Foto de Emilio Aguirre Moraga

Barbarie en Almagro (Cap.VI Ep. 5º)

(episodio anterior)

Viernes, 26 de agosto de 1932. Cinco y media de la tarde. Paraje de Barajas, término municipal de Daimiel

Un hispano-suiza T60 negro avanza veloz por la carretera que lleva de Almagro a Daimiel. Sus seis cilindros acusan el leve desgaste de apenas cinco mil kilómetros andados, los que ha alcanzado a rodar su propietario así se hiciera  dueño del volante en vísperas de la Feria de Abril. Lo encargó seis semanas atrás, el 8 de marzo. Tardó en venir por tratarse de una serie limitada, de lujo. Fue el gustazo que se dio para celebrar el primer aniversario de su alternativa. Desde aquella tarde en la Monumental de Barcelona, que hoy parece tan lejana, todo ha ido rodado. De triunfo en triunfo, a través de temporada y media compartiendo cartel muchas tardes con las grandes figuras; él no lo es menos. Poderoso toreo el suyo que ha enfrentado y humillado en casi medio centenar de festejos a los hierros mejor encastados desde Burgos hasta Huelva.

Solo él en la carretera, levantando a su paso la paja alfombrada en los acirates de este campo de Calatrava. Refrescando la solana, una brujilla del diámetro de un tonel avienta nerviosa toda impureza. Tolvanera de ceniza y tierra, grises y ocres en remolino. Diablo de polvo que desafía en la distancia al impoluto automóvil. Ni una insignificante mota adherida a su chasis, escapando indemne de guijarros y arenisca pese a haber recorrido tres leguas a propulsión, sin cuidado, atravesando caminos cuarteados que no sienten la lluvia desde mayo. Negro, con los neumáticos bragados, el coche vestido de frac va perdiendo el paso como si bufara de sofoco por las ventanillas. Alguien le ha advertido al conductor “¡allí, allí a la izquierda parece!” Trescientos metros más adelante reduce hasta casi detenerse para, ahora sí, lejos del peligro sosegadamente, sortear las piedras del camino susceptibles de hender los bajos del hispano-suiza, y evitar el trago de desecharlo en mitad del desierto manchego.  A paso de tortuga, se adentra por la angosta vereda hacia la quintería donde a la sombra de una encina se distingue una mulilla enganchada a una tartana de antes de la guerra de Cuba.

-Buenas tardes, permiso. ¿Tiene usted agua para cinco? -se pasa los nudillos de la mano derecha, guarreando más la frente sudorosa de la que se han deslizado varios churretes. Se pega el salitre a sus mejillas, encurtidas cual madera noble de 26 años dignamente llevados.

-Si va a los toros a Almagro, alivie, aunque si es el último de la terna todavía puede echarse una ‘mieja’ de siesta en el poyo –se solaza el que parece amo de la finca.

-No vamos, venimos de Almagro. Muy amable por lo de la siesta, pero andamos escasos de tiempo. Nos bastaría con refrescarnos un poco y, si no es mucho pedir, cambiarnos de ropa aunque sea aquí afuera.

-Qué leches, pase, pase. Si le doy agua al lindero con el que no me hablo desde hace diez años, no va a haber para hombres que se visten por los pies –contiene risa y curiosidad- Cámbiense por donde puedan y disculpen el desorden, se le hace largo a la mujer venir por aquí. Allí tienen un par de botijos. El barnizado está más fresquito. Beban toda la que gusten.

El jefe de la cuadrilla se quita la chaquetilla y todos le siguen. Fuera los chalecos, aflojados los corbatines y las camisas, aun estando empapadas las doblan con esmero. El mozo de espadas le da una hoja de periódico a cada uno, envuelven las zapatillas y, dos minutos después, vestidos de calle se disponen a retomar la marcha.

