Nochebuena del 31 (Cap.V Ep.2º)

(episodio anterior)

Las iglesias, así al peso, no han perdido clientela pese al nuevo tiempo o a las regulaciones impuestas desde la capital. Al contrario, los templos son refugio de los fieles que despachan con misas, rezos, ofrendas y procesiones cada una de las marcas coloradas del calendario católico-manchego, que no son pocas. Sin ir más lejos, al cierre de la vendimia se contaron por miles los asistentes al  novenario del Corazón de Jesús. En las eucaristías de clausura, casi tanta gente de pie como sentada. En los Santos acompañó el tiempo y todo el pueblo en la calle con el estómago harto de porrazos y sembrando el camino del cementerio de peladuras de castañas asadas. En el Día de Difuntos alguna sintió hasta cinco misas acudiendo al doblar de las campanas de turno, de sol a sol. La esperanza que inspira el adviento ha sido incluso mayor en esta Purísima. Pese a la supresión ‘civil’, no se recuerda tanta devoción por la Patrona de España y sus Indias. La afluencia de jóvenes fue extraordinaria. Paseaban el ABC pillado en el sobaco, abierto por la página que evoca el fervor de una patria donde pese a los intentos del socialismo –se leía- “ha echado raíces la palabra de Cristo”. Enseñando iban los paisanos la crónica del rotativo monárquico que anunciaba la fundación de la Asociación de Estudiantes Católicos, la savia que habría de garantizar la España con Dios.

Pero igual que medra el fervor religioso, ahora los anticlericales también tienen su predicamento. Acción, reacción. Los socialistas leídos de Daimiel se preguntan si esta es la República que les habían vendido. Baste que al hambre y la miseria, pegada a los huesos, le cueste irse; pero que la causa de Cristo motive más a la concurrencia, eso no lo pueden soportar. Les corroe. Un par de ellos, despechados y hartos de vino, irrumpieron el mismo día de la Inmaculada en los cultos de las Hijas de María. Allí, mientras de rodillas asumían la Hostia Consagrada, voces retumbaron en las paredes del templo. Uno amenazó, con retranca, otro se cagó en todo lo vivo. Y así quedó la cosa. Pero no por mucho.

El día de Nochebuena se está respetado. Quien más y quien menos, anhela algo que celebrar sin mirar a santo de quién. Los pastores, como cada año, recordando el nacimiento del Mesías clavados en el campo. Suyas son las más lustrosas zambombas de graves atronadoras. Todo un proceso artesanal, seleccionando materia prima desde el verano. El arcabuz desculado en la parte donde una vez había enganchado la maroma, el más enhiesto de los cardos borriqueros de manubrio y piel de conejo, despeluchada tras la unta de cal, y la vejiga de cerdo, sobada y resobada con ceniza para que dé bien de sí. Percuten sus zambombas y esta noche no dormirán las ovejas en la majada donde han quedado todos en reunirse. Cada pastor con su encargo, uno dispone en una fuente de barro las uvas cogidas tres meses antes y protegidas de luz, lluvia y frío en los recovecos de majanos y pedrizas, frescas entre pámpanas y broza. Luego, los de las migas. Cocinero y pinche removiendo una sartén para veinte con los carrillos encendidos por la lumbre y la frente helada. Y las mujeres de vez en cuando saliendo de la casilla para preguntar cuánto queda, que los chicos gastan hambre rato ha, los villancicos pierden fuelle y ya corretean desmadrados. Algún pequeño ha liado la trastada al tropezar con el leñero, a pique de caer de bruces a las ascuas donde un par de tarugos menguados arden vivos dando remate a la caldereta. Esta noche, como marca la tradición, el primer y mejor cordero al caldero. Y no hay prisa.

Más ligeros trajinan en el pueblo donde la mesa ha de estar puesta no más tarde de las nueve. Que dé tiempo a cenar, pollo de corral generalmente, y a devorar las empringadillas hechas por las mujeres de la casa esta misma tarde. Es el postre por antonomasia en Navidades. Un ritual por el que se desviven hasta las más chicas cuyas madres les reservan un mandil para que ensucien sus manos de masa pastosa de manteca y aceite frito. El aguardiente no falta, dos o tres chatos por cabeza para los hombres; alguna se atreve a mojarse los labios, no más. Les sienta regular ponerse cabezonas teniendo que emplearse con el vedreao antes de la misa del Gallo. No cabe un alma en los dos grandes templos. En Santa María repican las campanas desde menos cuarto. Faltan diez para la medianoche y tañen ahora las de San Pedro. Los celebrantes chicos acuden prestos a reunirse con sus padres, tras completar la ronda de aguinaldos en el vecindario.

En San Pedro, el primero en llegar de los seglares ha sido Pedro el organista. Díaz Pinés lleva desde las once afinnado el instrumental, imperioso el lucimiento en una noche señalada. Las estirpes más sobresalientes de la parroquia han tomado asiento. Ellos con capa y sombrero de fieltro ya en el regazo, ellas con el misal en las manos. Los García-Pardo y García Muñoz, los Briso de Montiano, el exalcalde López-Menchero. Los Ruiz de la Hermosa están casi al completo; Pablo el tejero y su esposa María Antonia, sus hijos Francisco, Miguela, Paula y José que va hecho todo un señor. No se separa de su novia Emilia desde que anteayer regresara de las Canarias donde hace poco que ejerce de funcionario de Hacienda.

Altar de San Pedro, destruido en 1936 (
Altar de San Pedro, destruido en 1936 (Guía de Daimiel)

Preside la misa el párroco don Tiburcio, secundado por Bernardo Atochero y Fernandico el sacristán a lo que haga falta. La misa transcurre entre los silencios medidos del cura, algo molesto por los cuchicheos y risas del fondo donde una cuadrilla de jovenzuelos se ha pasado las Escrituras cosiendo saya con saya a dos solteronas que, al arrodillarse para la Consagración, casi se estampan contra el reclinatorio. El Cáliz y la Sagrada Forma descansan en el altar.

Et gloriam nominis sui, ad utilitatem quoque nostram totiusque Ecclesiae suae sanctae– proclama don Tiburcio segundos antes de que el organista proceda a lo que toca.

Ocurre que lo que este año toca no es lo que procede. Pedro Díaz Pinés ha seguido la partitura de la Marcha Real y, al principio, a nadie le ha sonado extraño. Al contrario, los pechos se han henchido ufanos como nunca y las autoridades presentes no han afeado la interpretación del himno monárquico, sin más novedad. Pero la irreverencia cunde y al cuarto de hora, saliendo de misa, una docena de socialistas esperan al músico para increparle. Un par de guardias de paisanos evitan males mayores a punto de pasarse de las palabras a los empujones. José Ruiz de la Hermosa y los hermanos Galiana  llegan a pechear.

-En la casa de Dios se toca el himno de Dios y, quien no quiera, que se quede en su casa bebiendo vino que la noche está fría- se envalentona Vicente Galiana cuando la pelea había quedado en conato.

Vicente Galiana Utrilla
Vicente Galiana Utrilla

Leer Capítulo V – Sangre en el frío
Episodio 3º. ‘ Fin de año, lucha nueva’

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