Borrando las huellas de la monarquía (Cap.III Ep.2º)

         (episodio anterior)                                      

                                                        6 de mayo

Desde hace días vienen cayendo decenas de ayuntamientos por todo el territorio nacional, sobre todo en ambas Castillas, Andalucía y Extremadura. ABC acumula quince números consecutivos denunciando estos episodios allí donde suceden. Los editoriales del diario monárquico por antonomasia hablan de destituciones “injustificadas” con un “descaro escandaloso”. Asegura el periódico que “no dejan un ayuntamiento en pie […] y como lo son casi todos, van buscando con el candil algún republicano y lo plantan en la Alcaldía […] se atropella el derecho de los monárquicos, lo cual es muy propio de la dictadura republicana”.

En Daimiel no ha sacudido la ola pero el viento sopla. El ayuntamiento cumple de largo las características para ser borrado del mapa político de un país en montaje. Daimiel es otro símbolo del artificio; municipio de un estado republicano cuyos regentes son indisimuladamente adalides de la corona o como poco conservadores a ultranza. El alcalde Joaquín Pinilla y su equipo se ven inquietos, más aún cuando reciben noticias de que en Ciudad Real se ha instalado el gobernador civil Miguel Pastor. El ayuntamiento le envía una carta oficial presentando su renuncia para que no suscite recelo haber formado corporación sin elecciones. La misiva subraya, no obstante, el “carácter apolítico” del equipo de gobierno y su fidelidad a la República. Miguel Pastor, todavía por ubicarse, aparca el asunto al advertir que Daimiel parece en orden y bien controlado. Cree conveniente dilatar la adopción de decisiones al respecto y dicta el siguiente telegrama al mecanógrafo.

Ciudad Real a 6 de mayo de 1931
Excmo. Ayuntamiento de Daimiel

Habiendo recibido su carta de renuncia, no puedo por menos que rechazar la petición que en ella se cursa, al tiempo que alabar el trabajo que desde su pueblo se viene realizando en pro de la misión que tenemos ordenada de construir la República. Permanezcan pues en sus puestos.

Fdo: Miguel Pastor Orozco.

Toma de posesión del gobernador Miguel Pastor Orozco
Toma de posesión del gobernador Miguel Pastor Orozco.


                                Festividad de San Isidro

El gobierno de la República aprueba un decreto electoral que deroga el artículo 29 de la Ley Maura, estableciendo la nueva legislación electoral. La decisión lleva aparejada la convocatoria de elecciones parciales para el día 31. Tendrán que renovarse los ayuntamientos donde no se celebraron comicios el día 12. Como si nada ocurriese al día siguiente se celebra la sesión ordinaria semanal en la que se da cuenta de una instancia firmada por un gran número de vecinos solicitando el cambio de nombre de varias calles con reminiscencias monárquicas.

– Estimo señor alcalde que debe accederse a lo solicitado por ir a favor de la corriente popular- dice el concejal Antonio Reneses una vez se han leído las propuestas vecinales.

– Pues no se hable más, pase el asunto a estudio de la Comisión de Policía Urbana para que resuelva con la mayor prontitud posible, toda la que permita adoptar las decisiones pertinentes en la próxima sesión que nos reúna- sentencia el alcalde Joaquín Pinilla.

Dicho y hecho. Una semana más tarde, reunido el ayuntamiento en pleno, ha quedado sobre la mesa el dictamen de la comisión. La Plaza de la Constitución pasa a llamarse de la República; el Parterre de la Libertad desaloja a la regente María Cristina; la placa de Niceto Alcalá Zamora sustituirá a la de Alfonso XII y ya no será calle de la Victoria sino del 14 de abril.

– Se ha estimado que las calles Arenas y Comercio mantengan sus denominaciones por cuestiones prácticas. En este último caso, precisamente por no perjudicar a los comerciantes instalados en ella y en el primero por no confundir a los vehículos que cruzan el pueblo por ser travesía – concluye Vicente Rodríguez, primer teniente alcalde segundos antes de que la propuesta se apruebe unánimemente.

Será lo último que haga el rico industrial. Minutos después de rebautizarse las citadas calles, el señor Rodríguez se despide de la corporación junto a otros siete compañeros, a saber, José Blanco, Jesús Fisac, Enrique Noblejas, Luis Briso, Jesús García López, Filiberto Lozano y Antonio Pinilla. Todos son reconocidos monárquicos. Horas antes ha llegado un telegrama firmado en Ciudad Real. Ahora sí, el gobernador Civil ha procedido en consecuencia. No destituye el ayuntamiento pero acepta la dimisión que estos ocho ediles hicieron llegar a la capital días atrás. Las vacantes deberán ser cubiertas con los elegidos en los comicios parciales previstos para dentro de quince días. Al terminar la sesión, algunos de los salientes muestran desdeñosos su oposición al rumbo emprendido. Arrojan las insignias sobre la mesa y salen con la cabeza tocando el techo, sintiendo tal vez que quienes vengan no honrarán el cargo, ni mucho menos, estarán capacitados para dignificarlo.

