Foto de Emilio Aguirre Moraga

Elecciones de abril. La rotura de urnas (Cap.VIII Ep.6º)

(episodio anterior)

El presidente del Consejo de Ministros persigue enterrar para siempre el artículo 29 de la antigua Ley Electoral, el fantasma que no ha cesado de mortificar a su Gobierno. Aunque derogado en el preludio republicano, no se extirparon por completo sus ramificaciones reaccionarias en centenares de ayuntamientos de la España rural. Las cosas se hicieron a medias. Aquellos consistorios solo fueron renovados parcialmente en los comicios del último día de mayo de 1931 pese a convocarse ex profeso.

Atendiendo estrictamente a la aritmética, eran y son gobiernos con sólidos cimientos del antiguo régimen en tanto en cuanto no habían celebrado elecciones en la fecha grande, el día señalado del 12 de abril, cuando viró el rumbo del país. Sin embargo, en el supuesto de que los comicios del 31 de mayo no hubiesen sido parciales sino sobre la totalidad de los concejales cabe preguntarse si el resultado habría dibujado un mapa dominado por las izquierdas o al menos más emparejado. El hecho es que en esos enclaves no estaban suficientemente organizadas, ni contaban con bases sólidas para competir con las fuerzas hegemónicas conservadoras. Tomando Daimiel como ejemplo de lo acontecido, si se ejecutó el artículo 29 (no hay elecciones al presentarse uno por uno los veintidós que ya estaban) es porque esta ciudad adolecía de aspirantes, como había filtrado a Madrid meses antes de los comicios el cacique marqués de la Viesca. “No se ha montado candidatura republicana alguna. Todo está en orden”, informaba en un telegrama al ministro de Gobernación el apodado ‘Dueño de Daimiel’.  Dos años después, desde su escaño de Madrid, Manuel Azaña estima que ahora la ocasión podrían pintarla calva.

Daimiel es uno de los municipios que se escrutan con lupa. Tras las municipales del 31 de mayo de 1931 arribaron ocho concejales para cubrir las vacantes de los ocho monárquicos que semanas atrás habían sido obligados a dimitir. Sin embargo, no se habían expuesto al escrutinio de las urnas los catorce asientos restantes, de indudable calado conservador. Se emprendió por tanto una transición incompleta. Cómo es posible -delibera Azaña- que permanezcan en el poder ediles emanados de un artículo suspendido, además de extemporáneo. El Ejecutivo considera llegada la coyuntura de emplearse en reparar tal irregularidad, toda vez que el proceso constituyente quedó cerrado y creen tener razonablemente armadas las leyes que aploman el régimen.

Veintitrés meses después, cuando Madrid explora nuevas vías que consoliden la República se incluye en el orden del día la reparación de aquello. Una mirada atrás para suturar la brecha municipal que todavía supura. Además, el jefe de Gobierno espera que la llamada a urnas mitigue el dominio de la derecha en esos 2.478 ayuntamientos, todos del ámbito rural. No son tan entusiastas en las huestes del Partido Socialista donde contemplan las elecciones como una maniobra arriesgada, susceptible de operar el efecto contrario del pretendido. Todavía se sacuden el polvo del revolcón en Casas Viejas y conocen mejor que Azaña cuán tiernas están las organizaciones obreras en los pueblos y aldeas de Madrid al sur. Sea lo que fuere, la fecha marcada es el 23 de abril y, de entrada, el hito es que son las primeras elecciones en poner una papeleta en las manos de las mujeres.

Foto del blog Lasmenidadesdelamemoria
Foto del blog Lasmenidadesdelamemoria

En Daimiel deberían servir para designar a catorce concejales que sumarse a los ocho electos en las referidas parciales de hace dos años. No obstante, el fallecimiento del socialista Félix López Casado ha liberado una plaza; en total 9.200 votantes convocados para decidir la titularidad de una quincena de concejalías. Es, con diferencia, el más grande de la veintena de municipios de la provincia obligados a celebrar elecciones. Del resto de pueblos huérfanos de transición -anclados por el artículo 29 a la dictablanda de Belenguer-, Calzada de Calatrava y Aldea del Rey son los más poblados; ninguno alcanza ni una tercera parte de los vecinos empadronados en Daimiel. Es por ello que las principales figuras territoriales de los partidos en liza deciden pasar aquí la jornada de votaciones. Desde primera hora de la mañana se han dejado ver por la plaza el diputado socialista Cabrera, el secretario del Comité de Acción Agraria Rafael Ramos Bascuñana y, representando al Partido Radical, los señores Montoya Martínez y Francés.

