El futuro se negocia en La Plaza (Cap.II. Ep.5º)

   (episodio anterior)                                            

                                                          16 de abril

Alejandro no recuerda un jueves -los cuatro de guardar aparte- con tantas ventas en su tallería. Sin dar las nueve en el reloj del ayuntamiento ya ha tenido que mandar a un chiquillo a por juncos pequeños de todas las porras que han ensartado. La mañana se ha complicado, hay tanta gente como un domingo, pero  para su mujer Micaela es un día corriente y, siendo así, solo aparece por el local a primera hora para adecentarlo y dejar listos los cacharros.  Marchó hace un rato y sin su presencia la cola no mengua.  Gran parte del modesto negocio de churros depende de la pericia de Micaela con el cuchillo. Son muchos años. Da cuenta de la rosca como una máquina, ¡zas! ¡zas! ¡zas!, amén de cobrar y solventar las contingencias suscitadas con la clientela. Amasa cuando toca; se le ve resuelta al mando de la vieja churrera de latón y madera, enrosca bien con los palillos y tiene espaldas para cargar los costales de harina. Pero hoy no está, ni la señora ni los chiquillos en masa que tanto ayudan. Es día de escuela y no puede Alejandro valerse de la media docena de zagales que cada fin de semana zascandilean por el establecimiento ofreciéndose para el reparto. Bien que les habría gustado a los rapaces dejar compuesto al maestro don Ramón y alimentar sus taleguillas con unos céntimos.

– En fin- farfulla el tallero echando la mirada al fondo, allende la puerta-  quién iba siquiera a sospechar que los centenares de personas que merodean por la plaza esperan acontecimientos moviendo el bigote.

La tallería es un hervidero, todo el soportal lo es. Sus compradores se confunden con los del Bar de El Serio. Hasta la posada de La Castora ha abierto las dos hojas de su portada como dándole un respiradero a La Plaza. Esta mañana están haciendo negocio todos los del gremio. Promete ser un no parar, desde las seis que empezaban a despachar los puestos del mercado hasta las diez que se habrán de disolver. Los ambulantes han colocado sus artículos a dos manos. Los charlatanes enredando acerca de ungüentos estupendos, fulares de cine, y supuestas joyas a precio de bisutería. Hoy la carne es de primera; en la pescadería de Miguel Sánchez ya no queda género, las frutas más lustrosas de su hermana Carmen han volado rato ha. Cuánta blusa baratera no habrá repartido el sastre Matías Álvarez, si hasta el zapatero Antonio Almela no da abasto sacando cajas de albarcas de material. En Melquiades ni hallan tiempo para desembalar los paquetes con albornoces de felpa y pijamas para caballero en popelín, apilados a la entrada desde ayer tarde. Más que un ataque de derroche, semejante dispendio tan celebrado por el comercio puede deberse al inconsciente acto de aprovisionarse cuando se aviene un tiempo nuevo. Si se estrena República, por qué no unas sardinas para variar, unas alpargatas de esparto y paño – de las de a diario – o una camisa de batalla con su canesú y todo.

Soportal Oeste donde se ubicaba la tallería
Soportal Oeste donde se ubicaba la tallería

Cuando pasa un cuarto de hora de las diez, quienes están rondando empiezan a caminar dirección al quiosco de la música. Al pie del escenario intercambian pareceres un ramillete de señores acicalados como si fuese la Ascensión. Alteran por momentos el tono de voz y cada inflexión en alto la salpican con palabras cuidadosamente escogidas, para que alrededor sientan la sustancia de lo tratado y cómo de preocupados están ellos por el futuro del pueblo. En realidad se asiste a un calentamiento en modo corrillos. La pulsación del ambiente antes del desafío, siempre arduo, de dirigirse a un público que demanda respuestas. Un socialista orgulloso de serlo, que se defiende hablando, se atreve a polemizar con vehemencia sobre el precio de los jornales y las actuaciones de algunos jefes políticos que, según estima, a partir de ahora no podrán escurrir el bulto ante ciertos tejemanejes. Le señalan como jefe de la Casa del Pueblo. Empieza difuso pero termina resolviendo.

– Lo que nos preguntamos nosotros es que si la celebración incluye que desde mañana vamos a tener unos jornales más decentes o tendremos que regresar a este punto para recordar a quienes mandan que las cosas no son como solían- sugiere obstinado Miguel Carnicero.

– ¡Eso, eso!- gritan unos y otros silban entusiasmados por tan acertado dardo.

