Foto de Emilio Aguirre Moraga

El primero de mayo (Cap.III. Ep.1º)

(episodio anterior)

Así comienza a andar la República, como si nada hubiese pasado. Alcalde, cinco tenencias de Alcaldía y quince concejales más componen el equipo de Gobierno. Los alcaldes de barrio apenas se mantendrán unos meses dentro del organigrama municipal; se elimina esta figura al constatarse poco operativa. El Ayuntamiento ha elegido de su seno al primer edil -que ya lo era- cuyas funciones son ejecutivas, políticas, administrativas y otras obligaciones derivadas del artículo 199 de la Ley Maura. El alcalde responderá ante su superior el gobernador civil, puesto por Madrid en cada capital de provincia. Los políticos de Daimiel, chapados al antiguo régimen, tendrán por tanto que rendir cuentas ante una autoridad gubernativa cuyo cometido esencial es procurar la aplicación de las nuevas leyes que irán emanando de Madrid.

                                                             21 de abril

En la segunda sesión plenaria quedan repartidas las atribuciones. Hacienda, Policía Rural, Policía Urbana, Estadística, Etiquetas y Beneficiencia son las Comisiones en las que se divide la administración local. Cada una integrada por siete concejales con la única salvedad en el reparto de que el primer teniente alcalde debe dirigir la de Policía Urbana. Función primordial del ayuntamiento es procurar un efectivo cobro de los arbitrios para alimentar la caja pública, de costumbre yerma, a fin de poder disponer de unas 40.000 pesetas mensuales para ir cubriendo gastos.

El impuesto por Guardería Rural es provechoso con todo el campo que hay en el término y la mucha vigilancia requerida por los propietarios. Se paga gustoso este gravamen para que el guarda, escopeta en ristre, ronde esos chaparrales tan ricos en leña que los buscones se arriesgan a rapiñar para que sus hijos no sean cadáver por neumonía. Los guardas con nómina son más de una docena. Visten capote, pantalón de montar, les cruza el pecho una bandolera y tocan la cabeza con gorras. Se dividen en cuerpos de Infantería y de Caballería. Los segundos van mejor equipados que los de a pie. El responsable máximo del cuerpo es Fundador García Fúnez. A sus órdenes atienden Epifanio García Maroto, Andrés Sáez, Francisco Moreno-Chocano, Mariano Rodríguez-Barbero “Mataperros”, Narciso Ráez, Manolo Álvarez, Pedro Rodríguez Guillén, Joaquín Carranza Cejudo y Raimundo Sierra. Cada año hay consignada en los presupuestos una cantidad para premiar a los más significados en la prestación del servicio.

Las gratificaciones son extensibles a los policías urbanos dirigidos por el inspector Justo Fogeda quien, como el alcalde y sus tenientes, porta bastón de mando. De la plantilla con salario son Juan Callejas Díaz, Emiliano Rodríguez-Barbero, Laureano García-Carpintero, Julián López-Menchero, Antonio Díaz, Dionisio García-Carpintero, Felipe de la Flor y Francisco Arias. Las fuerzas del orden adscritas al Ayuntamiento se completan con la Guardia de Noche. Es un cuerpo separado de la Guardia Urbana; el cabo Antonio Sánchez-Camacho está al frente de un grupo que tiene en Manuel Muñoz-Loaisa a su agente más veterano.

En paralelo opera la Guardia Civil. La Benemérita depende del Ministerio de Gobernación. Su vetusto cuartel se ha quedado pequeño. Está al final de la calle Amargura junto a la Casa de las Huérfanas, que esa es otra.

Palomar del corral de la Casa de las Huérfanas
Palomar del corral de la Casa de las Huérfanas

