Foto de Emilio Aguirre Moraga

Muerte de un socialista (Cap.VIII Ep.3º)

(episodio anterior)

22 de febrero de 1933. 9 de la mañana

Una noche entera de vigilia le ha dejado los párpados cargados de plomo y los ojos palpitando, inyectados en sangre. Extenuada, aguanta la vertical encaramada sobre una piedra rasa para repeler el rezume bajo sus pies; la humedad del corral. Sus dedos entumecidos, gruesos y bermellones, acusan la artrosis de años haciendo la colada. Tinajón, tabla de lavar y un jabón verde pálido de los comunes que fabrican donde Vicente Rodríguez. Día tras día la misma faena aún caiga sobre sus huesos el pelado más atroz del invierno. Balanceando levemente los hombros, restriega cadenciosa los puños de una blusa raída, apurando el tiempo antes del desfile de cumplidores que no serán tantos por tratarse de un finado forastero.

 Es la más apañada, sabia y granada de todas las mujeres de esta casa de vecinos. Solvencia que asoma en días como hoy en que toca posponer trajines domésticos. Su desempeño es procurar un servicio decente a quien se digne a figurar en la casa del deudo; el domicilio funerario donde hace escasamente una hora daba postreras bocanadas un socialista de 37 años. Su amigo. La muerte ha aliviado una agonía de tres días interminables, de quejidos que barruntaban una enfermedad sin remisión.

Mari Reyes Ruiz de la Hermosa arrima una última orza de barro para que sea su hija quien continúe frotando. Humea el agua recién apartada de la lumbre casi a punto de ebullición; agua del pozo ablandada con ceniza y una pizca de sosa a fin de neutralizar el alto contenido de cal. La madre se seca las manos con el mandil antes de desanudarlo sin dejar de caminar por el empedrado del humilde portal donde un zarzo delimita la zona común de las viviendas. La familia de Mari Reyes tiene en propiedad tres habitaciones. En la cocina-comedor-recibidor -la estancia multiusos donde se hace vida- se agradece el calor que emana de los rescoldos del primer fuego de la mañana. Mari Reyes se arrima a la chimenea para resucitar sus extremidades. Remete las horquillas del moño, ajusta la redecilla y cubre sus hombros con una toca negra que andaba al retrotero encima de un poyo. De regreso al patio de vecinos, encuentra en el zaguán el primer remolino de ajenos.

 -¿Sigue dentro? -pregunta al grupo.

-Lleva poco, pero no creo que tarde –responde uno.

Esperan a que el médico certifique el óbito de quien ha llegado donde iba. Ella es una experta amortajando, la fama le precede. Ha lavado, cubierto y vestido los cadáveres de su familia e incluso de los allegados que no la tienen, como es el caso. Otras de las muchas tareas para las que solo tienen cuerpo y arrestos nuestras mujeres. El más viejo del lugar, entretanto, echa mano del recurso a muletillas y decires que suelen rescatar las palabras de estos silencios fúnebres. El anciano hace hora tirando de anecdotario, descansando en una desvencijada silla de enea con los palitroques torneados, medio descascarillados y apunto de troncharse.

 -Le entró un  dolor miserere y no ha salido de ésta. Se quejaba del riñón –sentencia el abuelo.

Dentro de la casa-habitación del desgraciado, Mari Reyes, enrolla la persiana de madera verde dejando entrar la poca luz que regala esta mañana de niebla; la suficiente para que el forense Emiliano Fernández-Bermejo pueda atinar con el formulario que da fe de la defunción. Poco después, en la casa consistorial, toma nota el juez municipal.

Tomás Briso de Montiano registra la ficha con nulo pesar y guardándose para sí algún comentario, más por prudencia que respeto. Hace bien, porque junto a don Emiliano revisa el papeleo el mejor amigo del fallecido, Manuel Infante Ruiz de la Hermosa. Vecino de calle y de acera, ‘Manolo el Cabrero’ ha sido el mayor apoyo del difunto en su vasta trayectoria en la Casa del Pueblo, su compañero en la agitada oposición municipal. No ha sido agradecida la vida con él. Pino y tierra, ahora que le tocaba sentarse en el lugar que hoy ocupa Lorenzo Gómez-Limón, flamante presidente de la Comisión Gestora. El Dios en quien no cree se ha negado a que un vulgar y advenedizo costurero descanse sus posaderas en sillón tan egregio por mucha República que haya.

