Foto de Emilio Aguirre Moraga

El primer periódico republicano y la imprenta Espadas (Cap.VIII Ep.2º)

(episodio anterior)

4 de febrero de 1933. Daimiel, 8 de la mañana

-Buenos días, Juan.

-Buenas, Miguel ¿ha desayunado algo? ¿Al Bar España le parece?

-Por usted que sea, yo no tengo necesidad al menos hasta las diez. Con dos vasos de agua me pongo en marcha.

-Pues entonces, no hay más que hablar. Rumbo a la imprenta que hoy es un gran día Miguel.

Miguel Briso de Montiano hará los veinte en unas semanas. Juan Benimeli Navarro va con el siglo, cumplirá treinta y tres en otoño. Amigos a quienes la edad es solo una de las muchas cosas que debiera separarles. El primero es de familia arraigada en Daimiel. Hijo pequeño de don Ramón, coronel de artillería retirado y persona de envergadura en el Partido Radical. Juan, sin embargo, nunca pudo echar raíces. Pertenece a España entera por donde vagan sus memorias desde que siendo un crío dejó su Albacete natal para trashumar al reclamo de su abuelo, inspector escolar. Atesora una vida de mudanzas; faltriqueras repletas de incontables recuerdos de estimados compañeros de aula en varios pueblos de Lérida y Huesca, ciudad donde se expidió su anhelado título de  Magisterio. Miguel Briso es un joven de derechas y ferviente católico. Juan Benimelli es un señor de izquierdas. Estas tesituras que les hubieran conducido las más de las veces a remar por distintos ríos, sin embargo, no han pasado de motivos accesorios. Discrepancias esfumadas en favor del cuaje de una amistad forjada no en lo que son, procedencia o creencia, sino en la pasión que les cala. Dos maestros nacionales con una volcánica adicción por expresarse y por permitir que otros lo hagan, aunque no comulguen con sus ideas.

Juan Benimeli quedó prendido del periodismo cuando se le ofreció colaborar en un diario de Lérida, solo tenía catorce años. Ejerciendo la docencia en calidad de interino en Santalecina (Huesca) y  como titular en el pueblo ilerdense de Vilanova de San, siempre motivó a sus alumnos a que los alzamientos fueran con pluma en mano. Aburrido del norte, escapó a tierras meridionales. De maestro en Bujalance, promovió su primera publicación, un semanal bien saludado entre sus entonces vecinos cordobeses. El día que en Daimiel  clavó su enésima pica, Juan Benimeli Navarro no aguardó un segundo. Emprendió una desenfrenada búsqueda de mentes inquietas, visiones regeneradoras, amantes del arte o de la ciencia, aturdidores de conciencias, fiscales del entorno… hombres libres. Le hablaron de Miguel Fisac, el hijo del farmacéutico que reniega de pócimas y empatiza con planos. Poco después le presentaron a Miguel Briso. Desde entonces, el vástago del coronel le defiende donde haga falta, “a quien llamáis forastero no tiene más ideología que el progreso cultural, económico y administrativo de nuestra ciudad” y “tampoco es anticatólico porque le conozco muy bien. Si así fuera no estaría a su lado”, proclama allí donde le interpelan. Miguel Briso, de hecho, es el enlace de Benimeli, el captador de columnistas que invita a participar como redactores a todos los jóvenes del pueblo, sin censura previa de sus ideas.

Y, pese a correr tiempos donde la moderación no vende, pese a que el dinero es cobarde ante la incertidumbre de una república bamboleante, he aquí, a poco de amanecer un día frío y seco de febrero, la jornada que habrá de alumbrarse el primer periódico en casi nueve años, los que han pasado desde que Adelante pusiera su último número en la calle.

Juan y Miguel se aproximan al número 4 de la Plaza de San Pedro. La imprenta de Espadas no abre hasta las nueve, pero a ellos les han reservado cita a puerta cerrada. Golpean con los nudillos la chapa que protege las dos hojas de cristal. Al poco, es el propio dueño quien les recibe.

-¿Molestamos, don Francisco? –excusa Miguel Briso.

-Al contrario Miguelito, vienen en el mejor momento. Adelante, apenas quedan una decena de pliegos por cortar, si se esperan se los llevan.

-¡Estupendo! –exclama Benimeli.

- Aguarden aquí –señala Espadas- voy a comunicar a los operarios que cuando concluyan la tarea avisen a mi hijo Manuel, él les atenderá y, si lo desea, señor Benimelli, le enseñamos cómo trabajamos en este modesto negocio. Agradeceremos cualquier comentario, dada su experiencia.

-Por Dios don Francisco, por lo que me ha comentado Miguel, no paso de aprendiz a su lado.

