Foto de Emilio Aguirre Moraga

En el nombre del Río (Cap.VII Ep.2º)

(episodio anterior)

Plaza de la República. Mañana del martes 13 de diciembre de 1932.

Una legión de mujeres, amas de casa y chachas mayormente, transitan de puesto en puesto con la cesta de mimbre de doble tapa enjarrada en el brazo y ojos en la nuca, vigilando que nadie meta la mano donde no debe. Visten sayas negras hasta los tobillos, medias de espuma y alguna  toca de “pelocabra” muy trillada; degradada para diario tras muchos lucidos de domingo. Protegen la cabeza de la neblina con pañuelos anudados a la nuca. Meten y sacan las manos de sus mandiles donde tintinean las perrillas. Pagan aquí y allí, pero sobre todo miran, preguntan, se dejan querer y a veces convencer por los ambulantes y su teatro de cada mañana de mercado.

Bajo los soportales, reservados para el textil, se apilan cajas de zapatos y alpargatas en hileras sobre el suelo; lugar preferente para las albarcas artesanas de Almela. Los Sucesores de Moreno y Pinilla pregonan sus juegos de cacerolas, sartenes y navajas de Albacete; triunfan las merenderas. Sentado en la acera, soldando una barra de estaño que simula plata al fundirse, Juanito “el pillo” hace la puñeta al comercio merced a su destreza arreglando cacharros, sin más artilugio que un rudimentario berbiquí y pulso de cirujano. Bastan una cuerda, trompo y laña para alargar la vida de los platos quebrados. La restauración no es tal sin el remate de pasta blanca, hecha de cal. Raro sería que durante un tiempo se le vuelva a escapar el agua a ese cántaro.

Calle General Espartero (Archivo José Aguirre Martín-Gil)
Calle Emilio Nieto, frente a la Iglesia de las Mínimas. (Archivo José Aguirre Martín-Gil)

En el otro extremo de la plaza, cerca de la calle Comercio, despachan mantas y cobertores junto a la gasolinera de Vicente Aldea ‘Noteme’.

-Aquí las tiene, tres mantas por cuarenta pesetas. ¿Qué me dice? ¿Sí? Pues si ya le parece una ganga, échame ese –le dice al mozo, su hijo seguramente-   por el mismo precio le doy un cobertor… Qué leches, otro y otro…  Además, que nadie va a pasar frío en su casa. Trae para acá esas dos de ahí. Llame a su marido que no va a poder con tanto. Cinco mantas y tres cobertores por setenta pesetas y no hablamos más.

-A ver, ¿a quién le empaqueto esta torre de carbón? –vocifera el del puesto de al lado- ¡Vamos señores, vendemos invierno caliente! ¡Usted!, el de sombrero, que veo que no pierde ripio. Si se lo lleva le regalo esas dos zamoranas. No, no es normal hoy se me está yendo la cabeza, me pasa cuando no almuerzo. Nene acércame una bufandeja, la negra, esa, esa. Le va ni que pintada a este caballero.

En primera línea al descubierto, carne, pescado y fruta. En la posada de Miguelico Aldea, gallinas heladas de frío, un par de guarros que dan miedo y dos fulanos negociando el precio de una mula; mientras María “la Rosquillitas” a sus churros de cada día. En la otra fonda, la posada de La Castora, se hacinan los capachos de esparto a ambos lados del portalón, a cuya altura caminan en agradable conversación dos jóvenes señores impecablemente abrigados.

Ángel Ruiz-Valdepeñas y el madrileño Luis Sánchez Sola pasean su parsimonia bajo los soportales de la plaza. El inspector médico municipal y responsable del dispensario antipalúdico introduce al forastero en los asuntos del pueblo. Don Ángel ha logrado que sus superiores envíen a esta Mancha Húmeda a uno de los mayores especialistas en la sabandija más repelente de esta tierra, la mosquita Anopheles que hace sudar a decenas de paisanos cada año, muchas veces hasta la muerte.