El barullo ahoga una voz que lucha por salir al rescate de la armonía. Es el alcalde Joaquín Pinilla Chacón. Viste un traje crudo, corbata negra con pintas claras y, como en los días señalados, un clavel blanco en la solapa que le otorga esplendor. Cuando mira sin parpadeo con intención de arrancar, uno acostumbra a callarse. Este jueves le cuesta más subyugar a la audiencia revuelta, si bien termina por imponer su porte y mirada ceñuda, severa. Sabedor de que le atienden, se recrea arrojando al firme un puro humeante dándole muerte con la punta del zapato derecho cuidando no dejar arruga en el cuero de ese impoluto oxford granate.

– Paisanos, he atendido con interés y os aseguro que he recogido cada una de las inquietudes que, en buena lógica, os asaltan. Sin embargo -prosigue- aun siendo preciso dar respuesta a las necesidades que se han estado planteando, no por menos he de afirmar con rotundidad que lo primero es acatar la ley por bien del orden, la seguridad y el buen desarrollo de las cosas- se arma de certezas con una pausa, planea con la mirada en panorámica, clava la vista en lontananza, sin enfocar, y retoma el alegato. Y creo que nadie me quitará la razón si os digo lo contrario que sería cualquier desorden a lo que nos tiene mandado el gobierno provisional de la República. Y ya sabéis -continúa el alcalde- los vivos deseos que tengo de laborar por mi pueblo y por la república, pero si no se acatan las órdenes superiores me marcharé para dejar paso a otros que con más méritos ocuparen este puesto de honor.

Atronadores gritos acallan las palabras, proclamándose el público a favor del señor Pinilla. Entonces don Gustavo Lozano exhorta a los manifestantes.

– Señores compórtense con civismo y podrán así hacerse dignos de la conquista realizada.

Los asistentes aplauden al médico con similar fervor. El orondo Inspector municipal de Sanidad es un hombre con poso. Su afabilidad y cercanía propia de su carácter la conjuga con la fascinación que provoca en los vecinos su profesión, alguien con capacidad de sanar. A su hoja de servicios se adhiere una azarosa vida entre sábanas, porque ser mujeriego en alguien de su posición le hace aún más arrebatador, más hombre. Por supuesto está casado y tiene un hijo, Gustavito.

Al fondo, el quiosco de la música. "Daimiel en el recuerdo"
Al fondo, el quiosco de la música. «Daimiel en el recuerdo».

 

Don Gustavo habla de corrido otro par de minutos al cabo de los cuales conduce a las ovejas al redil y a los machos dominantes los guía consigo hasta el Casino. Dentro, cada uno se sienta como puede en el salón principal y otros observan desde las galerías.

– Compañeros, compañeros, les ruego silencio-. Inicia don Gustavo. Aquí estamos quienes tenemos el compromiso de cuidar que esto no se vaya de las manos. Hay cosas que no pueden ser, no lo digo yo, lo acaban de ver ustedes afuera – en referencia al comportamiento a algunos socialistas de la Casa del Pueblo-. Entre vosotros veo a casi todos los que desde que tengo uso de razón han trabajado por un Daimiel referente en La Mancha. Ahora -añade- que no vengan a darnos lecciones con predicaciones extemporáneas esos que creen que la república es de su propiedad exclusiva. Y saben que me refiero no sólo a los socialistas sino a algún mandamás de ese pequeño comité de republicanos disolventes -muchos piensan en Pantaleón-. No, no compañeros, estoy convencido porque lo veo en vuestras caras que todos estáis deseosos de colaborar del modo más eficaz por el orden y el bien de la república.

Terminado el alegato en menos de una hora queda constituida una suerte de comité representativo de transición integrado por las fuerzas sociales y políticas de la mayoritaria derecha. La paradoja da cabida a los monárquicos, de ahí que sus ausencias lo hayan sido más por despecho. Los líderes de este órgano –tan alegal como influyente- son el propio Gustavo Lozano, el catedrático Manuel Vicente Loro y el registrador de la propiedad Manuel Millares. Completan el comité un representante por cada una de las sociedades obreras -excepto los socialistas-, agrícolas y culturales. Se abre un pliego y todos firman. Pasan algunos minutos de la siete y media.

A medio centenar de metros, la vista alcanza para distinguir a los concejales que van entrando al Ayuntamiento para participar en la sesión urgente y extraordinaria que han de celebrar por mandato gubernativo; que, aunque fueron designados de facto el 5 de abril por el artículo 29, deben darle forma oficial a la corporación y repartir dedicaciones. Dando fe el secretario Ramón Urgellés, el alcalde Joaquín Pinilla deposita sobre la mesa las insignias de su cargo y las de los demás que tienen distintivo. Por imperativo legal cede la presidencia interina al concejal de más edad. Jesús Fisac Carranza, de cincuenta y cinco años, es pues el encargado de dirigir el pleno.

