Foto de Emilio Aguirre Moraga

Nadie quiere ser alcalde. (Cap.IV Ep.6º)

(episodio anterior)

En verano la molestia queda en el chillido metálico de llantas de carros y el tropezón de alguna mula terca y vieja, pero los barrancos vengan su abandono a poco que llueve dos días seguidos. El ayuntamiento acostumbra a sacar cuadrillas enteras del paro a tapar agujeros  y afirmar las calzadas por donde salen y entran las galeras; pero habría que reclutar un regimiento de obreros para asentar todas las calles de tierra surcadas de charcos de agua y barro. Solo resisten los aguaceros unas pocas calzadas empedradas, unas con adoquines grises de basalto, la mayoría con guijarros de colores terracota, blancos y ocres.

En las partes bajas del pueblo la amenaza es para las casas. Viéndolo venir, en la calle Almagro y también en la calle Nueva, han estado las mujeres blindando los pies de las puertas con sacas de arena para contener el fango. “Esto no pasaría si al Azuer se le hubiese dejado correr por donde solía”, se comenta siempre.

Las precipitaciones coincidieron con la resaca de Feria, ni unas horas de tregua. El día 6 echó a llover. Al principio se celebró pensando en la cosecha de aceituna; cuando iban cinco días y más de cien litros de cebo, tembló el sindicato agrícola al completo. Tribulaciones de antaño no han servido de escarmiento y siguen siendo contadísimos los que tratan las viñas contra los males. La penitencia han sido desvelos y pesadillas acerca de una devastadora invasión de mildiu y oidio, anegando los plantíos. Quedó en un susto y hoy puede decirse que la vendimia está casi ventilada. Y eso que empezó con el lastre del desacuerdo en las propuestas de jornales.

- Aquí tienen ustedes lo acordado ayer tarde en la Casa del Pueblo -entrega un representante de los obreros el sobre cerrado con la propuesta- Me dicen mis compañeros que en ustedes está el acuerdo y la posibilidad de vendimiar mañana mismo. También me dicen que les recuerde que en este asunto, como en otros muchos que iremos viendo, el interés por entendernos es mutuo. La respuesta -concluye el socialista- pueden hacerla llegar esta tarde a nuestra sede; estará abierta desde las cinco. La mayoría nada tenemos que ocupe nuestras manos. Buenos días.

Los jornaleros reclaman por coger uva, cuatro pesetas y media para los hombres y tres las mujeres. Ocho horas de trabajo en la bodega, pisando el fruto, importa siete pesetas.

-Ya no es que sea una barbaridad en comparación con el año pasado -argumenta un directivo del sindicato- es que parece que estos rojos han olvidado los favores del verano, el sacrificio de los últimos meses, repartiéndonos los parados para faenas no previstas e incluso inútiles.

-¡Y no prestando dinero los bancos! ¡No somos una casa de caridad! Además ¿a cuántos representan estos socialistas? Desde luego, yo sé dónde encontrar a varios que no entienden de huelgas y sí de estómagos.

La propuesta de la Casa del Pueblo es rechazada y el mismo camino toma una segunda oferta a la baja. Observando el gobernador los derroteros del conflicto y ciertos casos de coacciones a vendimiadores apremiados por la necesidad de comer, desde Ciudad Real llega un decreto ordenando el precio de los jornales. Esta vez no ha lugar a más rencillas  y, aun renegando, se toma cuenta de la imposición de la autoridad.

La pelotera, no obstante, se muda a las tahonas. Los cabecillas de la Casa del Pueblo descubren que, casual o no, del horno de Hijos de Ayala y Juan han salido panes sin el peso que marca la ley. Hacen correr la noticia y guardias de seguridad sin orden ni aviso se presentan en todas las panaderías del pueblo obligando a sus dueños al pesaje de las piezas, desconsiderando si la tienda está llena de clientes para bochorno del dueño. Las derechas califican esta actitud de “intolerable” acusando a sus propios compañeros, mayoría en el consistorio, de plegarse a las bravuconerías de la minoría socialista. Les acusan de generar alarma por cinco o seis panes a los que les faltaba cinco gramos a lo sumo.