Todos a votar

Carteles acoplados en las fachadas, maderas y tapiales, letreros colgados del alumbrado público. La silueta roja de un varón de apolíneas hechuras pisa firmemente el verde del campo parcelado; un terreno cualquiera con una casilla al fondo. Cromática y elementos primarios para simbolizar la Reforma Agraria. Esta piedra angular de la demanda obrera es el señuelo de la propaganda socialista. El reclamo oficial coexiste con lemas vulgares, rotulados de madrugada para no dar tiempo a ser borrados por los servicios municipales o por los contrarios aludidos. “No votéis a los caciques”, reza bien grande una proclama pintada a brocha gorda; “mueran los burgueses”, amenaza otra a escasos metros de un colegio electoral y, en el camino, un par de afiliados a la Casa del Pueblo entregando pasquines donde, sin entrar en detalles, se promete el reparto de muchas tierras.

Las mesas se han constituido con normalidad. A las diez de la mañana la animación frente a los colegios es extraordinaria. Como si la consecución del sufragio femenino fuese cosa de ellos, celebran las derechas que las mujeres hayan salido a votar con denuedo. Entre el humo de pitillos mañaneros y tañido de campanas, apunto de sentir misa, se comenta en los corros de señores a la puerta de Santa María cuán gallardas son al acudir a los colegios olvidando las amenazas que -aseguran- días atrás vertieron contra los elementos de las derechas. Éstas dan por hecho que si eran holgada mayoría solo concursando los hombres, la irrupción del electorado del sexo débil acrecentará la ventaja; porque ellas, las mujeres, son las verdaderas custodias de las costumbres.

Los distritos electorales están vigilados por representantes de los partidos concurrentes. La Guardia Civil espera acuartelada las órdenes de los presidentes de mesa si se requiere su presencia. Para las menudencias, es el paisanaje quien asume el mandado de despejar de sujetos impertinentes la ruta hasta las urnas, verbigracia los grupos de agrarios y radicales que rondan celosos los barrios periféricos dando sensación de seguridad.

A las once de la mañana, protegidas por mozos de Juventudes Católicas, salen a votar en procesión las religiosas. Cubiertas de cabeza a los pies con sus hábitos dominicales, modestamente recamados, son recibidas amablemente a las puertas de los colegios donde no gastan más del tiempo necesario. Les ceden el turno los presentes, no es día para el clero de hacer cola ni recrearse. Emplean diez minutos escasos en ejercer su derecho; las carmelitas descalzas cerca de La Paz, las monjas mínimas no lejos del centro. Regresan unas y otras a sus respectivas comunidades, flanqueadas de nuevo por los zagales que habían esperado en la calle montado guardia como si dentro estuviese depositando el sufragio el mismísimo presidente de la República. No todas han pedido permiso al Señor para levantar la vista del suelo en el pastoreo hacia los colegios. Esas célibes se han ahorrado la congoja por leer en los mismos muros de sus conventos “que tengan cuidado las monjas porque si salen no entran”. Han tenido cuidado y están de vuelta a su clausura veinte minutos después.

Casi es mediodía, amigos y parentelas interpretan en las cantinas las impresiones recogidas en los puntos de noticia. En el cenobio socialista, la taberna de Basilio Molina, se arraciman los significados del partido refiriendo episodios de dispar gravedad: un sujeto  empecinado en votar en un distrito ajeno o las cabinas donde algún energúmeno habría rajado papeletas de los marxistas. La afluencia masiva a los colegios les predispone a temer un desenlace más que desabrido para sus intereses, calamitoso tal vez. En el pueblo todos se conocen y las cuadrillas más numerosas en acudir juntas a la fiesta de las urnas tienen poca traza de guardar el carné de la Casa del Pueblo en el bolsillo de la chaqueta. En la barra alguien comenta haber visto entrar en el ayuntamiento al diputado socialista Antonio Cabrera junto al representante de la Casa del Pueblo de Manzanares, el alcalde Gómez-Limón, el concejal Manuel Infante y otros compañeros que opositan en estas elecciones como Joaquín Ogallar y Ángel Martínez. Se desconoce la materia tratada en ese cónclave y si tiene relación con el hecho de que, una hora después, los apoderados de las derechas difundan entre los suyos que alguaciles y guardias municipales se han personado en los colegios solicitando a los presidentes de mesa un avance de los resultados. Denuncian que se trata de una maniobra urdida por el alcalde para intentar condicionar el resto de la jornada.