-Como habrá leído en los periódicos, doctor, la gente de esta zona desearía que el Guadiana mengüe y usted se quedara sin trabajo.

-Algo sospecho don Ángel, pero ese deseo hágalo usted extensible a todos los compañeros del gremio. Nosotros pasamos de enemigos a divinos en cuestión de un resfriado.

-Yo no lo expresaría así, don Luis, como médicos el respeto lo tenemos  ganado. Ya lo irá viendo. Otra cosa es que nadie desee ver pasar su figura por el zaguán de casa. “Ha llegado el médico de los mosquitos”, dirán.

-No desearán tener que llamarme, pero es seguro que se alegrarán de verme.

Luis Sánchez Sola (Pinilla. Historia de una familia de Daimiel. 1994)
Luis Sánchez Sola (Pinilla. Historia de una familia de Daimiel. 1994)

Don Ángel le ha pasado las visitas de la mañana a su hermano Ramón, también inspector médico municipal. Hoy emplea la jornada en aleccionar al doctor Sánchez Sola que llegó al pueblo hace unas semanas pero con quien todavía no había mantenido una charla larga y tendida. Abrieron la mañana visitando las boticas del pueblo. Aunque don Ángel le había asegurado que existencias hay de sobra, el joven doctor madrileño, metódico y disciplinado, ha considerado más oportuno elaborar un inventario preciso de quinina y antipalúdico Robur, y de paso, saludar y ganarse la estima del personal farmacéutico. Han dejado aparcada la jardinera de cuatro ruedas y amarradas las bestias junto al bar España. Iban a encerrar el carruaje en casa de don Ángel  pero al final echarán la mañana entera. Cuando abra un poco el cielo han hablado de acercarse a la ribera del Guadiana; a una de las fincas de Federico Pinilla, en el camino que enlaza los molinos de Molemocho y Puente Navarro. Sánchez Sola está interesado en las implicaciones de una de las batallas que agricultores, obreros y parados manchegos están librando con Madrid. Una contienda por la prosperidad y contra el hambre que tiene a las derechas y las izquierdas de La Mancha combatiendo en el mismo bando como se comprobó anteayer en Alcázar. Es de lo que se habla hace meses en el sindicato agrícola y es la información que este 13 de diciembre ocupa la primera de El Pueblo Manchego, el diario que asoma del maletín de Ruiz-Valdepeñas.

 

Dos días atrás. Domingo 11 de diciembre de 1932. Teatro Principal de Alcázar de San Juan.

-Porque, compañeros, lo que aquí estamos expresando todos, debe tener eco fuera de  este foro. Ha de escucharse en la calle, nuestras voces han de retumbar en Madrid. No tendrán más remedio que asumir la justicia de nuestras reclamaciones. Habrán de darse cuenta de que no podemos seguir siendo los olvidados. Ahora sí vamos en serio. Aquí tenemos decenas de miles de personas dispuestas a trabajar, miles de propietarios deseando dar trabajo. Todos ilusionados y dispuestos a invertir lo necesario para hacer rendir esta tierra al máximo. Estamos decididos a impedir que se nos arrebate el bien más preciado, estamos obligados a demostrarles que también albergamos proyectos. ¡Y no es cosa de hoy! ¡No! Y no son ensoñaciones, ni odiseas. Es ciencia, señores, es el arma contra el hambre. Y la tenemos a mano, más cerca que nunca. ¿Vamos a permitir que cuatro estómagos agradecidos de Madrid decidan nuestro futuro como quien emplea su destino en una partida de cartas? No, señores, de aquí habrá de salir una posición unívoca, sin dobleces.  No pensarían que íbamos a permanecer al margen, callados como rameras mientras prostituyen el bienestar de nuestras familias. No estamos dispuestos a dejarnos arrebatar el agua que de modo imprescindible necesitan de la integridad del Alto Guadiana para que no se agoten los quince mil pozos que nos alimentan.