-No tengo apaño para que se lleven agua para el camino, pero no les vendrá mal estos tomates. Están cogidos de anoche, esta semana se les ha antojado a todos colorear a la vez. No doy abasto.

-Muchas gracias, va a ser complicado que nos salga una corrida por la zona pero, cuando y donde quiera solo tiene que preguntar por Domingo Ortega.

-¿Pero qué me está diciendo usted?

-Lo que oye y no le cuento más. Ya se enterará usted en la radio. Que Dios le guarde. Por cierto, ¿para Madrid vamos bien?

-Sí, todo recto. En siete kilómetros, en el cruce a la derecha, pase por Daimiel y ya pregunte.

Queda pasmado el lugareño con un brazo en jarra en la cadera y rascándose la nuca con la derecha, mientras ve alejarse el trasero del hispano suiza. Por hoy, nada más que hacer. En cinco minutos está camino del pueblo para contar lo sucedido y, sobretodo, preguntar por la parte que le falta de la historia. Y que cuadre con lo suyo para que ayude a creer semejante sainete.

Ocho horas antes, en Almagro

Una feria taurina de relumbrón como la de Almagro, la de mayor solera de la provincia, precisaba un escenario a su altura. El empeño de vecinos, administración y aficionados del pueblo y alrededores, logró que en 1845 los clarines sonaran por primera vez en la Plaza de Toros. Diseñada sobre una base poligonal de treinta y seis lados, consta de dos cuerpos. El inferior constituido de gradas y vomitorios; el superior presenta balconcillos de madera con todo lujo de detalles, con pies derechos y zapatas. Quiso el alarife del coso plasmar en esta su obra la arquitectura popular manchega y, en particular, recoger el duende de casas y calles de la ciudad y de su emblemática plaza mayor; el acrisolado recinto rematado al capricho de nobles e hidalgos, marca indeleble de los fúcares que hasta entonces cada agosto se cerraba para, precisamente, dejar embestir a las bestias. Testigo que ya camino de un siglo cedió para siempre.

Plaza Toros Almagro

El cartel original de este 26 de agosto prometía. Marcial Lalanda podría gestionar toda la vida el sonado triunfo en la Maestranza el 25 de abril del año pasado. Mano a mano con Manolo Bienvenida. Mató y desorejó su lote y lidió con acierto el segundo de Fuertes Bejarano mientras el desgraciado era cosido en la enfermería. Pero a Marcial no lo disfrutarán hogaño en Almagro. Se ha caído a última hora de la terna sin muchas explicaciones. Le sustituye Luis Gómez ‘El Estudiante’ y todos contentos.

Hay expectación por ver al más joven de todos, Antonio García Bustamante ‘Maravilla’. Ni tres semanas hace que puso en pie al respetable de Santander despojando de todos sus apéndices al morlaco Hortelano, para dicha del ganadero Antonio Pérez. Fue el día de su alternativa y orgullo de Marcial Lalanda, su padrino, hoy ausente.

El tercer espada y primero en nombre y fama es Domingo Ortega, joven también pero veterano y resuelto allá donde pisa. Un líder con soberbio toreo sea con capote o muleta; certero con el estoque. Hecho a sí mismo en el toledano pueblo de Borox, no hay ganadería que se le resista.

Desde ayer tarde permanecen encajonados los seis titulares y dos sobreros de Luis de Bernardo Quirós. Divisa encarnada y negra para una ganadería de sementales oriundos de Santa Coloma y, hace dos décadas, aún con hierro marcado del duque de Tobar.

Las dos de la tarde. En una fonda cercana a la Plaza Mayor, pierden la paciencia los sentados en torno a una amplia mesa apoyada junto a la ventana, a través de la cual entra la suficiente luz para que el camarero y un par de cliente recostados en la barra intuyan por la gestualidad de los rostros que algo no marcha como debiere.  El alcalde, mueve y remueve papeles, mira a uno y a otro, señala con el índice. Alguna palabra más alta que otra.