Apellidos y nombre: López Casado Palomero, Félix.

Lugar y fecha de nacimiento: Puertollano. 1896

Padres: Crisanto y Sinforosa

Profesión: sastre

Domicilio: calle Magdalena 8

Causa del fallecimiento: Nefritis crónica

Hora: 8 de la mañana

-No deja testamento-

Ayuntamiento de Daimiel. Pleno extraordinario. 18 horas

Han vuelto las sesiones de la tarde desde que los cinco concejales presentes en la cita de hace dos semanas -la primera oficial de la Comisión Gestora- decidiesen regresar a esta hora más propia de la clase trabajadora. Entonces ya se anunciaba la convalecencia de ‘El Cojo’, hoy también se disculpa la ausencia de Pantaleón Pozuelo. Le han concedido una licencia de dos meses.

-Conste en acta -manifiesta afligido Lorenzo Gómez-Limón -el profundo sentimiento producido por la muerte esta mañana del vocal de esta Comisión Gestora. Don Félix López Casado era una persona llena de admirable entusiasmo por los ideales que sustentaba. En toda su actuación municipal puso al servicio de ésta sus grandes prendas personales, siempre laborando con enorme fe en todas las actividades que se le encomendaron. Como presidente de este ayuntamiento, propongo la asistencia de la corporación en pleno al entierro que ha de celebrarse mañana. Del mismo modo, en conformidad con el deseo expresado por nuestro difunto compañero, la banda municipal de música habrá de personarse en su despedida. Por otro lado -continúa el regidor interino- solicito se apruebe por los presentes el sufragio de todos los gastos del entierro como coche y caja. Por último, insto a que se le conceda en el cementerio de esta ciudad una sepultura a perpetuidad en la zona 5ª, fila 4ª, nº 1 del patio de San José.

23 de febrero. 4 de la tarde. Casa del Difunto

Hace una hora que el ataúd fue sacado al patio. Por si alguien siente frío y prefiere esperar resguardado, dentro de la habitación de López-Casado se han dejado las sillas más aparentes, las prestadas por los vecinos. Las de madera acaban de distribuirlas en el exterior dos mozos del servicio de Pompas Fúnebres. Circundan el féretro alineadas en tres hileras, a un lado, al otro y por detrás. Queda despejada la parte delantera del ataúd para dar entrada y salida a quienes vienen a dar la cabezá. Es la praxis del pésame. La parafernalia prendida en este pueblo para honras que hoy no exigían tanta ortodoxia porque no hay nadie a quien específicamente acompañar en el sentimiento y, además, puede resultar inapropiado desear que Dios lo tenga en su gloria. Pocos tomarán asiento, el momento invita más a la animada conversación en corrillos. Nada sería más respetable para el córpore insepulto que esperar la partida al cementerio charlando de política. Y así lo hacen.

En un rincón se envalentonan los zagales de la Casa del Pueblo. Cualquiera lo diría después de haber irrumpido en el velatorio con tanto miedo como vergüenza. José Sánchez de Pablo se echa unos años encima sacando cuerpo, un hombretón al lado del camarada Lope Abril. Pipiolos de perfil bajo cotejados con el sagaz Bernardo Alcázar. Hablaba con desparpajo ‘Alcacilla’ cuando ha captado  alguna mirada reprobatoria desde la zona noble, atenúa el volumen de su voz y continúa departiendo con sus iguales. ‘Alcacilla’ es de fisionomía menuda, pero inmenso de temperamento. Sin cumplir los dieciocho, está determinado a hacerse un sitio, para empezar, en la política local. Las palabras, casi siempre atinadas, le rebosan de un carácter forjado en el don de la persuasión. En apariencia o realidad, siempre se muestra seguro en su gestualidad y dialéctica. El líder de las Juventudes Socialistas procede de una familia de clase media. Tejeros arcabuceros que viven detrás de La Paz, en la calle Pozo de Ánimas. Que no pasara de la escuela a la Segunda Enseñanza no significa que haya dejado de leer. Su bachiller es la autodidáctica y los frutos los recogen y estiman en el PSOE, tan necesitados de intelectualidad.