La concurrencia irrumpe en una salva de aplausos al rebufo de la elocuencia  del alcalde de Daimiel Antonio Maján que abandona el atril desde el que se ha dirigido a sus homólogos de Valdepeñas, Villarrubia de los Ojos, Tomelloso, Manzanares o el anfitrión alcazareño. Un discurso que, como todos los precedentes, ha encendido el orgullo de los invitados a esta asamblea en el Teatro Principal. En primera fila, las más altas autoridades, los señores diputados en Las Cortes: Manuel Ossorio Florit de Derecha Liberal Republicana, su compañero Cirilo del Río y tres socialistas Gumersindo Alberca, Pedro Vicente Gómez y Antonio Cabrera. Asisten también representantes de Gobernación y de la Junta de Iniciativas Hidráulicas.

Soliviantados por el reciente anuncio del ministro de Obras Públicas, el socialista Indalencio Prieto, se han citado este domingo para subrayar sus propósitos de impedir el despojo de las aguas de La Mancha. Bracearán hasta la extenuación por revertir el proyecto enemigo que pretende conducir las aguas del Alto Guadiana hasta el Levante. Sería el fin, dicen, del edén de Ruidera, la defunción del río, una esquela clavada en el campo.

Transcurridas no menos de ocho horas de reuniones y ponencias agotadoras en sesiones de mañana y tarde, aprueban las siguientes conclusiones:

 1ª Protestar enérgicamente contra el Gobierno por la proyectada idea de llevar a Levante las aguas del Guadiana, que son de La Mancha y de ellas se necesita para sus campos y abastecimiento de poblaciones.

2º Que se realicen las obras hidráulicas acordadas con carácter urgente.

3º Una comisión permanente integrada  por los alcaldes de Valdepeñas, Tomelloso, Manzanares y Alcázar y todos los diputados provinciales para elevar la demanda y defenderla.

El segundo de los puntos es el caballo de Troya con el que esperan dinamitar el proyecto contendiente; el quijotesco empellón que habrá de desvestir el santo al que rezan en las provincias del Levante para dirigir esas inversiones a regar a mansalva los campos de San Juan, la delgada capa de tierra y caliza que bajo sí alberga un mar de agua. Las obras hidráulicas que han de ganarse el beneplácito del equipo de Indalencio Prieto -y por ende la inversión de Fomento- merecen tanta atención como las que contemplan canalizar el agua hacia las regiones del Mediterráneo. No es capricho ni quimera, pues se fundamentan en los recientes estudios de Eduardo Hernández Pacheco, el más ilustre geólogo del país.

Eduardo Hernandez-Pacheco
Eduardo Hernandez-Pacheco  (biologia-en-internet.com)

Hernández Pacheco se ha pasado meses en el campo de San Juan, en el entorno del Guadiana y sus afluentes sondeando procelosamente las tierras en pos de desentrañar certezas sobre la opulencia y condición del agua que corre bajo nuestros pies, siguiendo la pista cervantina de ese río que nace en Ruidera y se infiltra después para aflorar en los ojos. No ha hallado conclusión que sustente el supuesto curso intermitente de un Guadiana único e indivisible pero sí de la existencia de un acuífero que en enormes superficies de hectáreas se ofrece a pocos metros de profundidad. También ha constatado la prevalencia de corrientes subterráneas que fluyen río abajo. Fue en la última semana de la Monarquía. El 4 de abril de 1931 uno de sus ayudantes echó tres kilos de fluoresceína en un sondeo de Venta de Quesada, treinta horas después se advirtió la presencia de ese colorante, doce kilómetros al oeste. El agua teñida de verde estuvo brotando de manera apreciable durante tres días en el Ojo de Mari López. Había culebreado bajo el suelo a una velocidad de 11 metros por segundo para plantarse en los mismísimos Ojos del Guadiana.