La Casa de las Huérfanas arrastra una turbadora intriga que ambiciona ser leyenda. Hace tres años, en 1928, siendo noche cerrada un joven empedrador de trillas yendo de ronda encontró a una señorita sentada en un banco del Parterre y bromeó con ella, “oiga me puede decir por dónde se va al cementerio”. El joven la siguió sin problemas hasta el final de la calle General Espartero y, justo al desembocar en la calle Amargura, en la acera de los impares, al pie de la Casa de las Huérfanas la joven se convirtió en monstruo. El empedrador, lívido, apretó el paso hacia el cuartel de la Guardia Civil “Virgen del Carmen, ampárame”, exclamó. Entonces el monstruo desapareció. Este suceso lo presenció el benemérito que esa noche montaba guardia y, como tiene prohibido sentir miedo, salió a su auxilio. De poco le sirvió. Ocho días en cama y muerto, la sangre se le había convertido en agua. Por cierto, la Casa pertenece también a don Federico, el patriarca de los Pinilla. Si el Colegio-Posada fue para su primogénito, el alcalde Joaquín, en la casa de Las Huérfanas vive el segundo de sus hijos nacidos, José. Mejor dicho, vivía. Anteayer hizo las maletas. Ha cambiado Daimiel por Ciudad Real. Si poco le complació la historia de ultratumba que acompaña a la casa, menos gracia le hace tener que descubrir entre sus vecinos a republicanos de nuevo cuño. Ojos que no ven…

 

Volviendo con las tributos municipales, mención aparte merece “El inquilinato”,  un gravamen personal sobre la Renta que da muchos quebraderos de cabeza al aplicarse sobre un padrón farragoso de elaborar cada año. Otros impuestos repercuten sobre casinos, círculos de recreo, veladores en la vía pública, escaparates y vitrinas, arbitrios por rejas, ventanas salientes, salidas de agua, calderas, motores, bicicletas y carruajes; el de Protección a la Infancia se aplica al arrendatario del Teatro Ayala. Las contribuciones son por vivienda, industria y comercio. Y la foto fija de tanto impuesto es la cara de un señor llamado Cándido García-Fogeda García de Banda. Él no los ha inventado, solo los cobra. El culpable, si acaso será quien lo puso al cargo.

Dada la situación de pobreza de muchas familias, la Comisión de Beneficiencia maneja una de las partidas presupuestarias más copiosas. Se proyecta en las cuentas previas a cada ejercicio, si bien se aprueban con frecuencia, en pleno, remesas extraordinarias que abultan el gasto. Socorros para enfermos, ancianos, niños y para las familias numerosas con bebés a su cargo. A estas ayudas se añade un desembolso rutinario en fármacos que cada mes resta unas 2.000 pesetas a las arcas municipales; más de 20.000 pesetas al año sobre un presupuesto total de medio millón. Para que te lleguen los remedios sin pagar un patacón hay que figurar en el Padrón de la Beneficiencia, y no faltan candidatos. Periódicamente los concejales estudian y aprueban la incorporación de nuevas familias a este censo oficial de pobres. La crecida de perceptores subvencionados disgusta sobremanera a ciertos ediles, más pendientes de que algún pícaro no se cuele en la lista que de procurar que a un tuberculoso quintero le provean de Isioniazida y no se muera en cuatro días en medio del campo .

Así venía funcionado Daimiel y, para empezar, así seguirá transitando en los albores republicanos. Pero los de arriba son conscientes de los factores emergentes que hoy entorpecen la marcha que siempre comandaron, hay nuevos invitados en las mesas donde se parte el bacalao. Lo que el señorito lee en el periódico mientras sorbe coñac en el Casino vale lo mismo para Madrid que para el pueblo. Algunos -cada vez más- han resuelto no perder el trasero por satisfacer mandados. Ni las campanas suenan igual.

                             Día Internacional del Trabajador

-Hoy no trabaja ni Dios, así que marchando- dice uno de los enviados de la Casa del Pueblo apostado sobre la Cruz de los Pajes, oculto el rostro por la media luz del alba.

-¿Se lo cuentas tú al amo o mandas a un recadero?- responde uno de los tres jornaleros tomando firme su azadilla.

- Mal empezamos si nos ven trabajar el primero de mayo. ¿Es que estamos gilipollas? Venga, afloja los machos. Si tienes problemas con el amo no te encenagues, para eso estamos nosotros.

- ¿Me vas a pagar la escarda de hoy o le liquidas a mi jefe una compensación cuando las malas hierbas se pongan como matojos?- contesta otro de los braceros que tenía diez horas de corte por delante en La Veguilla.

-No discutamos. Tened la cabeza en vuestro sitio. Este es el único día que nos pertenece, si no os cuadra os lo pinto en el almanaque- destensa la mandíbula, buscando aire y paciencia en los adentros-. No obligamos a nadie, solo informamos de que tan sagrada o más es la fiesta del obrero como el día de la Virgen. Muchos compañeros se han dado la vuelta, vosotros veréis.