Enterados de la mayor, los directivos provinciales de Acción Agraria Manchega y del Partido Radical, los señores Bascuñana y Montoya Martínez, dan instrucciones a sus subordinados para que pongan el grito en el cielo y propaguen la supuesta coacción de las autoridades socialistas. Algún oído indiscreto que pasaba por la plaza capta el contraataque propagandístico de las derechas y acude con el cuento al consistorio. Tres minutos después dos guardias, muy educadamente, instan a ambos dirigentes a que se personen ante el alcalde y rindan cuentas sobre sus ardides.

No se achantan Bascuñana y Montoya al ser requeridos por el regidor. No en vano, admiten haber propagado en sus filas lo ocurrido con las autoridades en los colegios electorales. Es más, aprovechan la ocasión para elevarle su más enérgica protesta por lo que consideran una intromisión ilegal en la libertad de los ciudadanos. Gómez-Limón decide no escalar en el conflicto y terminan incluso charlando distendidamente sobre asuntas más prosaicos. Simultáneamente, a pie de urna, de las tiranteces se pasa a la hostilidad. Los presidentes de mesa, en medio de un embrollo cuyas causas son ajenas a sus atribuciones y aún noqueados por las inesperadas intimidaciones, solicitan el envío de parejas de la Guardia Civil; pero pasa un cuarto de hora de la una de la tarde y no se sabe dónde andan. En el cuartel les aseguran que ya mandaron todos los que son, quedan cinco en las dependencias y menos de ese número no garantiza una custodia efectiva de las instalaciones. Rehusan abandonar el puesto mientras no lo ordene la superioridad.

Avanza la tarde y en vista de los insistentes rumores de alteración del orden público, Inocencio Sánchez, capitán de la Benemérita, levanta el auricular del teléfono. Solicita del gobernador civil el envío de un camión de guardias de asalto, el cuerpo de efectivos del orden creado por el régimen republicano. Entretanto, todos los grupos pertenecientes a la coalición antisocialista se concentran en la plaza de nuevo. En media hora, un hervidero.

-No estamos dispuestos a que nos arrebaten el triunfo- prorrumpe uno de los cabecillas de los agrarios.

-Si la fuerza no actúa con la energía necesaria estamos dispuestos a aceptar la batalla como sea y donde sea -rubrica otro de los sindicados elevando el tono para si es menester sea captado el recado por los adversarios que también abundan inquietos por los soportales; para que se dé por enterado el diputado Cabrera quien, en este instante de exaltación, abroquelado por media docena de correligionarios entra a comer en la posada de La Castora. Y entran ligeros porque -todo sucede en segundos- han distinguido de soslayo cómo por General Espartero estaban irrumpiendo  los coches que trasladan desde Ciudad Real a las fuerzas de Asalto.

Dentro de la posada, husmeando tras los visillos el desarrollo del despliegue de armados, consulta Cabrera con sus compañeros, engullle el chato de vino de un golpe y provisto de sus razones retorna al avispero. Progresa Cabrera a paso ligero, jactancioso, entre miradas escrutadoras destino a la casa consistorial. No precisa subir a la planta principal para encontrar al alcalde; Gómez-Limón charla en el vestíbulo con el conserje y el jefe de los guardias del pueblo. Lo hacen en voz queda, aparentando sosiego. Sus rostros delatan lo contrario. Ojeras de fatiga y quijadas pétreas de puro estrés. Están sobrepasados por las circunstancias.

-Alcalde, comunique con el gobernador y que retire inmediatamente a la guardia de asalto. Esas fuerzas están de más -interrumpe Cabrera, confundiéndose sus palabras con el clamor de la plaza a sus espaldas porque la puerta aún está cerrándose tras de sí.

-Eso no será posible, diputado, si la guardia civil se ve incapacitada y ellos han tomado esa determinación, una orden contraria pondrá a mi equipo en entredicho y más si la situación deviene en revuelta -responde Gómez-Limón.

