindado a deshora- consideró más adecuado dejar reposar la buena nueva y pasar al frente a la mañana. Sin embargo, nada de acostarse. Convino -y así lo hizo- en quedarse haciendo anotaciones y a ratos abandonado a sus pensamientos dibujando providencias en su cabeza. La incertidumbre le mantuvo despejado hasta pasadas las cuatro de la madrugada cuando se vio vencido por el sueño y contrariado, transcurridas seis horas, porque su esposa no le haya despertado.

Recogidos los bártulos, los dos de la fragua y Pantaleón emprenden la marcha calle Jesús abajo. En el camino recogen a `Cachas´ el herrero y a un par de fulanos que salen de la fábrica de lanas de Pepe Borrell. En la acera de enfrente, como esperando la procesión, observa doña Eulalia. La directora de la escuela de párvulos Nicereta parece la única sorprendida por la guisa de Pantaleón. El letrado lleva atado al cuello una bandera tricolor y a quien se cruza le dice “¡Salud Camaradas!”

 

Parcela donde se levantaba la fábrica de lanas
Parcela donde se levantaba la fábrica de lanas.

Tres minutos gastan en cruzar el centenar de metros de El Parterre, pero les tiene cuenta. Los cinco que abordaban la Plaza de Santa María se han trocado en una treintena al dejarla atrás. El arroyo ya es un río que fluye orgulloso por la calle Comercio para desembocar en la Plaza donde la multitud les abre paso con presteza, sobre todo al contemplar que es Pantaleón quien conduce la caravana.

El abogado de los pobres, ahora sin demora, avanza decidido hacia la puerta de la casa consistorial. Empuja con empeño el portón, saluda someramente sin codificar los rostros y sube las escaleras, más pausado, intentado decelerar su ritmo cardíaco. Ya en planta, a mano derecha, haya un obstáculo. Es el ‘Tarja’ quien le da el alto.

- ¿Qué desea?- pregunta el conserje como si no lo conociera.

- Compañero, vengo a proclamar la República que se ha instalado en España- afirma ufano Pantaleón, sabedor de que le amparan las circunstancias y quienes extramuros esperan sus palabras sin permitir un gatillazo.

- Bien, pues haga usted lo que quiera y responda por ello- sentencia el ‘Tarja’.
La conversación ha sido corta, sin titubeos ni atranques. El Tarja ha cumplido como suele, está en su terreno, custodiando la puerta del despacho del alcalde Pinilla con la obligación, qué menos, de bajarle los humos a Pantaleón. Primero lo detiene y después, sintiéndose autoridad en el recinto, le da permiso. No es cuestión de ofrecer el pecho a un tren en marcha.

Reanuda por tanto su camino el letrado Pozuelo. Parece que murmura pero solo gorjea inconscientemente mientras avanza ahora más sosegado. Traga saliva y se frena en la meta. Su cerebro activa el silencio y ordena a los ojos que congelen la imagen. Su piel cobra el encargo de percibir; siente frío. Descorre lentamente las cortinas con las manos trémulas y, como traído por la luz, un zumbido sordo penetra in crescendo en sus oídos. Abre el balcón, da un paso adelante y de repente… calor.

-¡Pantaleón! ¡Pantaleón! ¡Pantaleón!- enardece el gentío. El presidente del Comité Republicano observa atónito con el corazón bombeando sangre cada vez más rápido- ¡La bandera! ¡La bandera!- le gritan de nuevo.

Pantaleón piensa por un instante. Arrima el abdomen a la barandilla, la agarra fuerte, se inclina hacia la turba suspendiendo medio cuerpo en el vacío, libera una mano, manda callar y lanza la soflama que tanto anhelaba e infinidad de veces compuso en su imaginario.

-¡¡¡Ya tenemos madre!!!- retumba.

El eco se funde en un estruendo de vítores y bramidos descompasados. La enseña tricolor ya ondea en el Ayuntamiento, alguien la ha izado segundos después de que Pantaleón se dirigiera a la muchedumbre. De súbito al ciclotímico líder interino le asiste un sentido de la responsabilidad para con las masas.

-¡Daimieleños!- continúa, recorriendo con la mirada de izquierda a derecha- El pueblo soberano ha señalado ésta como la hora del cambio, y cada uno de vosotros estáis invitados a colaborar con la República. Esto no es un signo de gratitud, tenedlo presente. Es un derecho ganado con vuestro trabajo y también es una obligación. Habrá muchos ojos pendientes de nosotros que no dudarán en cargar de piedras nuestras alforjas. Ahora es cuando hemos de procurar que el viaje que acometemos transcurra sin sobresaltos. Nos confiamos pues, al orden y al respeto para dar los republicanos la sensación de estar capacitados para gobernar y mantener las leyes y derechos de todos. Y semejante encomienda arranca ahora mismo. Os pido que esta espontánea manifestación de algarabía se disuelva disciplinadamente.

- ¡Viva la República! – le interrumpen.

- Sí –sonríe Pantaleón- y viva por mucho tiempo, pero en este glorioso 15 de abril ha llegado la hora de descansar. Guardad fuerzas porque mañana, con la autoridad bien provista, estaremos de nuevo en esta plaza manifestándonos ordenadamente y acompañados por la banda de Música – se detiene un instante- si don Valerio lo estima oportuno. ¡Hasta mañana camaradas!- se despide pleno de satisfacción.

Refugiado bajo el atestado soportal norte de la plaza, apoyando su hombro sobre la jamba izquierda de la portezuela del Banco Español de Crédito, el joven Filiberto Maján López de Coca, corresponsal del diario El Pueblo Manchego, relee las notas que ha tomado tímidamente. Su contenido denota serenidad, el trazo de su escritura desprende desasosiego. Al día siguiente en el periódico dejará reflejada “la madurez de Daimiel” para adaptarse a los nuevos tiempos. En la provincia leerán que aquí no hallará enemigos la República, que el gobierno de este pueblo es “de carácter apolítico”.

Algunos de esos dignatarios han observado los acontecimientos desde la otra esquina de la Plaza de la Constitución. En la balconada del Casino de la Armonía ya se retiran Vicente Aldea ‘Noteme’, don Gustavo y el maestro nacional Enrique Fuentes esbozando – éste sí – media sonrisa. Bajan las escaleras conversando con la seriedad que aconseja la ocasión. Al abrirse paso en el salón principal advierten que en la mesa hay un nuevo jugador aún tocado por el sombrero. Es Adrián Lozano Sevillano, contratista del Estado, un hombre justo cuya militancia republicana le ha retrasado esta tarde en su reunión con los compañeros de partida. En realidad, anda un poco descentrado. Declina el ofrecimiento; no le reparten cartas. El veterano Vicente Noblejas -rector de este Casino años atrás- sale de sota de espadas, levanta el rey a Moreno, Sedano sienta el as cobrando la baza. Afuera va refrescando, alguien indica al conserje: “¡Sesque, entorna la puerta!”

Leer Capítulo II – Viva la República
Episodio 4.  El 15 de abril en un colegio de monjas

 

La Plaza de la Constitución desde un balcón del Casino. Fte. Daimiel en el Recuerdo
La Plaza de la Constitución desde un balcón del Casino.  Daimiel en el Recuerdo

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