No miente el piquete, pocos son los empecinados en no desagradar al patrón. La mayoría han regresado al pueblo sin rechistar al caer en la cuenta de que esta soleada mañana de viernes pertenece al uno de mayo. Numerosas familias van a pasar el día en el campo, descansando. Al tocar las diez en el reloj de la plaza ya pasean de punta a punta varias cuadrillas de gañanes, la mitad con boina y todos con las manos atrás cruzadas sobre el lumbar. A paso lento solo les sale hablar de trabajo y lo fea que se puede poner la cosa si se empieza a regatear horas a los propietarios.

- Buenos días don Luis- saluda uno de los paseantes destapando la coronilla.

- Con Dios- responde el señor Briso de Montiano al tiempo que toca con la derecha el ala de su sombrero pajizo inclinando levemente la cabeza.

El concejal don Luis Briso de Montiano y Lozano ha salido cinco minutos antes del cuarenta y tantos de la calle Arenas. Una señora casa levantada donde desemboca la calle Prim. A la espalda queda la sierra de Villarrubia que bien se disfruta desde la azotea. Esta mañana no ha subido a respirar el aire desde lo alto. Ha preferido tirar parsimonioso de su pipa espuma de mar, asomado al balcón. Quince minutos divisando el lado norte de la majestuosa iglesia de San Pedro, la que más bellas y variadas estampas ofrece del pueblo, “cómo leches no pondrían el portal mirando a este lado”, comenta por decir algo. Dos toses arrancadas de cuajo, el esputo de rigor y listo, espera el Casino.

Luis tiene dos hermanos. Tomás, el pequeño, estudió derecho y tras dar muchas vueltas ha conquistado la plaza de juez municipal, empieza el mes que viene. Ramón Briso, el mayor, es uno de los hombres más respetados de Daimiel. Coronel de artillería en la reserva, Luis intuye que la República reserva un papel a su hermano si el tema se desmadra. Tras el adiós a las armas, hola a la política; se ha hecho lerrouxista don Ramón. Luis es un mediano propietario dentro de los que más tienen. A estas alturas posee cuatro yuntas de mulas que trabajan un buen pedazo de tierra en la finca de las Mozas. Está a su nombre también una era en el paseo de El Carmen que casi le deja más que el campo desde que se le ocurrió alquilarla en época de trilla. Desde luego, no va tirando pesetas. No ha dilapidado don Luis el capitalillo que dejó padre. Y más que le podría haber tocado si a su progenitor no le hubiese dado un arrebato de responsabilidad medio reconociendo a un hijo bastardo. Bueno, lo reconoció como se reconocen las cosas aquí. Todo el mundo lo sabe y tú te callas no sea que te enseñen por dónde va la punta. Y en este caso la punta asomaba, pero bien gorda.

El ilegítimo -Mariano le puso la madre dándole sus apellidos- creció tan esbelto y robusto como sus hermanos de padre y al dejarse bigote, ya podría decir misa el abuelo Briso, a la vista quedaba que todos eran de la misma simiente. A Mariano Rodríguez-Barbero Cazalla lo crió su madre Mónica con las sordas aportaciones que bajo cuerda le pasaba el antiguo amante y padre biológico. Sin embargo no bebió de la exquisita educación que le hubiese correspondido por linaje y fue preso del embrutecimiento. El gen de perfidia que le venía de serie no pudo sujetarlo, lo mudó en todo un canalla. Vive en la calle Ojo Gordo con su esposa Josefa Loavieja y cuatro hijos a medio crecer. Es un protegido cuando, como guarda que es, lo de proteger debiere ser cosa suya. A Mariano le apodan desde hace años ‘Mataperros’ por su expeditiva limpieza de canes, generalmente barridos con matarratas. De joven mató uno de guasa y le cogió el gusto. Esta mañana anda de vinillos en la taberna de Código. Los bares y comercios no están de fiesta. Han abierto a las nueve y media y a las nueve y media cerrarán.

Desde la casa de Luis Briso.
Desde la casa de Luis Briso.