No hay más palabras. Cabrera abandona el ayuntamiento y vuelve sobre sus pasos. Visiblemente enojado, pregunta por el colegio electoral más próximo y allí se dirige. Entra en la sala, da las buenas tardes a los presentes, extiende su mano derecha en dirección al presidente de mesa y, cuando éste hace lo propio para estrechársela, el diputado socialista arrebata una urna y la estrella contra el suelo. Petrificados de espanto, apenas les da las piernas a unos para impulsar la silla hacia atrás en movimiento defensivo, a otros como el presidente para ejercer como tal, incorporarse y amagar con detener el oprobio. Entre que deciden actuar y no, Cabrera aprovecha el pasmo de la parroquia para reventar las otras dos urnas dispuestas en este colegio. Los cristales y sufragios se desparraman por el mármol.  Varios goterones de sangre tintan las papeletas profanadas próximas a la entrada. En ese rincón, el socialista venido de Manzanares se despoja de la blusa, saca la navaja, corta un trozo de tela y lo presiona y anuda alrededor de su muñeca derecha, sajada por una esquirla.

-Soy responsable de mis actos -proclama ante la estupefacción de los asistentes a tan violenta secuencia.

Sin embargo, Cabrera no permanece en el lugar de autos para responder por ellos. Abandona el colegio y acelera camino del ayuntamiento, desoyendo las voces que le reclaman. En la calle nadie se atreve a darle el alto pero son conscientes de que algo gordo ha pasado y que un señor y varios subalternos aligeran en sentido contrario, como escapando del lugar del crimen. El desconcierto dura lo bastante para que Cabrera alcance sin apuros el refugio de la Casa Consistorial.

En un cuarto de hora escaso el avispero de gentío enjambrado a la puerta del ayuntamiento es monumental. Quieren entrar y juzgar a Cabrera. Ahora sí puede agradecer el diputado que Gómez-Limón no haya revocado el despliegue que tanto desdeñaba poco antes. Los guardias acordonan la puerta dispuestos en formación hoplítica a fin de impedir que los indignados de las mayoritarias derechas asalten la sede municipal. Pero los indignados no sólo se cuentan entre los contrarios. Dentro del Ayuntamiento dos compañeros de filas de Cabrera, los socialistas daimieleños Andrés Carranza y Claudio Campos Aparicio intercalan gruesas palabras con el diputado. Gómez-Limón, apesadumbrado, guarda silencio. No da crédito a lo ocurrido y para más zaherimiento tiene que escuchar cómo los insultos y amenazas que profiere la multitud también tienen a su persona como protagonista.

-¡Atrás, atrás! ¡Inmediatamente! ¿Estamos? Ni un metro más. ¡Atrás he dicho! ¡No nos obliguen!

-¡Que salga ese valiente cabrón! ¡Bandido! ¡Sinvergüenza, traidor! Den la vuelta y echen mano del peligroso de verdad, nosotros no somos los delincuentes! ¡Por mis muertos que ese marxista sale del pueblo con los pies por delante! ¡Al infierno donde le parió la puta de su madre!

-¡Que he dicho que atrás! ¡Atrás! Me cago en la …

No logran contener la jauría solo con imperativos y ceños fruncidos. Quince guardias de asalto y los municipales en segunda línea -deseando no meterse en las fauces si puede ser- terminan por cargar con sus porras. Levemente, tal vez ni rozando, pero suficiente para sostener la efervescencia. Una hora después, aprovechando el remanso, sale una propuesta de dentro con el único objetivo de evitar la sangre.

-A ver, ¡silencio! ¡se callen por favor! -conmina el capitán de la Guardia Civil- quítenselo de la cabeza. Gritos los que quieran, pero los palos solo los da la autoridad y no es plato de buen gusto para nosotros. El señor diputado…

-¡Qué señor y qué huevos! ¡Bandido, a la cárcel con él!

- ¡Silencio! -retoma Inocencio Sánchez- El diputado Cabrera reconoce que se ha dejado llevar por los nervios pero afirma que es consciente de lo ocurrido y responderá por ello, pero ustedes, ni tan siquiera yo tenemos la potestad de juzgar sus actos por muy despreciables que sean. Así que aquí va a ocurrir una cosa, únicamente una cosa. Y es que inmediatamente el señor diputado saldrá por esa puerta acompañado de un servidor y varios compañeros. Si algo le pasa será como si se lo hacen a la autoridad. Que Daimiel dé ejemplo.