No le falta razón a Benimelli. Francisco Espadas López aquilata medio siglo de profesión, cuatro quintas partes de su vida entre fardos de papel, tipos y tinta.  Natural de Ciudad Real, nació en una hermosa casa que asoma a la amplia plaza donde parte la calle Toledo. Fue el efímero hogar de una infancia volteada por ocho días trágicos, los que separaron las muertes de sus padres. La enfermedad llevó a la tumba a uno, el disgustó enterró a la otra. Él y su hermana Mercedes fueron acogidos por sus tíos carnales a quienes la compasión se les agotó pronto. El hospicio provincial se cruzó en el destino de las criaturas y, sin embargo, tal adversidad les haría inseparables. La orfandad aceleró sus madureces y, cuando tuvieron la edad suficiente para sobrevivir, tomaron el ato y no miraron atrás.

Francisco y Mercedes se presentaron en Daimiel buscando una oportunidad. Ella se distinguió rápidamente por su habilidad en el bordado, su hermano venía con el oficio de impresor aprendido. Convenció a un socio capitalista para montar un taller en el Parterre. No tardó en quedarse solo en el negocio y fue cuando se trasladó. Cambió Santa María por San Pedro y desde entonces, no hay cartel, almanaque, periódico o estampilla repartida por el pueblo en cuyo pie no figure la firma “Imprenta de Espadas”

El recibidor y dispensario de la imprenta es una amplia estancia rectangular con un mostrador en “L” que perimetra la mitad de la sala. Queda despejada toda la pared de la derecha donde, en varios estantes, se distribuye la papelería de venta al público. En la pared contraria, varios bloques de anaqueles y cajones. Ahí se alinean secantes y cuartillas, en perfecto orden. También el material para los típicos mandados, postales de compromiso, regalos para novias, tarjetas de boda o efemérides de difuntos que suelen repartirse especialmente en los primeros aniversarios de las defunciones. Al entrar a mano izquierda, detrás del mostrador, una máquina de escribir Underwood sobre una mesa de madera, quizá rescatada de un antiguo despacho, y un sillón junto a la ventana que llena de luz el lugar. Es el rincón para anotar pedidos o extender facturas, el punto de atención al cliente. En la parte más visible, un ornamental aparador anclado en el codo del mostrador para el surtido de plumas más notables; las colecciones más corrientes y los lapiceros las guardan en otra vitrina, la que están escudriñando los invitados cuando una tercera persona irrumpe en la tienda.

-Buenos días señores, esas de ahí se venden como rosquillas. El pedido no dura más de un mes. Al viajante lo tenemos en un altar –interrumpe Manuel Espadas.

-Hombre, Manolo, la verdad es que se entretiene uno con tantas cosillas –comenta Miguel al hijo del jefe.

-Todo un museo, Miguel. Y esto no es nada, guardamos un ejemplar de cada papel impreso. Varias décadas de trabajos. La pena es que algunos ciertamente relevantes ni llevaban firma, ni creímos conveniente conservar –comenta Manuel Espadas con la plena seguridad de que Miguel Briso de Montiano ha entendido por dónde van los tiros.

El padre del joven, el mencionado coronel Ramón Briso de Montiano y Lozano no está retirado por gusto. Fue el mal menor que le sobrevino por integrar un cuerpo militar manchado por la traición del general Aguilera que jugó a ser demócrata. El 29 de enero de 1929 protagonizó un alzamiento militar en Ciudad Real contra el dictador Miguel Primo de Rivera. Muchos de los protagonistas de la asonada pagaron la osadía con su vida en juicios castrenses celebrados cuatro meses después, la sentencia para Ramón Briso fue facilitarle la prejubilación. Y ¿qué tuvo que ver la imprenta Espadas en esto? Pues que horas después del pronunciamiento del general Aguilera, los aviones del régimen lanzaron octavillas desde el aire con un mensaje gubernativo a fin de intentar la rendición de los acuartelados y minar su resistencia. Se sabe que en la víspera hicieron escala en el aeródromo de Daimiel y, con tan escaso margen de tiempo, aquellas octavillas solo pudieron salir de las máquinas de Espadas. El arcano ha quedado enterrado en un rincón de la memoria de este taller que de ser así contribuyó en parte a la historia reciente de España.

Manuel Espadas Borondo (foto Ángeles Serrano Espadas)
Manuel Espadas Borondo (foto Ángeles Serrano Espadas)

-Venid para el taller y vemos cómo rematan lo vuestro –invita Manuel Espadas a Juan y Miguel que dudan por dónde salvar el mostrador.

-Allí, junto a la ventana está la trampilla.

Los tres cruzan la puerta que conduce a la sala de máquinas. Justo al entrar a la zona privada, se extienden amplias estanterías de altura considerable, desde el suelo de madera hasta el techo. En cada módulo se hayan distribuidos en cajetines los tipos de plomo y calamina con cuerpos que van del 6 al 72. Mayúsculas y minúsculas. La mayor variedad de letras las encuentras entre el 8 y el 12, las más usadas para la impresión de publicaciones periódicas. En los laterales, a la izquierda la remesa de papel, a la derecha las tintas no líquidas. Negras, azules, doradas, plateadas, granates o verde oliva. En el centro de la habitación, la joya del lugar, una aparatosa máquina de impresión Minerva indicada para pliegos de cuatro folios. Para los trabajos menores, otro armatoste más antiguo, una máquina cilíndrica para dar salida a los encargos más artesanales y laboriosos.