La estrategia, no obstante, ha salido bien a la corporación derechista y monárquica, han ofrecido ocho cabezas para cortar y, aunque habrán de recibir a ocho electos paridos por la República, seguirán siendo notable mayoría los herederos del antiguo régimen.  En las otras treinta y una (pequeñas) localidades manchegas con ayuntamientos salidos por obra y gracia del artículo 29, las elecciones se convocan para elegir a la corporación municipal al completo. El caso daimieleño es excepcional. No se encuentra ciudad que presente semejante resistencia al viraje republicano que, por las buenas o por las malas, tambalea el país. No es oposición al régimen en sí, es algo más primario. Es, esencialmente, conservar en las mismas manos la atribución de gestionar, mandar e incluso pensar. No importa el traje que vista el Estado sino contar con sastres que lo ciñan a medida. Daimiel tiene su personalidad forjada en hierro.

Mis abuelos Carmen Pinilla Fisac y Vicente Rodriguez Perez
Vicente Rodríguez y Carmen Pinilla en los años 60 (Familia Fisac Rodríguez).

La renuncia de los ocho, por ser quiénes son, ha dolido al pueblo. Es la comidilla este fin de semana del Labrador. Lo comentan con discreción los paseantes que caminan hacia la ermita del Santo. Aflojan la voz a la altura de la fábrica de don Vicente, como si fueren a escuchar las máquinas qué opina el pueblo de la salida del dueño. Sin embargo, el adiós forzado de los ocho monárquicos que muchos tienen en alta estima no logra desplazar a un segundo plano el asunto más candente de la semana en curso. Reducen aún más el volumen, cuchichean con muescas de preocupación, al especular sobre gravedades que indignan en público y amedrentan en la soledad de la noche, pues se teme que los maleantes arremetan contra los templos.

Encienden cirios en las Carmelitas de la Paz. Las monjas mínimas tienen tomada la voz de rezar el rosario. Las josefinas y las calasancias salen menos que de costumbre. En España han comenzado a quemar conventos y en el pueblo se rumorea, “de buena tinta” apostillan los correveidiles, que en la Casa del Pueblo urden una embestida contra los espacios religiosos; que si no hoy, mañana, las monjas van a salir chasqueando. Las monjas no, pero los pasionistas del Cristo no tardan en contar la primera.

                                                                Finales de mayo

Mientras se celebra la función de la tarde, dos bandidos aprovechan el retiro de los religiosos para colarse en el departamento de carruajes que está algo separado del convento. Fuerzan la puerta y pegan fuego a un coche con la intención de que prenda el resto de la estancia donde se guarda algún vehículo más y aperos de labranza.

El padre Anacario Benito que faenaba por el huerto es el primero en llegar al lugar del siniestro, al escuchar su reclamo a gritos, pronto le auxilia su compañero Pedro María Leoz, el portero. Para cuando acude el padre Felipe Valcobado, a quien le sorprenden las voces cantando misa, tienen ahogada la fogata. Han sofocado la pira a mantazos y cubos cargados con agua de la alberca que pillaba a dos pasos. Solo causa baja un carro. Los malhechores que han perpetrado ni siquiera cuidaron cubrirse el rostro a lo rufián. Son capturados por la guardia civil antes de caer la noche. Apenas querían dar un susto, dar por saco.

Padre Anacario Benito. (Fernado Pélagos, 1989)
Padre Anacario Benito. (Fernado Pélagos, 1989)

Se ha venido junio encima respirando calma tensa. El sol abrasa el cereal y no se atisba el día en que empiecen a silbar las hoces. Apunta tormenta en el regateo de jornales. La aceituna creció con el fruto vano, las cosechas de antaño están sin vender; en abril heló para variar y en el banco niegan crédito hasta al más pintado. Los amos van pregonando que esta temporada van a ganar menos; qué no lamentarán los varios centenares de obreros en paro desde la poda y la incertidumbre de qué les deparará la siega.

La desazón elucubra conventos vacíos y el hambre postula reproches que atañen a señores, otrora intocables. Igual que Joaquín Pinilla tiene los días contados en la Alcaldía, a su padre Federico le cerca la opinión pública allá donde más aprieta la necesidad. Se ha venido difundiendo que el mayor terrateniente del pueblo destina a la caza extensas y fértiles fanegas que bien pudieren dar labor a decenas de braceros desempleados. Otros mentideros, al contrario, veneran y consagran al más grande de los Pinilla recordando que desde hace dos décadas, el señor que posee tantas huertas como días el año, viene entregando tierras para cultivo. Le defienden y aseguran que esas supuestas hectáreas productivas son pedregales para que paste su ganado y aun así precisa de pienso, perjudicando sus intereses. “Si el quisiera-se dice- tendría más pastizales y menos trigo”. Se refieren los chismes a parte de las más de novecientas hectáreas a nombre de Federico Pinilla en el Monte Arenas. Un hermoso paraje de encinas viejas con los Ojos del Guadiana manando a sus pies. Oro líquido a borbotones fluyendo en un oasis manchego que ha saciado gargantas de modo desigual.