Luis Briso acaba de entrar en el Casino donde enseguida está previsto comience la Junta General Extraordinaria. Ya está de vuelta el presidente Manuel Álvarez. Anoche regresó de Fuencaliente; viene como nuevo.  El lunes se pasará si acaso por el ayuntamiento a recoger el acta de concejal y lo que toque. Hoy viernes, Casino, que le supone más trajín que la cosa pública. Hay más de un centenar de socios esperando. Por cierto, Luis Briso también es concejal y hasta la fecha no se ha oído que haya abjurado de la monarquía. En cuanto al presidente del Casino, no le falta.  Cosechero, exportador de vinos y frutos del país, es además administrador subalterno de Tabacos, Información Comercial , Giros y Comisiones.  Lo que viene siendo dueño de un estanco. Así le gusta que ponga en los anuncios de prensa. Todo junto.

- Señores, vamos a empezar. ¡Los del fondo! Hay huecos por aquí delante. ¿Sí? ¿Esperamos a alguien más? ¿No? Bien. Punto uno. La calefacción.

Casi todos han estado de acuerdo en que arreglar la caldera será un parche. Hay que cambiar todo el sistema de calefacción y no alcanza con las cinco pesetas de cuota mensual. Además, el presidente, que se conoce que antes de darse los baños en Fuencaliente lució palmito en la Feria de Abril, se ha presentado modorro. Está empecinado en decorar el patio al estilo andaluz. La propuesta se llama ocho pesetas de cuota. Una barbaridad para algunos de los socios cuyos ingresos son de maestro escuela.

- Don Enrique, tiene usted la palabra-. Interviene el presidente dirigiéndose a Enrique Fuentes, maestro nacional.

- Gracias Don Manuel -continúa-. Creo que debería hacerse por votación nominal. Si me permite que le diga, no me parece oportuno que tengan que levantarse de sus asientos quienes no estén de acuerdo. Votemos como Dios manda.

A los cinco minutos ya había resultado. Cincuenta socios habían dicho sí frente a los cuarenta y ocho opuestos a reconvertir el escenario.

-Vista la acogida que parece tener lo del patio andaluz casi tildaría de extemporánea la iniciativa que deseaba introducirles. Sin embargo, por respeto a ese otro sector, numeroso sin duda que interpreta esta sociedad nuestra de distinto modo, creo que no hay momento más indicado que éste para darle un remozado al Casino. Y no me refiero al mobiliario sino a la institución en sí.

-Explíquese Enrique– media, interesado, Vicente Noblejas desde uno de los sillones reservados a la Junta directiva.

-Lo quieran ver o no, España está cambiando y el Casino irá de la mano de esta transformación. Marcharemos al son si somos capaces de mirar de puertas afuera. Me pregunto dónde nos lleva este clasicismo que nos empeñamos en ponderar. Llevo ya quince años de socio y puedo decirles por si no se han percatado que siempre giramos alrededor del mismo pozo. Estas sociedades – argumenta Fuentes – no están concebidas necesariamente para ser lugar de ocio y tertulia jocosa que es como parecemos obstinados en defender a capa y espada. Los casinos deben ser algo. Un foro de discusión, de contraste de ideas, de difusión cultural, un espacio abierto ¿alguien puede negar que estos principios deben sustanciar el proceder de esta institución como pieza señalada de la vida pública? ¿No deberíamos dar ejemplo en este sentido?

Cuando Enrique Fuentes termina su alegato, al menos una tercera parte de las sillas ya no tienen dueño. En cambio, casi todos los presentes no pueden por menos que batir las palmas, otros muchos están repartiendo naipes, incluso van por la segunda mano. Lo ocurrido en esta tarde no es casualidad, de un tiempo a esta parte ha cobrado actividad un núcleo estimable de maestros, estudiantes, abogados, comerciantes y empleados no conformes con la actuación de la directiva. Creen llegado el momento de constituir un centro cultural adecuado a los fines sociales que ellos entienden deben promover esta clase de entidades. Los señoritos acomodados no están por contravenir la norma no escrita que prohíbe discutir de política y de religión en el Casino, quién va a querer pues transformar este foro de la despreocupación en un polvorín de ideas.

Casino de la Armonía. Fachada Principal.
Casino de la Armonía. Fachada Principal.

 

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Episodio 2º.  Borrando las huellas de la Monarquía

 

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