Tahona Los Ayala y Juan.
Horno Hijos de Ayala y Juan (Daimiel en el Recuerdo)

El ayuntamiento entretanto no remonta y se dirige al desgobierno. A las sesiones plenarias no asisten ni la mitad de los concejales y el socialista López Casado exige que se sancionen las ausencias no justificadas. El alcalde se rinde definitivamente y presenta su dimisión. A alguien se le ocurre proponer de nuevo a Joaquín Pinilla, obviando que hace semanas que no ocupa su butaca sin explicación alguna. Acto seguido votan entre ellos y sale el nombre de Pantaleón. “La solución -apunta un edil de la mayoría- es que vuelva al puesto el señor Pozuelo. Es su obligación, habiendo sido el más votado en la elecciones y habiendo demostrado sus magníficos dotes de administración”. El aludido recuerda que su quebradiza salud desaconseja tamaña tarea y, además, aduce otros pretextos.

-Son de dos clases, morales y legales. Desde el punto de vista moral, la dirección de los intereses municipales le corresponde por obligatoriedad y responsabilidad a la mayoría. Sería ridículo que una minoría de tres concejales como la nuestra tuviera la dirección; cosa que no podría admitirse salvo en dos casos: que los ediles que compusieran la mayoría se consideraran ineptos, en cuyo caso debieran dimitir, o bien que existiese mala fe por parte de aquellos al pretender hacer recaer la elección sobre un individuo de la minoría. En cuanto a las excusas legales –continúa Pantaleón-, primero, la ley municipal impide pueda invocarse a quien haya desempeñado dicho cargo previamente, sin haber transcurrido dos años del cese del mismo. El segundo motivo es mi enfermedad, según certifico y pido se dé lectura.

- Certificado médico oficial -procede el secretario- Nº 105.448 serie 1ª expedido en esta ciudad el 13 de octubre del corriente por los facultativos don Ramón y Ángel Ruiz-Valdepeñas Utrilla en que se declara que D. Pantaleón Pozuelo y  García Muñoz, de 27 años, casado, abogado que vive en esta ciudad, Plaza de la Paz 9, padece abstemia post-gripal en estado linfático, necesitando someterse a un riguroso plan médico dietético con absoluto reposo material y moral con vida de campo.

- Ruego por tanto -retoma Pantaleón- vuelvan atrás sobre el acuerdo si no me vería obligado a recurrir a los tribunales. Ruego que su buen criterio acepte mis excusas anulando la votación.

- Bien me hago eco de las excusas y de que ustedes muchos aceptan los motivos de Pantaleón –interviene el alcalde en funciones Adrián Lozano-. No obstante, permítanme que proteste enérgicamente por el calificativo de ineptos; que si un servidor no tiene mucha cultura por no haber cursado una carrera, está dotado sin embargo de muy buena voluntad y mucho entusiasmo.

- Disculpe, esa palabra no la he dirigido contra ninguno de ustedes, sólo hablaba en el terreno de la hipótesis, que no se ha dado el caso. Y mucho menos me refería al señor Porfirio Rodríguez, líder de la mayoría -la decena de concejales no electos antiguos miembros del Partido Conservador y ahora afiliados a Acción Agraria-, que a mi juicio es una de las personas que mejor cumple los deberes del cargo y demuestra gran actividad en las gestiones que tiene encomendadas.

Tras suspenderse la sesión, es elegido Porfirio con nueve votos, a dos de la mayoría absoluta por lo que es designado alcalde interino a la espera de próximos escrutinios en los que baste mayoría simple para asumir el cargo de ley. Antes de despedirse los ediles, el agrario Ricardo Fisac propone un asunto, asegurando su urgencia.

-Yo propongo a este pleno que en otoño se adelanten las sesiones a las seis de la tarde, ya que la costumbre en este pueblo es cenar a las ocho.

-Este a lo suyo –masculla Pantaleón-. Las razones de comodidad –ya en voz alta- no deben anteponerse a las de la clase trabajadora que, como sabe, a la hora que usted  refiere sigue en faena. Además, tengo mis dudas de que pueda hacerse por ley. Que el secretario lo estudie y quede sobre la mesa para la próxima sesión.

Leer Capítulo IV – Un verano a duras penas
Episodio 7º. ‘ Lío en el Teatro’

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