Casa del Monte Arenas (Archivo Emilio Aguirre Moraga)
Casa del Monte Arenas (Archivo Emilio Aguirre Moraga).

Desde esa fabulosa Casa del Monte Arenas, que podría dar cabida a diez familias de pobres, sale al menos dos tardes a la semana don Federico montando a su yegua. Repitiendo el ceremonial, como hombre de costumbres que es, deja la hacienda por la puerta oeste, la del servicio. Da las indicaciones de rigor al mayoral y las buenas tardes a su señora. Al trote, avanza al resguardo de los más de doscientos almendros que flanquean el camino hacia los ojos.

Llegando al frondoso paraje, a la bestia le da respeto arrimarse a la falla en ligero precipicio que asoma a las albercas naturales, surgentes de agua limpia y clara por arte de magia. Al patrón le falta algo si no descabalga, amarra y avanza a pie, sorteando la maleza y lo abrupto del piso, hasta el afloramiento de Mari López, una de las tres principales madres que dan caudal al río naciente. El patriarca mete hasta los codos en la fuente fría y cristalina que dicen emana de un mar de hielo. Después, enfila por el margen derecho, galopando tierras de Villarrubia, no perdiendo de vista cómo crece el joven Guadiana.

A la salida de los primeros meandros, pronto se deja verter el Guadiana por las cotas irregulares, rodeando su desborde la península de Casas Altas, donde los romanos levantaron una próspera ciudad sepultada por los estratos del tiempo. En esa misma orilla que don Federico divisa a casi trescientos metros, se ven los juncos y la choza del primero de los pescadores; y a él sentado en un serijo de enea, revisando los garlitos que en unos días serán cárcel de cangrejos. Si marcha bien de hora, suele llevar las riendas un par de kilómetros más hasta el quite, la pequeña presa que pone en suerte al Guadiana ante el primero de los molinos harineros, el de Zuacorta. Le gusta a don Federico escuchar el crujir de las maderas, síntoma de que la maquinaria de molienda está a pleno rendimiento; entonces por las ventanas se vislumbra una nebulosa. Es polvo de trigo, restos de la flor de harina separada para siempre del salvado. El terrateniente recibe el saludo del molinero y otros cuantos cangrejeros. Sienten por él casi tanto aprecio como respeto. Lleno de bendiciones cruza el puente para regresar al Monte Arenas por la ribera contraria.

Jamás se ha escrito de un río que al cabo de alumbrarse sea tan grande y fantástico. Desconocido. Este mes de mayo, unos ingenieros de Madrid han asegurado que tanta agua como se ve fuera puede haber dentro, que hay dos Guadianas. Han llegado con lo último en aparatos de sondeo, tras remontar un repecho han perforado a la par de uno de los ojos y a veinte metros han encontrado cantidad ingente de agua, como en las Lagunas de Ruidera aseguran. Además, informan de que la presión es más que suficiente para traer el agua a superficie sin excesivo coste.

– ¿Es verdad que los ingenieros comentan sobre un lago bajo tierra en la Cañada de Madara?- pregunta un paisano frente a la ermita que ya abre sus puertas para dejar espacio al Santo.

– Eso me llegó anteayer- responde su amigo-. Parece ser que le dijeron a don Vicente Noblejas que hay mucha agua, que es algo en lo que deberían ir pensando los propietarios.

-¿Pensar en qué?

– En que invirtiendo al principio en maquinaria, la sequía no será problema. Habrá agua a mansalva y el aumento de la producción estará garantizado

– Pero habrá que saber de cuánto dinero estamos hablando y si tendremos que esperar a los nietos para amortizarlo

– Ahí ya me pillas, pero me parece que no entraron en costes. Sólo le pidieron a Noblejas que lo comentara en el Sindicato y que ellos, los de Madrid, no tendrían inconveniente en acercarse otro día con los detalles que se requieran

– Mira que meter dinero ahora; no veo yo valientes, la verdad. Otra cosa te digo, como se enteren algunos que debajo de las piedras hay un lago se han acabado las procesiones.

– Más razón que un santo, si hoy los rojos no apedrean la salida del Labrador es porque no cae una gota desde el Viernes de Dolores.

Ojos del guadiana años 20 (Autor Joaquín Fisac Ramo).

 

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Episodio 3º.  joaquín Pinilla se echa a un lado

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