Foto de Emilio Aguirre Moraga

Velada al fresco en la mansión de ‘La Francia’ (Cap.IV Ep.1º)

(episodio anterior)

Poco comercial tiene la Citröen en toda España con la reputación del representante en esta parte de La Mancha. Joaquín Pinilla, además de haber sido alcalde y ahora administrador de la hacienda familiar, es la cara amable de la marca francesa en el norte de Ciudad Real, donde la expansión del mercado automovilístico da para lo que da. Aun así, el género nuevo casi siempre tiene en Daimiel uno de sus escaparates y eso es mucho decir. Desde que André Citröen levantó por ventura en París la fábrica en cadena más grande del mundo, cada temporada vienen saliendo de sus factorías entre cinco y diez modelos distintos. El año pasado le cedieron para enseñar un P17 Oruga. Se asemejaba a un carro de combate, igual te traía cuatrocientos kilos de maletas desde la estación que cargaba una decena de costales de trigo desde el molino. Pero el Oruga es para lo gordo; para lo fino, el flamante Rosalie no halla comparación. Un precioso automóvil en negro y corazón burdeos, de interior rematado en madera y, lo más rutilante, un motor donde relinchan ocho caballos que se escuchan galopar a dos manzanas.

Joaquín Pinilla alardea –con razón- de estar a la última, pero, mal que le pese, hubo quien se le adelantó trayendo el primer automóvil al pueblo. Esa distinción para los anales del anecdotario local correspondió al premier de los franceses de bien acogidos en esta tierra.  August Issanjou, cofundador de la ‘Olivi’, se presentó en 1914 con un Ford Modelo T . De aquello se han cumplido 17 años y ronda por la casa de Gaspar Fisac Orovio, amigo íntimo de Issanjou, la foto del estreno. La ruda Caroline traqueteaba detrás con peinado impecable. Si ya chocaba verla jugar al tenis, los del pueblo se apartaban así la divisaban precipitarse desde La Francia, calle Estación abajo, al volante del Ford. Pegando botes. Aseguran desde su entorno que fue la primera en sacarse el carné de toda España.  No hay prueba de ello, tampoco de lo contrario.

August Issanjou y su hija Caroline detrás, Daimiel 1914. Autor G.Fisac Orovio

Don Gaspar Fisac Orovio nunca ha ambicionado coche, solo el de caballos. Le perturba el olor a petróleo quemado. Abraza no obstante todo avance tecnológico a su alcance. Para guardar la memoria, su magnífica cámara de fuelle Kodak Autographic, para avanzar el futuro toda suerte de pertrechos de laboratorio que buen fruto han dado. Estudioso casi enfermizo, es autor de la más profusa investigación médica jamás hecha en el municipio. Fue en julio de 1905 cuando publicó Topografía Médica de Daimiel y su partido, donde estableció la relación de la tuberculosis pulmonar con la estructura socioeconómica local. Se resumía en: más pobre eres, antes te mueres. Al doctor Gaspar, que ejerce en el Hospital Provincial de Ciudad Real, se le debe que en la Academia de Medicina de Madrid o en el lisonjero Paris de la belle epoque hayan conocido la miseria en la que viven centenares de familias de este pueblo manchego donde las calles enfangadas son un vergel para millones de virus y bacterias que dan catapún a niños, jóvenes y viejos por docenas al mes. Don Gaspar lo denunció entonces y no ha dejado de hacerlo: la falta de saneamiento en las calles, la insalubridad de barrios enteros, el paupérrimo estado de la enseñanza, el esfuerzo ímprobo pero insuficiente de la caridad encarnada en los religiosos… “La clase jornalera se sostiene con oxígeno, ejercicio muscular, agua y vino” expone involuntariamente sarcástico en una de las páginas del tratado médico.