-Alcalde, le vuelvo a repetir. Lo que usted nos ofrece, el día de autos, a pocas horas de la corrida solo podríamos aceptarlo en un acto de enorme generosidad. Y, a las circunstancias me remito, no han dado ustedes motivos para que nuestros representados le concedan tal gracia, empezando por llegar media hora tarde a la cita –sostiene con firmeza el apoderado de Domingo Ortega.

-Eso ha sido porque hemos apurado para recoger todo el dinero posible. En cualquier caso, explique en qué les hemos faltado al respeto y qué hacemos aquí que no se haya estado haciendo todos estos años en el mundo del toro. Es más, cuándo este pueblo ha dejado en todo su historia sin pagar una sola peseta de lo comprometido. Señores, les doy mi palabra de que cobrarán todo lo pactado. Hasta el último céntimo –asegura el primer edil almagreño Tomás Domínguez.

-Si cedemos estaremos enturbiando la Fiesta. La seriedad no debe perderse. No es solo por el dinero, es más por hacernos respetar a nosotros y al resto del negocio –argumenta el representante del Estudiante.

-Además, asegura usted que cobraremos hasta el último céntimo y, como garantía, la taquilla. ¿Qué se va a vender de aquí a las cinco que no se haya despachado ya? ¿Más de siete mil pesetas?- tercia el cuarto de los presentes en nombre del diestro Maravilla.

-Repito, si sus maestros no responden ante este pueblo, difícilmente va a entender su postura el aficionado de España entera. Acaso se cree que ese respeto del que habla pondrá de su parte al público de Madrid o Sevilla. ¿Qué empresario va a arriesgar sus cuartos después de esto?

-Alcalde, nos está usted insultando o ¿acaso se trata de una amenaza?

-No, eso es innecesario. No podrán evitar salir en los papeles. Piénsenlo, reflexionen. Tomen el sobre. Cuenten. Van casi veintiuna mil pesetas. Las siete mil restantes, si hace falta se las bajo yo mismo al callejón así termine el paseillo. Le doy mi palabra –insiste el alcalde- pero lo que no pueden hacer es dejar en la estacada a ocho mil personas, la mitad forasteros. Eso no se lo van a perdonar.

-Bien, por mi parte está todo dicho. No obstante, como no es mi nombre el que está en juego, voy a trasladar de nuevo la propuesta al señor Ortega. Palabra por palabra. Y  cada cual que haga lo propio con su representado. Si les parece, en un cuarto de hora aquí mismo.

-Mejor en mi despacho. Intentaré que se persone también el empresario. Espero que recapaciten por el bien de todos –sentencia el alcalde antes de abandonar el lugar.

Domingo Ortega en 1931

 Despacho del alcalde Tomás Domínguez. 14.30 horas

-Perdón por el retraso. Ha sido culpa mía –se excusa el empresario Alfonso Holguín- Este es Manuel Calero, mi representante en la negociación. Todo lo que él diga es como si hablara yo mismo. Y ahora me disculpan, como se imaginan estamos rematando.

 -¿Y? –pregunta el apoderado del Estudiante

 -Pues que eso es lo que hay –responde el alcalde mirando al señor Calero.

 -Sí, les especifico que en el caso de no llegar la recaudación a alcanzar las siete mil pesetas, cosa difícil  si me permiten porque a última hora suele ir ligera la venta, intentaremos llegar a un arreglo entre todos pero seguro –matiza Calero- que no es preciso llegar a ese extremo.

-Bien, no vamos a llegar tan lejos. Hagan constar nuestra protesta por haber llegado a este punto pero, en cualquier caso, nosotros aceptamos –comunica el representante de Maravilla.

-Muy a disgusto… pero hemos de reconocer el esfuerzo del propio alcalde por intentar desatascar la situación. El Estudiante también saltará al ruedo –se suma al acuerdo el apoderado de Luis Gómez.