El afamado geólogo escribiría -meses después de avanzar lo descubierto a los lugareños- que la comarca manchega “tiene una perspectiva agrícola de gran porvenir, porque a sus fundamentales cultivos, el viñedo y los cereales de secano, puede unir la complementariedad de los regadíos de verano. Cuestión de gran interés social, pues las épocas de paro que los dos primeros cultivos se imponen, se solventarían con la difusión e intensidad de los de regadío, especialmente el paro que se presenta después de la recolección de las mieses”. Ni el Mesías podría haber regalado semejante mensaje a los oídos de nuestra gente. Esa era la clave, el oro de esta tierra es el agua, las superficiales del Alto Guadiana  y las subterráneas. Estaba seguro Hernández-Pacheco de que la llanura de San Juan era una zona privilegiada por disponer de “una capa de agua muy importante en el subsuelo”, si bien advierte de lo malo que sería una proliferación de sondeos “sin un plan racional” debiéndose autorizar extracciones de agua en la cantidad que por cada perforación aconseje la prudencia.

Todo esto lo contó en vísperas de San Isidro del año pasado a algunos socios del Sindicato Agrícola de Daimiel cuando dio positivo la prueba de la fluoresceína.

-Es cuestión de estudiar previamente y con detenimiento las obras que pudieran acometerse de encauzamiento de los ríos que cruzan y la desecación de las zonas pantanosas del Guadiana. Puede acometerse, señores -afirmaba el científico en el casinillo del Sindicato- . Eso sí, aunque por una parte podrían permitir poner en cultivo extensiones de terreno hoy encharcadas, pudiera ocurrir también que ocasionasen profunda modificación en el régimen hidrológico subterráneo de la comarca.

De resultas que había que aprovechar todas las tierras para fines agrícolas porque les habían hablado del mar de agua bajo los pies. En cuestión de meses, Villarrubia empezó a mover papeles. El pasado agosto el ayuntamiento aprobó en pleno remitir al Ministerio de Fomento una petición para el encauzamiento del Gigüela. Su alcalde pidió a Daimiel que se uniera al proyecto y que, por su parte, solicitara la expropiación del molino de Puente Navarro. El consistorio daimieleño dio el visto bueno un mes después. Pretendían tirar abajo la presa para que el río corriese. Para poder salvar el escollo de molineros y propietarios de tablas se recurrió a la Ley de Aguas.

Ahora bien, imperaba otra cuestión por resolver: la propiedad de esas tierras liberadas de agua. La primera legislación a la que se acudió fue la Ley Cambó para desecar terrenos pantanosos de dominio público cuando el Estado declarara de utilidad pública el proyecto. Para evitar que se dilate el proceso, por la oposición de unos propietarios que defienden aquello como suyo, se ha apelado a la vigente Ley de Aguas que prima la condición de insalubridad independientemente de la titularidad de “las tierras con agua” como gusta llamarlas al Marqués de Perinat. El caso es que han proliferado los informes expedidos por las Juntas Locales de Sanidad dando fe de lo nocivo para la salud que es la inmensa ribera encharcada del Guadiana.

Estamos ante la resurreción de aquello que se tuvo en mente hace dos décadas. El entonces propietario de la Olivi, August Issanjou, mandó definir un ambicioso proyecto de desecación “por cuestión de salud”, pero terminó en un cajón de La Francia.

Y en medio de todo esto, Hernández-Pacheco con su estudio inyectando carburante, poniendo en valor el subsuelo.

Libro pacheco

Este 13 de diciembre, los reunidos en el Teatro Principal de Alcázar quieren echarle un pulso al Levante. Irán a Madrid con un plan debajo del brazo. Entre esos papeles, el proyecto para canalizar el Gigüela que hace cinco días el arquitecto detalló pormenorizadamente a la comisión de Obras Públicas del Ayuntamiento de Villarrubia.

Agrarios, radicales, mauristas, socialistas, propietarios y obreros, todos miran al Guadiana, todos quieren callar el hambre. Enemigo anopheles, amigo río.

Leer Capítulo VII, Episodio 3º “Algo que celebrar”

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