Antonio Cabrera Tova. Fundación Pablo Iglesias

Cinco minutos después, Antonio Cabrera Tova se dirige entre improperios al coche oficial aparcado a veinte metros, junto al Banco Español de Crédito. Algún esputo le salpica. Escucha y retiene el primer centenar de insultos y al que hace ciento uno responde con un par de peinetas y un apretón de las  partes nobles mirando al tendido. El vehículo enfila hasta el final de Emilio Nieto. No cesan de increpar al diputado hasta que no ven desaparecer  el trasero del Ford negro girando a la izquierda por Pablo Iglesias -calle Arenas hace un mes-, la travesía que conduce a Ciudad Real.

Apagada la hoguera, el interés de la tarde se centra en los resultados. Los brindis no respetan el desenlace. Las derechas enlazan los vítores por la huida de Cabrera con la sensación de la victoria segura. El recuento queda finiquitado sin tocar las once de la noche en el reloj del ayuntamiento.

En el total de los 2.478 ayuntamientos que celebran elecciones los partidos ministeriales (las izquierdas que gobiernan la república) obtienen 5.048 concejales, los radicales y derechistas suman 10.983 ediles. Manuel Azaña se enfrenta a una realidad diametralmente distinta a la percibida desde Madrid. La España rural escapa a su control, la que nunca conoció otra cosa que Dios y trabajar y poco más demanda. La España del analfabetismo galopante donde el proselitismo republicano-socialista ha recogido frutos hueros.

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Al día siguiente, 24 de abril

José María Gil-Robles recibe en Madrid a los concejales electos de Acción Popular, entre ellos al nutrido grupo de ediles daimieleños que acuden bajo la firma de Acción Agraria Manchega. El flamante líder de la CEDA, el referente de las derechas, agradece personalmente a los suyos la defensa realizada en los pueblos de la España católica y antimarxista. La mayor distinción se la apunta el centrista Alejandro Lerroux, a bordo del tren que lleva un tiempo virando a la derecha, el Partido Radical ha sido el vencedor de los comicios. Anoche fue el único en dirigirse a los españoles:

“Se ha demostrado la repulsa de la opinión por la política desarrollada por los socialistas en el Poder, pero tengo mis dudas de que el Gobierno se haga eco de la derrota”.

Hoy, igual que Gil-Robles se da un baño de gloria,  en la sede del Gobierno, el presidente del Consejo de Ministros, Manuel Azaña valora el dictado de las urnas. Los rotten borough, el despectivo aforismo acuñado hace más de un siglo en Inglaterra le ronda la cabeza, la soberbia y la impotencia hacen el resto:

“Las elecciones se pueden dividir en dos partes: una los hechos en sí, y otra las consecuencias y los juicios, pero a mi juicio lo importante es esto: se han celebrado elecciones en pueblos que en otras naciones se llaman burgos podridos”.

Azaña en 1933
Azaña en 1933

Dos días después de las elecciones

En casa del excapellán castrense Enrique Fisac se han reunido a comer el diputado agrario Casanueva, el abogado y gerente de Acción Popular José María Mateo, el directivo provincial Luis Montes y otras reputadas personalidades locales como Ramón Briso de Montiano, Francisco Cruz o Vicente Rodríguez. Con su bloc de notas, juez y parte, se sienta también a la mesa Filiberto Maján López de Coca, el corresponsal de Pueblo Manchego. Siendo la máxima autoridad presente, Casanueva declama a los postres regalando elocuentes palabras a sus compañeros, poniendo de relieve el gran triunfo de la CEDA. La ovación la sienten todos los vecinos. A continuación, se da lectura a dos telegramas de felicitaciones y agradecimientos a José María Gil-Robles y un tercero rindiendo adhesión al conglomerado nacional de los cachorros de la derecha:

“Señor José María Valiente presidente Juventud Acción Popular. Reunidos        comité ejecutivos organizaciones provinciales. Juventudes Acción Agraria Manchega acuerdan por unanimidad adherirse viril nota Juventud Acción Popular publicada prensa hoy reiterando fraternal unión  para conseguir plenamente realización ideales comunes. Rogámosle exprese adhesión in condicional  ilustre caudillo derechas españolas José María Gil Robles. P.D. Ortuño”.