-Pues siento decirles que el señor Ortega no puede firmar esto. Espero que lo entiendan pero no somos nosotros quienes nos hemos saltado el contrato.

Plaza de Toros de Almagro

Más de ocho mil personas abarrotan el coso almagreño. Nadie es ajeno al pulso suscitado entre empresario, alcalde y figuras. En las taquillas han proliferado las versiones sobre lo ocurrido. Cada corrillo especulaba a su antojo y todos celebran la dicha porque al parecer, basta ver cómo se despachan entradas, la suspensión del festejo ha quedado en un amago. Más lo celebran incluso los forasteros que así bajaban del tren o estacionaban los vehículos recibían de sopetón las primeras noticias acerca de las desavenencias felizmente resueltas. Solo toca disfrutar de la fecha más señalada del año y, por ende, del evento más esperado de cada Feria y Fiestas de la localidad.

Algarabía, música y murmullo incesante en los tendidos. Bromas, risas y algún improperio, amistoso siempre. Sin embargo, pasan cinco minutos de la hora señalada y los presentes comienzan a percatarse de que las autoridades, tan dadas a figurar y dispensar saludos en la antesala, no han hecho acto de presencia. La Presidencia no tiene inquilino y en el resto de palcos reina una paz inusual. Entretanto, en el callejón, no se denota el desenfado de otras citas. Los agentes del orden pululan de aquí para allá con semblante serio. Al instante, los gritos irónicos, exabruptos y demás chanzas que antes causaban risa ahora son injuriosos. Hay barullo. Se ha difundido la sospecha, casi certeza, de que no habrá corrida. Los toreros se han echado atrás. Maravilla y el Estudiante finalmente tampoco serán de la partida, han secundado a Domingo Ortega. Han mantenido el órdago hasta el final.

Sin pedir permiso, de los gritos se pasa a la acción. Un grupo de aficionados invaden los palcos, arrancan los sillones y los lanzan al centro del ruedo; ante la mirada atónita del resto del respetable y la prudencia de la Guardia Civil. Desde la zona de sol, decenas de personas saltan al albero, amontonan los restos y en un santiamén prenden fuego a las maderas. Al poco, flamea una fogata formidable y el público no cesa de jalear su indignación. El pavor se traslada de nuevo a la grada, alguien ha prendido fuego a los balconcillos que arden como alimentados por un barril de combustible. Las llamas se propagan a las barreras, la horda es incontenible. La situación se agrava porque alguien había mandado cerrar las puertas de la plaza y la estampida apunta a tragedia. Por fortuna, algunos espectadores bendecidos del don de la serenidad logran abrir varias vías de escape. El público huye y espera acontecimientos en rededor del coso.

Es el turno de los desaprensivos. Media docena de exaltados, en la cresta de la turba la emprenden con barreras, banderillas, puertas… Alcanzan los toriles y fuerzan el portalón con palancas hasta reventar la cancela. La pira arde cuando de súbito los ocho toros son obligados a participar del desenfreno. Aterrorizados por el fuego rompen a correr por donde pillan sin parar de proferir bramidos sobrecogedores. Tratan los morlacos de salvarse del infierno corneando a bulto. Cegada y enloquecida, una de las bestias inserta los pitones en el torso de un caballo. Cuando el equino impacta de bruces contra la arena ya es cadáver.