El estudio de 220 páginas depositado en la Real Academia Nacional de Medicina
El estudio de 220 páginas depositado en la Real Academia Nacional de Medicina

Hombre de ciencia y de fe. Patrón de la medicina local y motor de la Adoración Nocturna, la élite de los devotos del Creador. Cada Corpus, el doctor Gaspar hace traer a mansalva romero y otras yerbas aromáticas para que las mujeres de la casa –el servicio mayormente- laboren un arco verde embriagador que va desde su fachada hasta la de enfrente. Es la mejor foto, la procesión al regazo de esas plantas engarzadas en alabeo sobre la más pía de las calles; la de Romanones, en una de cuyas casas, la del subdelegado de Farmacia don César Cruz Periconi, se asegura pernoctó Santa Teresa antes de sentar prédica en Malagón. Dejar escapar a la mística sí fue un pecado que no se limpia. De sus pisadas solo queda, quienes creen escucharlas por la noche en la habitación que el boticario mantiene intacta desde hace siglos; y una placa en la fachada de la casa.

La devoción del patriarca don Gaspar Fisac por lo más sagrado ha calado en su primogénita Mercedes. La mujer ha salido con genio y don para la poesía; ahí quedaron sus versos con motivo de la inauguración de la asociación de los “Caballeros de Santa Teresa”, siendo también la autora de la letra del himno de la mística que se aplaudió con inusitada emoción hace nueve años cuando este pueblo celebró el tercer centenario de su canonización. Para entonces, Merceditas ya ejercía de terciaria franciscana. Hizo voto de pobreza y hoy porta la enseña, un sayal pardo que le cae hasta los tobillos. Tiene ofrecido al Altísimo el cuidado de su hermana pequeña Conchita, discapacitada mental. En las estaciones suaves no falta el día en el que montan en la tartana vieja de la familia camino del campo donde Merceditas reza por las dos. Si su padre es el jefe de obra del arco de yerbas, ella se encarga de instalar un altar y de tocar el órgano. Cuando la procesión transcurre por su puerta interpreta la Marcha Real y este año no ha sido distinto. La Sagrada Forma se detuvo para escuchar el himno de la España Monárquica. Le dolió la cabeza por el desacato, pero ella firme: “Yo en mi piano toco lo que quiero y más aún en mi casa”.

Gaspar Fisac Orovio
Gaspar Fisac Orovio

Y es que lo del Corpus es un punto y aparte, una puja anual librada entre las parroquias por ser la más brillante honradora de la figura de Cristo. Los ‘borregos’, adscritos por partida bautismal a la Iglesia de San Pedro, celebran la efeméride el domingo. El día que marca la tradición, el jueves, se lo reservan los ‘chuchos’ de Santa María. Entre los hermanos parroquianos también codean por la primacía en las glorias al Señor. Si la familia Fisac Orovio ofrece sombra bajo el romero, altar y Marcha Real, cuando la procesión sube la cuesta hacia la calle Prim le espera otro altar más lujoso si cabe, el de la casa del secretario judicial Ramón de La Torre. Es un pequeño museo que desata una expectación inusitada. Resulta que el señor de La Torre es sobrino de la famosa cupletista La Preciosilla, una celebridad mundial que le envía a don Ramón infinidad de regalos de sus admiradores. Y éste aprovecha el Corpus para lucirlos y lo más lucido, al comentar del personal, son los mantones de manila contra los que don Gaspar jamás podrá competir.

La Sagrada Forma al paso de
Procesión del Corpus pasando por la Casa de Gaspar Fisac. (hoy calle Santa Teresa).

Dicho está que don Gaspar no maneja automóvil, pero haylos y varios en el pueblo, al menos una docena. Uno es de su sobrino segundo Pedro Fisac, Un hispano-suiza de 12 cilindros que -comentan- alcanza 170 kilómetros por hora; silenciosa maquinaria pese a tener la fiereza de un león.  Esta noche se lo ha dejado refunfuñando a su hermano pequeño, Federico. Hoy sí acelera rugiendo, levantando el polvo por la calle Estación. Y es que necesitaba el auto unas manos impetuosas y un escenario a su altura, Le Castellet.

La mansión de los franceses -como se la conoce en el pueblo- es la colosal residencia de la familia Cassin Messiah. Una ecléctica casa de dos plantas y buhardilla, con reminiscencias de las casonas del otro lado de los Pirineos. Son fascinantes sus tejados de pendiente pronunciada, concebidos para desalojar el agua y la nieve que no abunda. Pero es la torreta la que más encandila, la corona imperial de esta postal importada de los caminos del Loira.