En la principal, un operario lubrica el engranaje y retira con mimo la grasa sobrante sirviéndose de un trapo pringoso. El cajista -encargado de componer los moldes- tras acabar su tarea echa una mano al compañero de la guillotina. Entre ambos montan los últimos números del semanario, mientras Juan y Miguel disfrutan de un proceso que toca a su fin.

-Don Manuel, esto ya está.

-¿Esos de ahí también, no? –Consulta a su empleado- ¿Eran doscientos en total? –se gira hacia Benimeli y Briso de Montiano quienes afirman al unísono.

Manuel Espadas toma un ejemplar, testa suavemente al papel, comprueba el secado, lo ojea unos segundos y se lo entrega a don Juan. Éste, henchido de orgullo, disimula con semblante indolente la inmensa satisfacción que siente antes de proceder a revisarlo desde la cabecera. No es el hecho de sostenerlo en sus manos como si de un recién nacido se tratase, es sobre todo oler el efluvio de un periódico recién salido de máquinas, una fragancia ciertamente estimulante.

“Daimiel” es el nombre, “Semanario defensor de los intereses locales”, el apellido. En mayúsculas “JUAN BENIMELI”, director-fundador de un periódico que ubica la redacción en calle Magdalena 9, en el Hotel García, donde al maestro le ha hecho una iguala el propietario Carmelo García-Maroto, mientras termina de ubicarse en el pueblo. Con los 10 céntimos que cuesta (una peseta y media se pide por El Pueblo Manchego) no tendría ni para costear el papel. Afortunadamente, este primer número saldrá en unos minutos a la calle sufragado por la publicidad de comerciantes e industriales. El repostero Manuel González que anuncia su servicio de bodas y bautizos en el 12 de la calle Fontecha; media página se ha reservado “Cementos El León” y su distribuidor en esta plaza Gonzalo Moreno; el concejal Ramón García Yepes ofrece sus prestaciones como constructor y reparador, no falta la colaboración del parador de La Castora, ni su vecino de soportal en la Plaza de la República, Miguel Sánchez Aldea. Pescadería y Frutería. Tuerce el gesto Benimeli al comprobar que se han comido una “E” en el anuncio de Ángel Martínez, delegado en el pueblo de Construcciones Financiadas S.A.

Toda la portada está reservada para la sesión extraordinaria del pasado lunes en la que se eligió presidente de la Comisión Gestora Municipal al socialista Lorenzo Gómez-Limón. Páginas adentro en la sección “Pildoritas” una columna dedicada al mitin de Acción Agraria del día 29 y, en el apartado de mentideros, bajo el título “Visto y oído”, la firme intención de la corporación municipal, o lo que queda de ella, de derribar el edificio de la Casa Consistorial y encargar el diseño de otro. Se marca el redactor una puyada para semejante pretensión, sin miserias. Solo entendible “de ser cierto” por la “necesidad de dar trabajo”.

-Llévese los que usted vea, don Juan. Mi recomendación es que deje aquí al menos la mitad. La gente sabrá donde encontrarlos –intercede el jefe Francisco Espadas tras entrar en el taller a través de la puerta que comunica con la vivienda familiar.

-¿Se marcha usted don Francisco?

-Sí, y no de buen grado. No por el objeto del viaje, bien sabe Dios, sino porque hace días que no me siento muy católico que se diga.

-Ande padre, que aquí no va a encontrar nada más que disgustos. Dé un fuerte abrazo a mis hermanos.

El dueño de la imprenta se ajusta el Gabán, se cala el sombrero y toma la maleta. En la puerta un coche le lleva a la estación. Tomará un tren destino a Madrid. Pasará unos días en la capital con sus hijos Luis y Vicente que, últimamente, no hay quien los traiga al pueblo.

Archivo Municipal de Daimiel
Archivo Municipal de Daimiel

Una semana después. Madrid, cementerio de la Almudena

Este sábado no hay número 2 del semanario. La familia Espadas se encuentra reunida y abatida en el camposanto de la capital de España. Ayer falleció don Francisco, al poco de poner pie en Atocha sintió cómo recaía de una antigua dolencia que le tenía a mal traer. Mantuvo la consciencia hasta un par de horas antes de expirar. Al cura le dio tiempo a ungirlo, no al cochero ni al tren para devolverlo vivo a Daimiel. No quisieron ver sus hijos en los ojos de Francisco que llevaba un par de días despidiéndose sin nombrarlo. Descansará en el Cementerio de la Almudena.

Francisco Espadas en su casa de la Plaza de San Pedro.

Francisco Espadas en su casa de la Plaza de San Pedro.

 Leer Capítulo VIII, Episodio 3º “Muerte de un socialista”

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