El más vivo de los astados descubre la luz al fondo del túnel y abandona el ruedo. Corre desmandado hasta la calle. Le siguen seis de sus hermanos. Un milagro que no topen vecino o feriante alguno de un Almagro abarrotado. Los toros escudriñan recovecos entre un gentío preso del pánico y, por fin, hayan el desfiladero por el que fugarse a campo abierto. La benemérita no les pierde la pista, enfilados hacia una lucha desigual. A cinco kilómetros del pueblo, en las inmediaciones de Bolaños de Calatrava, los guardias les dan caza. Fusilados. Los siete. Funesto epílogo a un currículum de dehesa y esparcimiento en la finca de Quirós, sin poder despedirse de esta vida con el premio de una estocada honorable. Al menos, éstos no han sufrido tortura. El plomo es expeditivo. Circunstancia mortal que no puede celebrar el rezagado, el octavo de los extremeños. El anónimo pasará a la historia de la barbarie. No encontró el túnel. Los carniceros lo han sometido en el mismo ruedo, en medio del apocalipsis. El tiempo del lobo es una decena de humanos con navajas, acuchillando y descuartizando al calor de una macabra pira.

Los más civilizados marchan en manifestación al ayuntamiento. Exigen al alcalde la devolución del dinero de la entrada. Antes de dos días, el consistorio se compromete a cumplir con todos los acreedores. Queda por depurar lo mollar de las responsabilidades. La opinión pública y publicada achaca lo ocurrido a la informalidad de la empresa e impericia del regidor municipal. Don Tomás Domínguez es declarado incapaz; torpe por no doblar la resistencia de los espadas y temerario, después, al no cumplir las reiteradas órdenes trasmitidas por el gobernador.

27 de agosto. Sesión extraordinaria. Ayuntamiento de Almagro

-Señor gobernador, por favor, tome su asiento –indica el bedel de la sala de plenos a don Ramón Fernández Mato, el cuarto delegado gubernativo que ha visto la provincia de Ciudad Real en 19 meses de República.

-Muchas gracias. Buenos días. Lo ocurrido ayer tiene difícil calificación. Entiendo que todos los presentes están de acuerdo en que el asunto debe abordarse con la firmeza que requieren unos hechos que pudieron generar una enorme tragedia y que, seguro, ha dejado una mancha imborrable para este noble pueblo de Almagro. Señores, a partir de este momento será mi delegado Pedro Gallego quien presida esta reunión extraordinaria. Es la voz de Gobernación y dispone de todas las atribuciones de la institución. Lo que el dicte será ley. Buenos días –el señor Fernández de Mata abandona la sala. Su asiento lo ocupa Gallego.

Durante casi media hora el alcalde detalla pormenorizadamente su papel en el día de autos. Dice que permitió que la plaza se llenase porque, hasta última hora, confiaba en un arreglo de la empresa con los toreros.

Escuchadas las partes, el delegado gubernativo sentencia. Se incauta del dinero de la taquilla y manda utilizar también casi siete mil pesetas de la contribución industrial de la empresa para reparar unos desperfectos que, se calcula, pudieren ascender a cincuenta mil pesetas. La Plaza de Toros ha ardido por completo. Sus palcos y balconcillos de aire medieval son ceniza.

Los empresarios y sus representantes son detenidos, a saber, Alfonso Holguin, Manuel Calero, Francisco López Martínez y Cristóbal Calvo Peña. En el sumario se aduce a la responsabilidad administrativa y criminal. Se considera probada la actitud negligente del alcalde que es suspendido inmediatamente de su cargo, tras haber pasado varias horas, arrestado en el cuartel de la Guardia Civil. Tomás González, el regidor que permitió que el coso se llenara, a sabiendas de que los matadores habían renunciado a torear. Así lo escribirán las crónicas.

La Feria de Almagro, enlutada por su plaza, malvive su recta final herida de muerte. Aflicción, pesadumbre y vergüenza, en el año V después de Cagancho . En la fachada ha sobrevivido el cartel que anunciaba para este sábado 27 de agosto la charlotada de los Califa.

El 11 de septiembre de 1932 el célebre dominical del Corriere della Sera abre su portada con los hechos de Almagro.
El 11 de septiembre de 1932 el célebre dominical del Corriere della Sera abre su portada con los hechos de Almagro.

 

Leer capítulo VI, episodio 6º “El trauma de la Reforma Agraria”

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