Don Jesús acumula una larga trayectoria en la política local. Se formó en la abogacía y ejerció de alcalde de 1909 a 1918 con apenas seis meses de paréntesis en la primera mitad del 14. Es uno de los daimieleños más acaudalados; se envanece de ser el mayor contribuyente por finca rústica en la parroquia de Santa María. Su casa se levanta sobre una enorme parcela en el número 1 de la calle Arenas tomando toda la esquina y la vuelta de la calle Alcantarillas. Una casa -como muchas otras del pueblo- con bodega. Y no es la única, tiene otras cuantas tinajas en la calle Nueva y un molino de aceite. Productor de vino, agricultor y ganadero, de sus tierras destaca la finca La Nava. No le reporta menos réditos la fábrica de lanas y mantas de la calle Jesús que dirige su socio Pepe Borrell, José García Alcocer según se lee en su partida bautismal . Está casado con Josefina Escobar y tienen cuatro hijos Pedro, Jesús, Josefina y Federico. Los tres primeros tienen la política en las venas, el pequeño Federico a estas alturas se prepara para iniciar sus estudios de farmacia.

Edificio donde una vez se levantó la casa de Jesús Fisac.
Edificio donde una vez se levantó la casa de Jesús Fisac.

 

-Señores concejales- proclama Jesús Fisac. Iniciamos sin más demora el proceso de elección de alcalde asistidos por los artículos 54 y 55 de la Ley Municipal. Levántense -continúa Fisac- por orden de edad y vayan depositando la papeleta en la urna.

El proceso de elección se dilata siete minutos, los dos últimos para el recuento de papeletas. Como cabe esperarse sale proclamado Joaquín Pinilla Chacón. Veinte votos a favor; uno en blanco, el suyo; y un ausente Manuel Álvarez. El presidente del Casino se encuentra fuera de Daimiel, al parecer dándose unas curas de agua.

– Compañeros concejales -sonríe moderadamente Fisac- respetable público asistente. Queda proclamado por unanimidad como alcalde de Daimiel, don Joaquín Pinilla Chacón y por muchos años.

Recoge Joaquín Pinilla las insignias que había cedido poco antes y comienza a distribuirlas una a una a cada concejal. Toma su asiento y da paso a la designación de los cincos tenientes de alcalde que son elegidos con los mismos apoyos que su persona, unanimidad. Sus nombres son Vicente Rodríguez (el mayor industrial de Daimiel), José Blanco Cid (uno de los máximos contribuyentes de la parroquia de San Pedro cuya casa de azulejos verdes sin embargo tiene vistas inmejorables a la puerta principal de Santa María), el referido Jesús Fisac Carranza y dos acaudalados propietarios agrícolas Enrique Noblejas y Luis Briso de Montiano. Todos ellos reconocidos monárquicos. Otros concejales como Filiberto Lozano, Antonio Pinilla y Jesús García López  profesaron en su día idéntica adhesión al Rey. Como regidores síndicos quedan Vicente Aldea ‘Noteme’ y Antonio Villalón. Éstos y el resto hasta completar los veintidós adscritos a partidos derechistas y antaño miembros de Unión Patriótica, las únicas siglas legales cuando el dictador. El primer acuerdo es fijar la primera sesión ordinaria para el jueves 21 de abril a las 11 de la mañana.

Casa de José Blanco Cid
Casa de José Blanco Cid

Daimiel inaugura la República sin sobresaltos. Poco ha cambiado, mandan los mismos. En este 16 de abril los sembrados se ven inmejorables y las vides brotan decentemente aunque no se disipa el temor a las heladas a destiempo o al bicho de la filoxera. Una semana después se confirmarían pérdidas de hasta el cuarenta por ciento de las cosechas.

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Leer Capítulo III – Los primeros socialistas
Episodio 1. El primero de mayo

3 thoughts on “El futuro se negocia en La Plaza (Cap.II. Ep.5º)”

    1. No pasando nada, tardaré aproximadamente un año en acabarlo a razón de dos entregas semanales. Después intentaré que el proceso de edición y publicación vaya lo más rápido posible.

  1. Muchas gracias Ismael por compartir el gran esfuerzo que has realizado durante tanto tiempo. Y enhorabuena por hacernos revivir nuestro pasado tan magistralmente. Espero ávido cada dosis de Cruz con martillo…

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