Foto de Emilio Aguirre Moraga

La taberna de Basilio Molina y Paco el Fonda (Cap.IV Ep.3º)

(episodio anterior)

                                          4 de agosto

-Ha pasado una hora y de haberme dormido nada me hubiera perdido – interviene Joaquín Pinilla- . Me perdonen mis compañeros pero vamos a centrar el debate. Punto uno, ¿sabemos cómo vamos a arbitrar los recursos necesarios para hacer frente a las obras que ya se están acometiendo por el ayuntamiento? Punto dos y más importante, ¿qué medios han de utilizarse para afrontar semejante problema en meses sucesivos?

-Y por qué no hacemos un llamamiento a los propietarios para que sufraguen gastos de manera voluntaria- propone uno de los ediles- .

Tan apurada es la situación que el planteamiento suena celestial a oídos de los congregados. Todos hablan sin desprenderse oposiciones. En minutos, se da voto unánime de confianza al alcalde y préstamo de ayuda en las conversaciones amistosas que entable con los propietarios.

-Se acuerda la apertura de una suscripción entre todo el vecindario cuyo importe se dedicará a la realización de trabajos destinados a conjurar la crisis -proclama el alcalde-. Se acuerda también el nombramiento de una comisión especial integrada por los señores Pozuelo, Gómez-Limón, Infante, Morales, Maján y Lara para que con carácter de urgencia dictamine sobre los siguientes puntos. A saber, utilización por el ayuntamiento del recargo sobre la contribución territorial e industrial para fomento de las arcas municipales como remedio del paro forzoso; estudio de las obras necesarias y demás requisitos para que esta ciudad sea beneficiaria de la parte que le corresponda; y en tercer lugar, proponga la comisión lo que estime más conveniente para reformar los ingresos del consistorio con referencia a toda clase de arbitrios o rendición de cuentas por los recaudadores.

El momento es crítico de veras. La escasez de lluvias y las medianas cosechas pueden hallar parangón en temporadas de antaño, pero las aguantaderas de los más débiles distan de ser las mismas. Hace dos días regresaba de Madrid la comisión petitoria de escuelas y obras. El resultado de la plegaria es conocido pero hoy toca rendir cuentas. Poco han podido rascar del Ministerio de Fomento y menos del de Instrucción Pública. Atentas palabras y promesas, lo más. Este pleno del 4 de agosto no se va a cerrar sin que algunos lean la cartilla.

-Hombre señores, cuando menos se agradezca el esfuerzo de los comisionados- espeta Ricardo Fisac Ramo, concejal derechista, farmacéutico como su hermano Joaquín.

-Hay que defender el papel de la comisión y recordar que se trató de una visita particular- apostilla Reneses.

-Me deja usted de piedra -interviene López Casado- visita particular dice. Entonces, para lo sucesivo se haga constar que toda comisión designada para representar al pueblo o a la corporación esté integrada sólo por los miembros que determine el ayuntamiento sin admitir otros que fundándose en sus medios económicos se ofrezcan voluntariamente a sufragarse sus gastos, ya que no todos disfrutan de esa solvencia. Así no habría lugar a la exclusión de quienes por su capacidad y no por su caja de caudales pudieren hacer buen papel en las comisiones. Al tiempo -continúa el socialista- entiendan que  debieren verse representadas todas las tendencias de la corporación.

- Aquí, en este mismo salón con usted presente, se aprobó la comisión y nada dijo al respecto. Celebre que daimieleños comprometidos, por su cuenta y riesgo, se sumaran a la delegación a fin de darle más empaque- replica Reneses.

-Ustedes siguen pensando que pueden tutelar a su antojo al resto del pueblo y hablar en su nombre allá por donde les cuadre – insiste ‘El Cojo’-. Solicito un voto de censura contra la comisión por haber dado cabida a particulares y, con esa coartada, pretender  ahora meter sus gestiones en el fondo del cajón escudándose en una supuesta pérdida de oficialidad de la que ahora nos tenemos que enterar.

- Es usted un irresponsable – intercede Maján, integrante de la comisión.

- Sí claro, claro, lo que usted diga comisionado- replica irónico López Casado.

En cuestión de segundos se revuelve el gallinero. El debate carga gruesas palabras hasta que poco a poco envainan espolones al ver que Joaquín Pinilla se apresta a tomar la palabra sin más intención que poner coto a una escena embarazosa para su facha.