Consumidos los puros y apuradas las copas, siendo las cuatro y cuarto de la tarde, los comensales confabulados parten hace el colegio electoral del distrito 1º donde anteayer Antonio Cabrera decidió pasar a la historia de la infamia. La gente aplaude y jalea por la calle a la comitiva agraria. Se disponen a apuntillar a los socialistas en la prolongación. En el colegio de marras varios grupos de afiliados protegen las urnas rotas cual el mismo sagrario. Han sido llamados a garantizar la pureza de los sufragios que finalmente no caerán en saco roto. Tres parejas de guardias civiles se ubican estratégicamente sin dejarse mucho ver.

Son las cuatro y media, comienza el recuento. Al cabo de una hora, 434 votos para la derecha y los radicales (la coalición antimarxista), 174 para los socialistas.

El resultado es definitivo. Han votado 6.600 daimieleños de los 9.200 con derecho a sufragio, el 70,25 por ciento del censo. 3.512 mujeres, 3.088 hombres. La victoria de las derechas es apabullante. En el distrito 1º (secciones Plaza, Vergara, Motilla, La Paz y Parterre) 1.498 para los conservadores, 629 para la Casa del Pueblo; en el distrito 2º (Pósito, Castillejos, Don Quijote y General Espartero) 1.306 frente a 629; solo en el distrito 3º (Canalejas, Estación, San Roque y Alarcón) evitan los socialistas ser doblados en apoyos, 1.117 por 564; en el distrito 4º (Primavera, Manzanares, Rafaela Clemente y Colegio Corrales) 1.025 las derechas contra los 334 votos de los socialistas. En total 4.946 frente a 1.864.

Al contabilizar concejal a concejal, así ha quedado la distribución de apoyos:

Coalición antimarxista

Eusebio Camino, propietario (1.515)

Luis Díaz Susmozas, zapatero (1.498)

Ernesto García-Muñoz Fernández de Yepes, industrial (1.305)

José Megía Madrid, industrial (1.304)

Ladislao Díaz-Salazar, industrial (1.110)

Victorio Cejudo, carpintero (1.107)

Luis Díaz del Campo, comerciante (1.106)

Ramón Briso de Montiano Lozano, militar retirado (1.035)

Francisco González-Mohíno, ganadero (1.032)

Miguel López de la Nieta, maestro albañil (1.025)

Socialistas

Joaquín Ogallar Muñoz de Morales, ferroviario (638)

Andrés Carranza, empleado de La Olivi (357)

Agustín Gómez del Moral, albañil (337)

Antonio Naranjo, droguero (337)

Ángel Martínez (334)

A la izquierda Eusebio Camino, el más votado; a la derecha otro de los nuevos Ernesto García-Muñoz
A la izquierda Eusebio Camino, el más votado; a la derecha otro de los nuevos Ernesto García-Muñoz

Jueves 27 de abril, cuatro días después de los comicios

Una terna de representantes de la Comisión Gestora del Ayuntamiento, aún en funciones, espera en pie desde hace diez minutos en los pares de la calle Pablo Iglesias. No puede faltar el alcalde socialista Gómez-Limón. Charlan entre ellos y atienden también a los dirigentes locales de otros partidos republicanos, mientras la banda de música ameniza los prolegómenos.

Han sacado los trajes del Domingo de Ramos para recibirle. No tardará en llegar. Hace media hora llamaron desde Gobernación avisando a las fuerzas del orden que despejaran la ruta. Ha estado inaugurando los nuevos pabellones del Hospital de Ciudad Real y, de regreso a Madrid, su gabinete le ha puesto en la agenda una breve parada en Daimiel, paso obligado por otro lado. A tenor del revuelo levantado a la altura del Casino, la escolta ha de estar entrando en La Plaza. La guardia personal que precede al coche principal tiene indicado dónde detenerse, en la puerta del taller de bordado de Rosario Muñoz de Morales. Las obreras se han puesto bien guapas. Casilda, la hija mayor de Rosario, la artista más dotada del pueblo donde se equivocó al nacer, sujeta orgullosa un frondoso ramo de rosas con cintas de la tricolor. Su hermana pequeña, Sandalia, ofrece otro.