Alcacilla responde a la llamada de Miguel Carnicero, el secretario de la Casa del Pueblo le ha hecho un gesto para que se una al grupo de los veteranos. Ahí están el negociador de los jornales Nicolás Cortes ‘El Rojo'; el tabernero y taxista Basilio Molina;  el empleado de La Francia y hombre de confianza de don Max Cassin, Andrés Carranza Oliva; uno de los pilares organizativos de la Casa del Pueblo, Claudio Campos Aparicio y su inseparable Joaquín Ogallar Muñoz de Morales, otro de los pujantes. El ferroviario Ogallar tiene buen porte. Le queda niquelada la chaqueta de pana. Un poco ancho el pantalón para lo delgado que está. Moreno de cara y pelo, de marcados rasgos varoniles, últimamente se le ve más hecho, sería a raíz de asumir la Secretaría de la Federación Local Obrera, órgano afecto a la UGT.

Joaquín Ogallar Muñoz de Morales (fte. Guía de Daimiel)

 

Miguel Carnicero pasa su mano derecha sobre los hombros de Bernardo Alcázar en actitud paternal

-Aquí están los que nos van a enterrar –afirma con talante litúrgico, a falta de cura, el secretario de la Casa del Pueblo.

-¿Qué cuentan los chicos? Diles que el domingo por la tarde los quiero a todos sin falta en la reunión -espeta Carnicero a ‘Alcacilla’.

-Lo saben de sobra. No faltará uno -asegura el jefe de las Juventudes.

-Por un lado ahora tenemos un par de meses al ayuntamiento comiendo de nuestra mano -se dirige Carnicero al resto del grupo- de hecho Lorenzo hará todo lo que pueda para presionar a los propietarios, sin embargo sois conscientes de que es el Jurado Mixto el que dicta.  Por lo tanto el esfuerzo habrá de ser doble. Hemos de ser corajudos para cuando acuda a Manzanares me traten con respeto.

-El 2 de marzo -interviene Joaquín Ogallar- expira el acuerdo suscrito en noviembre con los patronos y eso implicará que muchos jornaleros queden en paro desde ese mismo momento. Sin poda de cepas ni olivas, no hay tarea en el campo hasta que se caven en  mayo. Y no hay voluntad en el Sindicato Agrícola de dar otros usos al jornal. Aquí lo primeo es ahorrar dinero.

Asienten otros con galones que andan de pie a un par de metros de distancia. Son el brazo armado del partido. Tres pares de hermanos. Agustín y Antonio Gómez del Moral, más nombrados como ‘los Picota'; Luis y Juan Antonio Díaz-Galiano; y Matildo y Casiano Alegre Corniel, quienes han acudido acompañados de otro mancebo con pinta de pendenciero y aire de insolencia. Es su primo Pedro Ruiz de la Hermosa-Corniel, sorteado con sus quintos hace apenas cuarenta días.

Casiano Alegre es el patriarca de la familia. El respeto que le tienen, cuando no miedo, es más por currículo que por sus acciones pueblo adentro. La hoja de servicios del jerarca de ‘Los Casiano’ incluye una condecoración militar por valentía y pundonor en la guerra de Marruecos. Fue reconocido “héroe de Cobba-dalsa” por su combate al moro mientras hacía la mili al sur del Estrecho. Tuvo la suerte de escapar de una matanza. Aquello fue en 1924. Se emociona aún al recordar cómo decenas de paisanos y la banda de música le recibieron con loores y marchas castrenses al apearse del tren. Bajó andando toda la calle estación al son de los chicos de don Valerio y en la Casa Consistorial le rindieron tributo el Ayuntamiento en pleno y el delegado gubernativo del partido, que entonces era Vicente Noblejas en una de sus numerosas atribuciones. Le cayeron 250 pesetas de premio y, desde ese día, guardia montado con plaza reservada hasta la conclusión del servicio militar. Al regreso, tras un tiempo patrullando, pidió al alcalde Filiberto Lozano que le canjearan el puesto por el de guarda forestal. Al poco también lo dejó. Fue diciendo que no tenía cuerpo para arrestar a furtivos y pobres rebuscadores. Hoy lleva la distinción enganchada a la solapa.