Máx Cassin
Max Cassin

El patriarca, Moise Samuel Max Cassin, agente consular galo en La Mancha, ha dispuesto un baile juvenil. Allí están casi todos los hijos de los señoritos. Una cita estival ineludible que el diplomático viene organizando desde hace un par de años en honor de los amigos de sus vástagos. Es, en cierto modo, una muestra de agradecimiento a los notables de un pueblo entregado a su negocio. Porque don Max no bienvive del puesto legado en La Mancha, sino de la exportación de los caldos de esta tierra, sean vinos, licores, orujos o aceites. De hecho, Le Castellet sería un espacio idílico, inigualable en estos pagos, si no fuera por las chimeneas de la Oleovinícola Centro de España, más nombrada como ‘la Olivi’ o ‘La Francia’. Al runrún de sus máquinas y al incesante acarreo de los mostos, se añade el paso del tren. El complejo de ‘La Francia’ casi se aparea con las vías del ferrocarril. Ese es el ruido que a deshoras violenta la vida palaciega de la familia Cassin; trastorno soportable en aras del ahorro de costes para el negocio, porque vermú que sale de la cuba, directo al convoy.

Una ligera brisa templada mueve la noche, ideal para pasear en mangas de camisa por los jardines iluminados a giorno. Se ciñen sus rebecas Merceditas y Elisa Casado mientras caminan con los brazos cruzados, como sintiendo un frío que no hace. Están espléndidas y lo saben; se ve en las miradas de Enrique Guijarro quien pregunta a Federico Fisac si esos senos estaban en el mismo lugar la semana pasada. Obdulia, la ama de llaves, echa la cancela a la puerta principal, al tiempo que un par de criadas y dos camareros ocasionales comienzan a ofrecer sus bandejas con vinos y canapés.

-Pruebe, Tarsicio, pruebe. Este lo he preparado yo misma. Con la supervisión de mi madre, bien sûr.

El año pasado Janine Cassin ni se habría atrevido a saludar a los amigos de su hermana Renée, pero con sus diecisiete recién cumplidos y las hechuras que Dios le ha dado, le sobra para pavonearse con naturalidad y decisión entre los mancebos. Además, nadie presenta esta noche semejante dorado en el rostro y en los brazos, que bien ha procurado dejar al descubierto. Es notorio que no para de practicar tenis con sus hermanos y con su madre que es la verdadera experta.

Junto a la fuente que hay cerca del invernadero charlan las hijas de Reneses con Albert Cassin sobre el suceso del verano. Una gamberrada con destino trágico y aún por purgar.

- ¡Válgame Dios! y comentan que la madre casi se va al otro barrio de la impresión. El marido la daba por muerta -apunta apesadumbrada Carmencita.

 – Normal -asiente el único varón del cónsul- ¿y decís que del otro no se sabe nada?

   – Se lo llevaron a Ciudad Real y quedó ingresado con pronóstico grave. Dijeron los doctores que si superaba la noche tendría mucho ganado.

Albert Cassin lleva varios días sin bajar al pueblo y esta es la primera noticia que tiene del accidente de coche que se ha cobrado la vida de Deogracias Díaz de Mera y casi se la arrebata a Juanito Gutiérrez. Y todo por un exceso de confianza, la que tuvo el mecánico Pedro Muñoz de Morales en Pepe, su aprendiz. Éste tomó en custodia las llaves del auto de don Gustavo Lozano para que, recién reparado, se lo devolviera al médico. Sin embargo, por esas cosas que tienen los chaveas machos, llamó a cinco amigos para invitarles a darse una vuelta en el Chrystler. Se desconoce cuánto anduvieron, sí donde pararon. Junto a un poste de teléfonos en la carretera de Valdepeñas. Muy cerca de donde a esta hora refieren el incidente los jóvenes invitados a Le Castellet. Hablan del choque mortal y de cómo a la madre del difunto le dio un patatús al enterarse. Y, como las desgracias nunca vienen solas, al hermano pequeño del muerto esta misma tarde lo ha atropellado un ciclista en la calle Fontecha. El niño está bien, nadie ha preguntado por el ciclista.