-Compañeros, ¿creen de veras que estando las cosas como están merece la pena discutir sobre las formas? Avancemos. Señor López Casado, respetando sus argumentos, le pediría que al menos estime que un acto de buena fe como es desplazarse a Madrid no merece tanto agravio como  un voto de censura. Le ruego haga por conciliar sus discrepancias con la aconsejada levedad de su demanda y retire el voto de censura.

madrid_antiguo017gTras un pequeño debate ‘El Cojo’ accede a retirar el voto de censura. Pinilla da las gracias y pide buena armonía a la corporación para lo sucesivo. A Felíx López Casado no le duelen prendas recular. Afloja en aras de la concordia si bien sigue convencido de la irresponsabilidad de que una comisión enviada a Madrid terminara integrada por varios vecinos sacados de la casa de tocamerroque, a quienes les gusta marchar con pecho palomo “¡alto ahí que yo me conozco la capital! ¡ahí va, que voy a salvar a mi pueblo!”.

Pese a todo, tal vez este encontronazo a cuenta de los variopintos comisionados no habría suscitado tanta impostura si al debate en cuestión no le hubiese precedido otro episodio que, este sí, minaba sobremanera la paciencia socialista. Estos venían sulfurados por algo, de entrada tan prosaico, como la hora a la que debían celebrarse las sesiones municipales. López Casado subraya un dislate enemigo de la concordia.

-Alcalde, ¿qué motivos hay para haber cambiado de nuevo la hora de los plenos? –pregunta ‘El Cojo’.

-Lo han pedido distintos concejales y sus razones han de tenerse en cuenta –responde López Menchero.

-¿Pueden saberse qué razones son, si no es mucho inconveniente? –insiste López Casado.

-Le podría dar varias, pero la más poderosa es que no puede tolerarse que constantemente el público, sin entrar en filiaciones, esté interrumpiendo el desarrollo de la política municipal tan necesitada de atención –aclara el alcalde.

-Resumiendo –vuelve Casado- que les resulta un incordio que la clase obrera haga uso de un derecho negado hasta ahora. Mejor celebrar los plenos mientras las moscas cojoneras andan en el tajo.

-Mire concejal, no es mi intención polemizar. Es tan sencillo como someterlo a votación: mañana o tarde.

-Veo que el sentido común se desdeña –apunta López Casado-, pues sepan ustedes que si se vota, la minoría socialista hará constar su voto particular por estar en contra de los intereses de la clase trabajadora. Y sepa que la protesta subsistirá y no asistiremos a sesión alguna dando cuenta ante nuestra agrupación de las razones que motivan tal apartamiento.

-Creo que la minoría socialista tiene razón –sorprende en medio de la discusión Yepes-. Yo tampoco estoy de acuerdo en el cambio de hora semanas después de haberlo fijado para la tarde. Si la gente del público interrumpe las sesiones, pues que el alcalde haga uso de sus atribuciones y sancione a los asistentes cuando se estime procedente.

-Yo me sumo también a la protesta de la minoría socialista –salta Pantaleón- del mismo modo que exijo se concreten las razones que ahora imperan.

-Bien, deberíamos hallar una fórmula que garantice la presencia de la minoría socialista indispensable en el momento actual –media Joaquín Pinilla-. Para evitar las intervenciones del público puede publicarse un bando que exprese enérgicamente la prohibición de manifestaciones durante el desarrollo plenario llegando al desalojo si fuese preciso.

-Sí y nos tiramos tres horas llamando a los municipales para que vayan desalojando uno a uno. No estoy de acuerdo –opina Porfirio Rodríguez.

-Ya ha cantado la rana –interrumpe el socialista Gómez-Limón.

-Cállese, ¿no ven? Este es el ejemplo que da a los suyos –le reprocha Porfirio en medio de unas cuantas voces más.

-Orden, orden. Dejemos descansar el tema, la semana que viene volvemos por la mañana y  debatimos con más calma.

El maestro Lorenzo Gómez-Limón es uno de los tres concejales socialistas. Presenta menos tablas para el debate que su amigo ‘El Cojo’ pero es historia viva de los subversivos. Número dos del partido durante la clandestinidad sufrida con la dictadura de Primo, fue uno de los cicerones de Félix López-Casado cuando el de Puertollano vino a Daimiel destinado a tomar las riendas del PSOE. Ha pasado casi una década de aquello, echando la vista atrás y recordando cómo penaron entonces pueden darse con un canto en los dientes si cuentan el número de fieles ganados a su causa. Lo de asentarse en una Casa del Pueblo era una entelequia no hace tanto, aunque sí había una sede secreta, la taberna de Basilio Molina, junto a la posada de La Castora, en La Plaza.