La media docena de coches dejan atrás el ayuntamiento, recorren Emilio Nieto y doblan por Pablo Iglesias por la casa de Adrián Lozano buscando la salida hacia Arenas de San Juan.  Se detienen justo donde salen al quite las mozas del taller. De los tres vehículos que abren, se bajan varios agentes fornidos vestidos de negro. Otros sujetos más se apean de los que cierran la comitiva. Son la guardia personal encargada de acordonar toda la zona por ambos extremos del desfile de berlinas, pero la mayoría de la escolta circunda al cuarto automóvil del convoy. Cuando cada cual controla su espacio, descienden un señor que se apresura a abrir la puerta derecha trasera.

-Puede usted bajar, señor presidente.

-Buenas tardes, ¿cómo se encuentran? Son preciosas, muchas gracias -toma el ramo de manos de Casilda-, créanme que no esperaba semejante recibimiento.

-¡Señor presidente! -se hace hueco entre la plebe una señora de mediana edad a quien abren paso con respeto las obreras- Nosotras solo le pedimos protección para Daimiel que es un pueblo noble y respetuoso para las instituciones pero enteramente católico.

-No se preocupe, que la República no distingue entre pueblos ni colores. Es un tiempo nuevo y respondemos conformen nos vienen los cambios.

Niceto Alcalá Zamora, se cruza a la acera de enfrente, estrecha manos, saluda con la palma a ambos lados, asiente con la cabeza y sonríe. Da su bendición. Luego de charlas brevemente con políticos locales y fuerzas del orden vuelve a acomodarse en su asiento y ordena reemprender la marcha.

El presidente de la República, derechista y católico, se lleva un ramo de rosas de recuerdo, la generosa acogida de los daimieleños, el arrojo de sus mujeres y una sonora pitada y desconcierto de voces que, inmediatamente supo, no se dirigían a su egregia persona. En la  penúltima berlina de la comitiva viaja Antonio Cabrera, el diputado socialista ahorra gastos al régimen. Aprovecha los fastos para regresar arropado a Madrid para retomar sus cuitas parlamentarias.

Comitiva de Alcalá Zamora en un pueblo de Córdoba.
Comitiva de Alcalá Zamora en un pueblo de Córdoba.

A trescientos metros de allí, en su despecho de la calle Romanones, el doctor Gaspar Fisac Orovio, repasa el artículo que le han encargado para El Pueblo Manchego

En Daimiel han tomado parte en la lucha agricultores, industriales, comerciantes, médicos, farmacéuticos, sacerdotes, militares retirados de gran prestigio y ¡ha sido en Daimiel! donde el ejemplo de la ciudadanía de los jóvenes, que no se han amilanado ante amenazadores pasquines, ha ido acompañado también de una prueba de serenidad y arrojo de la mujer manchega, en las primicias de su regeneración social, desde la humilde labriega hasta el ama de casa y desde la señorita que dedica sus afanes a la instrucción de las hijas de los jornaleros en la “Alianza Femenina” y la religiosa humilde, hasta la madre de familia. Esa, esa es la que ha ganado la elección, la primera vez que han actuado en los comicios, la madre cabal es la que ha triunfado, al que educa al hijo en armonía con las necesidades de su personalidad, la que además de regir el hogar intervendrá en la Escuela, en la Sociedad y en el Estado. “burgos podridos” ha exclamado el presidente del Gobierno en referencia a los pueblos que el considera insignificantes porque siempre -como el afirma- fueron feudos de los Gobiernos y como es sabido con aquel nombre se denominaba en Inglaterra poblaciones donde había disminuido notablemente el número de electores y era fácil traficar con los votos. Ha sostenido el presidente que los pueblos que han triunfado en las elecciones son de escasa o ninguna significación social… pero los que creemos en la resurrección de la Patria, vemos, en el porvenir, a la madre española, triunfadora en el hogar con un altar en cada corazón, honrada por el hijo y bendita por el padre, convirtiendo con su influencia en oasis tranquilo este valle de lágrimas. La mujer manchega, como la madre española que ora, cree y trabaja y por designio de la Providencia acude a la lucha y a la defensa de sus derechos y de su cristiano hogar; es el AMA“.

Doctor Gaspar Fisac

Gaspar Fisac Orovio
Gaspar Fisac Orovio

 

Fin del capítulo VIII

Leer Capítulo IX  Episodio 1º  “Ramón Briso, el excoronel que quiso ser alcalde”

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