En unas semanas cumple don Max los cuarenta y seis y su perfil es tan rectilíneo como el día que apareció por La Mancha junto a sus padres, Benjamin y Cécile. Llegaban desde Niza para tomar el mando de una empresa fundada en 1880 por J.C. Bühler y August Issanjou, el del primer coche. Empezaron éstos elaborando vinos para exportación para después especializarse en vermús: seco estilo francés, abocado torino, bitter butl, amargo, etc. Más adelante, Bühler e Issanjou invirtieron en un molino de aceite a vapor para la extracción de oliva. La maquinaria y los capataces tuvieron que reciclarlos desde la Costa Azul. El siglo XX lo inauguraron vendiendo aceites dentro y fuera de España; en botellas, bidones y barriles. Al poco se animaron a montar dos naves más; una de sulfuro de carbono y extracción del aceite de los orujos, y otra fábrica de jabones comunes. Todas movidas a vapor y dotadas de instrumentos de vanguardia.

El pueblo de Daimiel se envanece de exhibir una firma de prestigio. Proveedora de la Real Casa y jurado en la Exposición Universal de París en 1900; un mérito ganado doce años antes en la muestra de Barcelona cuando obtuvieron la medalla de oro. Aquel fue el prometedor comienzo para una casa cuyos productos, por entonces, llevaban poco más de un año en el mercado.

Estando el negocio en todo lo suyo, Bühler vendió su parte al judío francés Benjamin Cassin quien hizo las maletas y se vino al pueblo con su esposa Cècile Dreyfuss. Cambiaron las playas de Niza por la estepa manchega y arrastraron en la aventura a su único hijo varón, Max, recién casado con Sara Hélène Messiah. Con el nacimiento de Andrette en 1922, puso el matrimonio fin a la  descendencia; cuatro chicas y un chico. En 1927 con todos a medio criar le vino la hora a Max que pasó a ser don, cuando, muerto su padre, heredó la gestión de las fábricas. Refundó la sociedad y pasó a denominarse Oleovinícola Centro de España S.A. En la actualidad, don Max gestiona, y los dineros los pone un catalán de nombre Daniel Mangrané, quien en este guiso recupera los cuartos que pierde produciendo cine de dudosa calidad o financiando campañas políticas para Izquierda Republicana.

Muchos años después de apearse por primera vez en el andén de enfrente, don Max mantiene aquella figura esbelta y corpulenta que trajo. Su cara sí es más afilada que entonces y el cabello, aunque poblado, tiende a plata. Es tan serio como amable, cualidades valiosas en un exegeta de La Torá. Un rabino judío en tiempos modernos y, en la práctica, un cristiano converso, siendo como es amigo y cuasi confidente de don Tiburcio. El párroco de San Pedro no solo sube a ‘La Francia’ a pedir limosna para sus pobres. En cierto modo le place charlar con un hombre de mundo. Lo mismo vale para Pepe Pozuelo a quien el francés también tiene entre sus amistades, “este hombre es de una inteligencia superior” suele comentar el francés del hermano de Pantaleón.

Don Max consume días enteros en su gabinete; recostado en el tresillo o revisando la contabilidad, clavando codos en la mesa de cerezo. Al menos dedica dos horas de la jornada a sus obligaciones diplomáticas; leyendo y escribiendo cartas, comprometiendo o disculpando su asistencia a tal o cual acto. La radio le devuelve al planeta. Una Clarion de notable valor que hizo traer de Marsella. A nadie de la familia le está permitido tocar los boliches. Le espanta que se escacharre sin tener noticias en Daimiel de un manitas que la arreglare. Pero de todo el despacho, lo más sobresaliente es la vitrina. Un pintoresco museo con algunas rarezas que hacen las delicias de los curiosos, entre ellas, la vaina de un proyectil de la Primera Guerra Mundial que cumple de florero y un pañuelo estampado con el primer ministro Clemenceau  despidiendo a las tropas que se marchaban al frente. Piensa don Max en el horror de la guerra, en la suerte que tuvo de no ser uno de aquellos que no regresarían. Piensa también en qué deparará el futuro a su hijo Albert. Sonríe don Max recordando su singladura en Daimiel, mientras, desde la ventana de su gabinete, en la segunda planta de Le Castellet, observa con recato a los muchachos en cortejo; satisfecho del cariño y admiración que profesan a sus hijos tantos amigos.

Le Castellet a principios del siglo XX
Le Castellet a principios del siglo XX

Leer Capítulo IV – Un verano a duras penas
Episodio 2º. ‘ La dimisión de Pantaleón’

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