Todos los días sin falta desde principios del 22 acudían prestos al rematar el tajo. No faltaban unos chatos de vino mientras dirimían cómo arreglar las cosas remontando de las profundidades. Allí conspiraban a decir del vecindario los hoy tres ediles Félix ‘El Cojo’, Lorenzo, y Manolo Infante ‘el cabrerillo’, otro decente orador Ignacio ‘Gavilleras’ o Andrés Carranza a quien le cambió la vida hacer la mili en Barcelona. Más veteranos y, por ende, más fogueados encendían el debate y enseguida pasaban a la retaguardia. Les alimentaba esperar paladeando la pasión de los noveles contestatarios, cargados de argumentos limpios, sin el óxido de las decepciones. Entre ellos brillaba el joven factor ferroviario Joaquín Ogallar y, recientemente, un volcánico adolescente rayano en la insolencia a ojos de los totémicos rojos. Un imberbe que se atreve a dar consejos en un local donde los de su quinta ni sopesan descorrer la cortina espantamoscas. Su nombre es Bernardo Alcázar, apareció hace unos meses -poco antes del histórico 14 de abril-. Se desconoce quién lo apadrinó y no es que importe. Ese día, a los segundos de entrar en el santuario socialista sancionó con mirada reprobadora al ‘Aguililla’ que, medio templado si no entero, había saludado su presencia farfullando cierto comentario sobre la segura ausencia de bello en unos bajos que apenas suman dieciséis primaveras. En estos meses el niño Bernardo ha logrado que se le tenga en cuenta y no es corriente, examinando el pelaje de algunos gallitos esculpidos en roca; caso de ‘Picota’, menos dado al pensamiento y al refinamiento dialéctico y más interesado en el pormiscojones.

La Casa del Pueblo está ahora, cierto es, en la Calle de la Victoria, pero la fábrica de ideas chupa combustible de caldo de airén, chorreado en los vasos sin fregar desparramados sobre la barra recia de la taberna de Basilio donde no se andan con medias tintas. El niño Bernardo, catando de vez en cuando, pronto se ha hecho hombre y hasta tuvo el privilegio de que hace poco el propio jefe del negocio le contara la historia de Paco El Fonda, el cliente más infame que jamas pisara el local.

Francisco de Dios Piqueras era su nombre. Empezó de carrero siendo bien mozo, luego agente de seguros y hace siete años, ejerciendo de croupier, murió. Mejor dicho, lo ejecutaron. Por ser uno de los tres autores del crimen del Expreso de Andalucía. Un caso espeluznante que ofreció coartada a la opinión pública para ponerse de uñas contra el régimen de Primo de Rivera.

Paco el Fonda culebreaba de sitio en sitio para ver qué podía rascar. Un truhán de mala vida, alcahuete ocasional y enredador de baraja caído en desgracia el día en que el dictador Primo prohibió el juego y decretó el preceptivo cierre de casinos; un pichabrava marcado por la sífilis en su ojo izquierdo. Este individuo venía mucho por el pueblo. Qué le contaría al indulgente Ramiro Romo para que nuestro excelso pianista le premiara con su amistad.

Francisco de Dios llenaba el buche en la taberna y en la fonda dormía la mona. Y solo a quienes no debía dinero confesaba sus planes de emigrar a Colombia. Nada en particular tenía pare él ese destino. Quizás porque le había hablado de sus playas caribeñas otro de los pendencieros con quienes se vería envuelto en el asalto del siglo. No intuyeron los socialistas de la taberna de Basilio que ese fanfarrón, que frecuentemente cargaba rondas a su cuenta, llevaba un tiempo urdiendo con otros cuatro fulanos el golpe que ha hecho temblar los cimientos del Estado. Su última excreción en el pueblo fue el Domingo de Ramos 13 de abril de 1924. Esa noche se coció donde Basilio e intentó sin éxito descansar en la posada. Imposible pegar ojo, atormentado en su conciencia por un regimiento de la Guardia Civil buscándole por su crimen. Todavía no le había puesto cara ni nombre la autoridad pero iba a ser cuestión de días. El Lunes Santo dejó Daimiel con la mano derecha sudorosa de asir el botín y el pescuezo cargado de tanto mirar para atrás. Paco El Fonda no tuvo tiempo de gastar su parte del robo, unas doscientas mil pesetas en alhajas y algo de líquido, todo manchado de sangre, la de los dos desgraciados asesinados en el tren y la suya propia, ajusticiado con pena capital tras un juicio sumarísimo ni si quiera un mes después del asalto al expreso. Su aventura pendenciera había tornado a negro en el apeadero de un pueblo de Badajoz. Paradojas de la vida, halló su ocaso como pretendió labrar su fortuna, a bordo de un tren.

Francisco de Dios Piqueras, Paco El Fonda, después de su detención.
Francisco de Dios Piqueras, Paco El Fonda, después de su detención.

Leer Capítulo IV – Un verano a duras penas
Episodio 4º. ‘ La Patrona no se toca’

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