A quien no le ha dado tiempo a adecentarse es a ‘Estebillán’. Esteban Gómez-Alegría. Viste una blusa de a diario, con canesú rizado y tira de cuello.  Ha pedido un vaso de agua al segundo de llegar y sin quitarse la gorra, charla un poco aturullado con Ignacio Jiménez de los Galanes ‘Gavillera’. No se han movido de la puerta, entre sol y sombra con medio cuerpo en la acera. Ahí se entretienen alternando y controlando el pampaneo.

-Ya vienen los señores –espeta ‘Estebillan’ con cierta sorna.

El alcalde de Ciudad Real, José Maestro.
El alcalde de Ciudad Real, José Maestro.

Al fondo se acerca la comitiva municipal, los pocos concejales que quedan al frente de la Gestora. El exalcalde Antonio Maján marcha a la par de los mauristas Adrián Lozano y Ramón García-Muñoz Fernández de Yepes. Intenta cogerles el paso el radical-socialista Antonio Almela Hernández quien ha encargado a su hijo que abra esta tarde la tienda de zapatos. Dos metros atrás el presidente y regidor interino Lorenzo Gómez-Limón y el alcalde de Ciudad Real José Maestro. Han excusado su presencia los diputados socialistas Fernando Piñuela y Antonio Cabrera por deberse este jueves a sus obligaciones parlamentarias. Han ordenado leer sendos telegramas de condolencia.

Ya están todos los que son, incluso la banda de música ha formado filas tras el carruaje mortuorio de Martín el cochero. Dos caballos con crespones y unos colgantes dorados. Los más íntimos pisan la calle con el féretro en brazos, lo ubican en el coche y lo cubren con la tricolor. Otros cuelgan media docena de cintas dedicatorias y, tras mirada aprobatoria de Gómez-Limón, emprenden el paso dirección a la calle Almagro y de allí al cementerio. Sin cirios, ni frailes, sin letanías ni rastro de clero.  Solo un frugal responso de los que llaman laicos y unas selectas partituras en el repertorio que no enojarían a un ateo. No es poco para un sastre, sin embargo. Quien le hubiera dicho de chico que tanta autoridad iban hacer de su último adiós casi un entierro “a la Federica”.

Se levanta la brisa trayendo de la lejanía los acordes del saxo soplado por el bisoño Francisco Ortiz. Los armoniosos graves aventados por la tuba del fornido José María Fernández Rodríguez de Guzmán el de ‘Los Navajeros’ componen el último eco del duelo recogido en Magdalena 8. Los mozos de la funeraria han reaparecido para desmontar el tinglado. En el cementerio abre camino el conserje Pepe Reyes. Antonio Sánchez Valdepeñas espera en la cárcava con la losa apoyada de canto en la tumba de un difunto vecino y un cubo con cemento. Felix López-Casado es enterrado sin catafalco, ni cenotafio. Uno de estos días alguien vendrá a esculpir un epitafio que ‘El Cojo’ no dejó escrito.

La anónima sepultura de Félix López Casado.
La anónima sepultura de Félix López Casado (2015).

 

 Leer Capítulo VIII, Episodio 4º “El mejor ayuntamiento jamás pensado”

 

2 comentarios sobre “Muerte de un socialista (Cap.VIII Ep.3º)”

    1. Antonio Casiano Corniel. Esto que cuento en este capítulo lo apunta Francisco Alía Miranda en las páginas 65 y 66 de ‘La Guerra Civil en retaguardia’. Por lo demás, las referencias de su sobrino Francisco Alegre en su primer libro autobiográfico ‘Mi Noria’. Pero la crónica al detalle en la hemeroteca digital de ABC (22/07/1924). En el próximo capítulo que publicaré esta Navidad vuelve a salir. Te lo adelanto en tu e mail

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